El Dilema de Erika (Campus Sídney 3) 30
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Con lo del partido, mis padres no habían tenido tiempo de cocinar, así que encargaron comida. La mesa del salón estaba cubierta de cajas de pizza abiertas, las empanadas argentinas que le encantaban a mi hermano y rollitos de rellenos misteriosos que no se identificaban ni al morderlos.

Según las palabras textuales de mi madre, mi tarta de cumpleaños no vería la luz mientras faltara gente importante. La gente importante siendo Rob, que se había ido a tomar algo con sus amigos para celebrar la victoria.

Mi madre me había pedido perdón seis veces en nombre de mi hermano.

Mal sabía ella que su ausencia no me disgustaba tanto.

De hecho, hasta lo prefería. Podía imaginar que esa fiesta era para mí, si no me fijaba en detalles como que habían pedido las pizzas a su gusto y que la pancarta de «Campeones» que acababa de pintar mi padre semi ocultaba la de «Felicidades».

La casa se llenó rápido. Mis amigos y los padres de Jane que trajeron vino en una bolsa con lazo, incluso la madre de Gary que pasó para felicitarme y decidió quedarse cuando olió la pizza.

La música subió de volumen y las conversaciones se superpusieron en capas de ruido.

Dan se ofreció a ayudar a mi madre con las bebidas. Ella aceptó encantada, dándole instrucciones sobre dónde estaban los vasos y cuánto hielo poner en cada uno.

No pude evitar notar la diferencia con Fabio, que se quedó junto al marco de la puerta del salón, con una cerveza a medias en la mano.

Por la forma en la que observaba los detalles, sabía que lo estaba analizando todo, sacando conclusiones.

Dan era el chico al que presentabas a tu familia, Fabio era el chico que te guardabas solo para ti.

Un pecado precioso del que acordarte toda tu vida.

Tendría que acercarme a charlar con ellos, pero sabiendo que el otro lo estaría presenciando todo, me sentía incapaz de hacerlo.

Por un lado, Dan no querría verme con Fabio.

Una cosa era intuir que nos liábamos y otra muy distinta vernos juntos en la misma sala.

Por otro, sabía que Fabio era la única persona en toda la casa que realmente me veía, que notaba cuando sonreía de verdad y cuando solo fingía.

Pasaba de que psicoanalizara mis interacciones con Dan.

Así que hice lo único que podía hacer: esconderme de los dos.

Quince minutos más tarde, Rebecca y yo estábamos apoyadas en la encimera de la cocina, fingiendo que mi ayuda era necesaria, cuando en realidad solo estábamos huyendo de la situación del salón.

La situación siendo Fabio y Dan en mi casa. A la vez. Respirando el mismo aire mientras se odiaban en silencio.

—¿De qué son estos?

Rebecca señaló uno de los rollitos con desconfianza.

—Ni idea, pregunta a mi padre. Él los ha pedido.

Zack apareció entonces, robando tres de golpe y metiéndoselos en la boca sin pararse a pensar en los ingredientes. La suerte de tener un estómago que disfrutaba de cualquier sabor sin hacer preguntas.

—¿Qué está ocurriendo en el salón? —Le tomé del brazo antes de que pudiera escapar.

Zack masticó lentamente, tragó y luego sonrió con malicia.

—Fabio ha roto un vaso para cortarle la yugular a Steinbeck y este le ha estampado la mesita de café en la cabeza. Las apuestas están reñidas, pero Fabioloso va ganando.

—Muy gracioso… —Mi risita histérica mostraba que no estaba tan segura de que fuera completamente una broma.

—Dan está hablando con tu tío sobre no sé qué de literatura americana. —Zack se limpió las manos en los vaqueros—. Y Fabio está discutiendo sobre fútbol con tu padre.

Solté un bufido cargado de estrés.

—¿Vas a esconderte aquí todo el tiempo?

—Sí.

—No —respondió Rebecca a la vez que yo. Se colocó frente a nosotros muy estirada, cruzándose de brazos—. Tengo algo que decir. Es mi primer y último aviso, Erika: Si no escoges ahora, vas a perder a los dos. No diré más.

Se hizo un silencio denso.

—¿Escoger? —Mi forma de parpadear podría haber hecho que se les volara el pelo como en un anuncio de champú— ¿Escoger el qué? No hay nada que escoger.

—Creo que eso quiere decir que se queda con Dan. —Zack le dio un codazo a Rebecca, sin dejar de analizarme.

Mi corazón se retorció, sintiendo que acababa de insultar a Fabio. Lo que no era mi intención en absoluto.

—No. —protesté, más alto de lo que pretendía.

Rebecca esbozó una sonrisa sorprendida, casi esperanzada.

—¡Vas a escoger a Fabio!

Hice un gesto con las dos manos para que frenaran el carro.

—No, no, lo que quiero decir es que Fabio ni siquiera es una opción. Es decir, él ni siquiera quiere ser una opción.

La expresión de sus rostros me dijo que no estaban de acuerdo. Que pensaban que estaba siendo idiota o ciega o las dos cosas.

—Es mi amigo —continué, sintiendo cómo me aceleraba el pulso—.

Tiene detalles bonitos, pero no habéis visto cómo me trata la mayor parte del tiempo.

Me echa de su casa. Me cierra la puerta en la cara.

No me lleva a su cuarto para… enrollarnos, a no ser que prácticamente me humille rogándoselo. Y siempre me lo cobra.

Respiré hondo.

—Punto número uno: Fabio no está interesado en mí como mujer. Punto número dos: Fabio no quiere una novia. Y aunque la quisiera, no me querría a mí.

Los dos intercambiaron una mirada dudosa, considerando lo que estaba diciendo.

—Yo creo que está intentando protegerse a sí mismo. —Rebecca habló despacio, midiendo cada palabra—. En vista de que tú sigues interesada en Dan y solo le estás usando para... lo que sea que estéis haciendo.

Por suerte no había censura en su tono, solo observación subjetiva.

—Tiene sentido —concedió Zack, rascándose la barbilla— ¿Por qué arriesgarse cuando tú estás con un pie en cada barca? Si yo fuera él, también me protegería.

Negué con la cabeza vehementemente, sintiendo cómo me ardían las mejillas y me latía el corazón con furia.

—Creedme, Fabio no quiere comprometerse. Es... es así. Le va la libertad, la independencia. No quiere ataduras.

—¿Esa es la única razón por la que no es un candidato? —Las cejas de Rebecca se perdieron bajo su flequillo rizado.

Por un momento no supe qué responder. La pregunta en sí no tenía sentido para mí.

¿Consideraría yo a Fabio para ser mi novio si él fuera diferente?

Claro, tenía muchas cosas que me encantaban.

Muuuchas, si era sincera. Pero si tenía que cambiarlo para que encajara en lo que yo necesitaba, entonces no era realmente una opción, ¿no?

No podías amar a alguien y querer que fuera diferente al mismo tiempo.

Rob entró en la cocina en ese momento, salvándome de tener que responder.

Como siempre, su presencia eclipsó todo lo demás. Mis padres prácticamente saltaron al verlo.

—¡Ese gol! —exclamó mi madre, tocándole el brazo—. Todavía tengo la piel de gallina.

—Fue el pase, mamá —corrigió Rob, señalando hacia el salón con el pulgar. —Fabio la dejó perfecta. Yo solo tuve que empujarla.

Me sorprendió que fuera capaz de darle el crédito a otra persona. No creía haberle visto hacerlo antes. Jane esbozó una sonrisa peculiar y agachó la cabeza como si estuviera pensando lo mismo que yo, pero supiera algo más.

—¿Qué? —la interrogué en voz baja—. ¿Y esa sonrisa?

Algo estaba ocurriendo bajo mis narices, me lo decía mi intuición. Jane parpadeó, tomada por sorpresa y luego reajustó su expresión.

—Es solo que… tuve una pequeña charla con tu hermano esta mañana —murmuró y después se encogió de hombros—. Me ha sorprendido ver que ha funcionado.

No podía creerlo, hasta mi mejor amiga y aliada contra él, estaba empezando a caer en sus redes.

—No se puede arreglar a un narcisista —le advertí con dureza.

—Oh, vamos, tu hermano no es un narcisista —Inclinó la cabeza hacia un lado, tratando de razonar conmigo—. Estás sensible porque es tu cumpleaños. Nunca te ha gustado ese día…

—¡Por qué él siempre me lo roba! —Me di cuenta de que lo había chillado cuando todos los que estaban en la cocina guardaron silencio. Mis padres me miraron confusos y Rob apretó los dientes, antes de echarle una mirada fugaz a Jane y agachar la cabeza.

El silencio se extendió durante un segundo completo. Luego Rob levantó la cabeza y me miró, sin una pizca de burla, para variar.

Por si la situación fuera poco incómoda, en ese momento Dan entró en la cocina, un poco encogido de vergüenza. Dejó su vaso casi lleno sobre la encimera con cuidado.

—Lo siento, Erika, pero tengo que irme —dijo con una sonrisa educada.

—¿Ahora?

—Sí. A mi tío le ha surgido algo y tengo que recoger a Charlie. Ya sabes cómo es.

Asentí aliviada, tanto por la interrupción como por ahorrarme la incomodidad de tenerlos a ambos allí. Lo acompañé hasta la puerta entre despedidas dispersas. Cuando llegamos al recibidor, Dan se detuvo y se giró hacia mí.

Se inclinó para besarme, pero lo hizo con cuidado, sus labios rozaron los míos apenas un segundo.

—Feliz cumpleaños —repitió, evitando mi mirada.

—Gracias. Y gracias por venir.

—Claro.

Hubo un silencio incómodo y me planteé preguntarle si le pasaba algo.

—Nos vemos el lunes —dijo finalmente.

—Nos vemos.

Cerré la puerta y me quedé apoyada contra ella con la mano todavía en el pomo. Esperé a sentir algo concreto: culpa, ansiedad…pero lo único que sentí fue alivio.