El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 33
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Me desperté con la boca seca y un dolor punzante detrás de los ojos que latía al ritmo de mi corazón. La luz que se filtraba por las cortinas me pareció ofensivamente brillante.

Me quedé tumbada un momento, mirando el techo, procesando fragmentos de la noche anterior que aparecían en mi memoria como flashes desconectados. Yo abrazándome fuerte a Fabio mientras hablaba de nuestra hipotética boda. El miedo en sus ojos. Dan besando a Carmina bajo una farola.

Mierda. ¿Cómo se habían torcido tanto las cosas?

Me arrastré hasta el baño. Tenía la piel deshidratada, ojeras, pelo enredado y aspecto de yonqui por el rímel corrido. Pero no, no se notaba nada que había perdido la virginidad, declarado a mi mejor amigo y visto a mi casi-algo besándose con otra en menos de cuarenta y ocho horas.

Me lavé la cara con agua fría y jabón hasta que me dolieron las mejillas. Me cepillé los dientes y me di una ducha que agotó el agua caliente de mi casa.

Nada de eso me hizo sentir mejor.

Cuando bajé a la cocina, solo estaba mi madre, leyendo el periódico con una taza de café.

—Buenos días —dijo sin levantar la vista—¿Qué tal el concierto?

—Bien.

—Rob dice que llegaste muy tarde.

—Era mi cumpleaños.

—Aun así.

No tenía energía para discutir con ella.

Me serví café, me senté y comprobé mi móvil. Tenía un mensaje de Rebecca preguntando si seguía viva, uno de Zack con un meme sobre resacas y dos de Jane indagando sobre mi nivel de arrepentimiento.

Nada de Fabio.

Pero me sorprendió ver que tenía otro mensaje de Dan, a pesar de no haber respondido al de anoche.

¿Podemos hablar? Esa cafetería cerca de tu casa. ¿Te parece bien quedar para desayunar?

Lo había enviado hacía dos horas.

Lo siento, me acabo de levantar.

No pasa nada. ¿Puedes estar allí en media hora?

Suponía que iba a decirme que se había cansado de esperarme o que solo había estado jugando conmigo mientas Carmina se animaba. Así que elegí algo sencillo: vaqueros oscuros, sudadera gris clara, coleta alta. No algo que te pondrías en una cita.

Me maquillé lo justo para no parecer un cadáver andante. Corrector bajo los ojos, rímel y pintalabios.

La cafetería estaba medio vacía por ser festivo. Los ventanales grandes que daban a una calle tranquila y la música jazz suave de fondo, me relajaron un poco.

Dan ya estaba sentado cuando llegué, en una mesa cerca de la ventana. Se levantó al verme entrar, tan educado como siempre.

—Hola.

—Buenos días. —Nos sentamos frente a frente en sillas de madera que crujieron ligeramente. Durante unos segundos ninguno habló, aunque el ruido de fondo de la cafetería amortiguó un poco la incomodidad entre nosotros.

Dan tenía ojeras también. No tan marcadas como las mías, pero estaban ahí.

—¿Cómo estás? —preguntó finalmente.

—Con resaca.

—Yo también. —Esbozó una sonrisa pequeña.

Justo cuando creía que iba a mencionar el elefante rosa en la habitación, vino la camarera a preguntar qué queríamos. Pedimos café y tostadas.

Cuando se fue, Dan apoyó los antebrazos sobre la mesa, entrelazando los dedos.

—Escucha, Erika, lo de ayer…

Empezó, pero levanté una mano.

—No tienes que darme explicaciones, no estamos saliendo.

Se hizo un silencio incómodo.

—Joder… yo, pensaba que por lo menos te importaría. —Su sonrisa se volvió triste.

—Me molesta, Dan —repliqué, retorciendo una servilleta de papel con las manos—. Claro que me molesta verte con otra.

—Carmina y yo...

—No tienes que explicármelo.

—Sí tengo —insistió—. No estamos saliendo ni nada por el estilo. Es algo que surgió anoche porque…

—Está bien —lo interrumpí suavemente—. Me siento como una hipócrita. No puedo pedirte claridad si yo no la doy.

Dan respiró hondo.

—Escucha Erika, te escuché el otro día en tu cumpleaños… —confesó de pronto—. No es una excusa, ni te estoy echando la culpa, pero te escuché decir que Fabio no era una opción porque el no quiere novia y… joder, me sentí como el segundo plato.

Cerré los ojos un segundo, sintiendo cómo me ardían las mejillas. Ahora entendía el malentendido y lo que tuvo que sentir al escucharme.

—Dan eso no es así. Escuchaste un fragmento aislado de la conversación y sacaste conclusiones equivocadas.

Lo que quería decirles a mis amigos es que Fabio no es la clase de chico que busco.

Incluso si quisiera cambiar por mí, cosa que no es así, yo no le aceptaría.

—Mis palabras salieron disparadas en un intento de convencerle.

Ignoré lo mucho que mi discurso le traicionaba.

Le quería, quería que fuera mi amigo para siempre, pero como pareja no iba a funcionar nunca.

—¿Lo dices de verdad? —El rostro de Dan se inundó de esperanza.

Asentí con vehemencia.

—Tú siempre has sido mi única opción. Y si tengo que confesarte esto para que te lo creas, no me importa: empecé con Fabio a raíz de lo de la lista de infollables. Quería que me ayudara a ser más atractiva para ti y a conseguir algo de experiencia.

Sus ojos se abrieron de par en par y me pregunté si había ido demasiado lejos con aquella confesión.

—¿En serio?

—Sí —respondí en tono bajo. Era demasiado tarde para echarme atrás. Si Dan salía pitando y nunca me volvía a dar otra oportunidad, me lo merecería.

—Guau, no me esperaba eso… —murmuró, mientras parpadeaba para ajustarse a la realidad—. De hecho, la lista también me ha afectado a mí.

—¿A ti? —repetí incrédula—. Tu estas en la lista buena.

—Pero soy en número cinco y Fabio… Fabioloso, como le llaman en el instituto, es el número uno. Creí que nunca podría competir con él, que siempre le preferirías. Escuchar eso en tu fiesta de cumpleaños fue como la reafirmación de mis miedos.

No podía creerlo. Todo ese tiempo Dan había estado sintiéndose inseguro sobre la lista, al igual que yo. ¿Quién iba a decirlo? Al parecer incluso la lista buena podía herir la autoestima de los mencionados.

—Lo siento… siento que te sintieras así —me apresuré en decirle. Si había algo que entendía era el sentimiento de no ser suficiente.

Sus ojos buscaron los míos.

—Pero si me dices que Fabio no significa nada para ti…

Pasó un instante hasta que me di cuenta de que él estaba esperando a que se lo confirmara.

Abrí la boca y las palabras que él quería escuchar se me atascaron en la garganta. Así que decidí reagruparlas de otra forma.

—Quiero ser tu novia —solté sin más—. Ese era mi plan desde el principio.

Dan me dedicó una sonrisa pletórica.

—¿Sin nadie más de por medio? —comprobó.

Tragué saliva, notando que el nudo en mi pecho se estaba haciendo más grande. Tenía que enviarlo a lo más hondo de mi ser.

Mi teléfono vibró dentro del bolso y el corazón me dio un vuelco automático.

No lo saqué porque me imaginaba quién podía ser.

—Solo tú y yo —dije al fin.

Él estiró una mano para cubrir la mía y su sonrisa se ensanchó.

—Es curioso, tu eres la que ha trazado una estrategia para conquistarme, pero he sido yo el que ha estado persiguiéndote casi todo el tiempo —admitió con una sonrisa amarga.

—Lo siento —repetí, porque no sabía qué más podía decir—. Con todo lo de la lista he tenido la cabeza en mil sitios. Me ha hecho replantearme cosas sobre mí misma, y hasta mi dinámica con mi familia.

Dan asintió, con una expresión comprensiva y me apretó la mano.

Por dentro, me planteé si había sido la lista o Fabio el que me había empujado a mirar las cosas desde otra perspectiva.

—Esos cabrones de la lista, me encantaría que se descubrieran quiénes son.

Asentí, estando completamente de acuerdo con él. El daño a mi persona ya estaba hecho, pero por lo menos así no volverían a perjudicar a nadie más.

El teléfono vibró otra vez y lo ignoré con un esfuerzo físico.

Dan suspiró, pasándose una mano por el pelo.

—No quiero competir, Erika. No quiero ser el plan B. ¿Lo entiendes? —Se inclinó hacia delante—. Si estamos juntos, quiero que sea de verdad. No a medias.

Mi estómago se apretó al entender que eso significaba que mi relación con Fabio tendría que terminar.

—Yo tampoco quiero seguir así —dije al fin, sorprendiéndome a mí misma con la firmeza de mi voz.

Dan levantó la vista, algo parecido a la esperanza asomando en sus ojos.

—Entonces vamos a intentarlo. Tú y yo saliendo oficialmente.

—Vale —susurré.

Algo en su rostro se iluminó con lo que parecía alivio y alegría genuina.

Se inclinó hacia delante y me dio un beso corto y firme. Sin las dudas y el titubeo que había tenido en otros besos. Ahora me daba cuenta de que Fabio había estado ahí, como un fantasma entre nosotros todo el tiempo.

—Gracias —murmuró contra mi boca—. Por darnos una oportunidad real.

Sonreí, aunque me dolía algo en el pecho que traté de ignorar.

Mi bolso volvió a vibrar justo mientras Dan se levantaba.

—Voy al baño un segundo.

En cuanto desapareció por el pasillo, saqué el móvil como si me quemara las manos.

Tenía cinco mensajes. Todos de Fabio.

Tengo que ir a comprarme ropa.

¿Me llevas?

Aún me debes lo de tu cumple.

¿Estás durmiendo?

Pixie???

Mi corazón empezó a latir más rápido, golpeando contra mis costillas. Mis dedos temblaban ligeramente mientras tecleaba.

No puedo.

La respuesta llegó en segundos.

¿Por qué? Pensaba que tenías el día libre.

Tragué saliva.

No estoy en casa.

Pausa. Los tres puntitos de escribiendo aparecieron.

¿Dónde estás?

Miré hacia el pasillo donde había desaparecido Dan.

He quedado con Dan.

La notificación apareció casi al instante.

¿Por qué?

Me quedé mirando la pantalla, sintiendo cómo se me retorcía el estómago.

¿Cómo que por qué?

Los puntitos de «escribiendo...» aparecieron. Desaparecieron. Volvieron a aparecer. Desaparecieron otra vez.

Y justo entonces Dan salió del baño, secándose las manos con una servilleta de papel.

Guardé el móvil como si me hubieran pillado haciendo algo ilegal.

—¿Todo bien? —preguntó él, sentándose de nuevo.

La sonrisa que forcé me dolió en la cara.

—Sí. Todo bien —le mentí, porque me sentía cualquier cosa menos bien.