29 #2
Rebecca y Jane ya me habían guardado sitio en la fila más alta de la grada central. Cuando llegué, Rebecca me pasó un vaso de refresco que ponía «la chica del cumpleaños» a boli, y Jane me abrazó con energía, casi tirándome.
—Feliz cumpleaños —canturreó.
Traté de sonreír e ignorar el hecho de que mis padres estaban sentados tres filas más abajo, más emocionados que en una final del mundial.
Mi madre llevaba la chaqueta beige que Rob le había regalado en su cumple, siempre cuidando que todos los detalles hablaran de amor maternal, y una bufanda del equipo. Mi padre, una gorra con el escudo. Los dos estaban inclinados hacia delante muy atentos y sonrientes.
Ella agitó la mano al verme y mi padre siguió la dirección de su mirada hasta localizarme. Me guiñó el ojo. No se molestaron en subir, aun cuando se habían marchado antes de que me levantara y aún no me habían felicitado.
—Están tan emocionados… —Le susurré a Jane, señalándolos con la barbilla.
—Porque tu hermano está corriendo detrás de una pelota, estoy segura de que durante muchos años no creyeron que fuera capaz ni de eso —respondió ella, dándole un sorbo a su refresco.
—¿Qué quieres decir?
Ella me echó una mirada de soslayo.
—No te ofendas, pero tu hermano apuntaba maneras desde que éramos pequeños. Por eso tus padres hacen una montaña de cualquier cosa que consigue.
Fruncí el ceño.
—¿Qué…? No creo que eso sea así.
Jane se encogió de hombros.
—Así es como lo veo yo. Desde fuera, claro.
Zack apareció entonces, dejándose caer en el asiento al lado de su hermana con una bolsa de patatas.
—Feliz cumple, Summers.
—Gracias. —Menos mal que tenía a mis amigos.
Rob salió al campo entre aplausos, con la sonrisa engreída de siempre. Saludó a la grada, levantando una mano y mis padres se pusieron de pie para aplaudir.
Busqué a Fabio casi sin querer y lo encontré al otro extremo del campo, estirando los brazos por encima de la cabeza, con la camiseta ya algo sudada del calentamiento.
Quería que mirara hacia mí, que me dedicara algún gesto que me hiciera sentir especial, aunque fuera solo por mi cumpleaños, pero no lo hizo.
El que sí miró hacia nosotras fue Rob. Su atención duró lo suficiente para que sospechara de que yo no era la receptora.
—¿A qué viene eso? —Le di un codazo a Jane.
Ella tardó un segundo en responder.
—Rob me ha estado escribiendo… —admitió, jugando con las mangas de su sudadera—. Por lo de los carteles del otro día. Quería saber qué significaba.
—¿Y? —me puse nerviosa—. ¿Qué le has dicho?
—Umm, le dije que era algo tuyo con Fabio… pero, no es tan tonto como quiere aparentar. Me preguntó si es por lo de la ligadura de trompas y el embarazo no deseado.
Lo que más me chocaba de todo eso era que Rob se interesara lo suficiente como para investigar. Entre eso y lo que acababa de decir Jane de mis padres, de pronto, tenía la sensación de que las cosas tal vez no fueran exactamente como yo creía.
—¿Solo habláis de mí? —pregunté, observándola.
Jane se encogió de hombros, de forma evasiva.
—¿De qué más íbamos a hablar?
—¿De qué pensó cuando te vio desnuda? —intervino Rebecca con una ceja alzada.
Jane puso una mueca de dolor.
—No, definitivamente no hablamos de eso…
El pitido que marcaba el inicio del partido dio por zanjada la conversación. Rob empezó fuerte, como siempre, moviendo el balón con una elegancia que me provocaba un pinchanzo de envidia. En el minuto doce robó un balón, regateó a dos defensas y pasó a Fabio, que remató al poste.
Mis padres se pusieron de pie, aplaudiendo.
—¡Bien, Rob! ¡Buen pase! —gritó mi madre, aunque el que había rematado era Fabio. Mi padre sí que estaba saludando al chico con una sonrisita orgullosa, como si fuera su hijo.
Y entonces Fabio hizo algo que me dejó paralizada. Se levantó la camiseta y en su pecho, escrito con rotulador negro en letras grandes y claras, se leía:
Feliz cumpleaños, Pixie.
Se me paró el corazón.
Mi padre silbó con los dedos y cuando me buscaron con la mirada, los curiosos también me localizaron. Sentí que me ardía la cara con todo el calor del universo concentrado en mis mejillas.
—Joder, qué bonito. —Jane se giró hacia mí—. Ojalá un dios griego hiciera eso en mi cumpleaños.
—Espero que la ironía no se les escape a los que te añadieron a la lista de infollables —susurró Rebecca—. Tu apodo escrito en el glorioso pecho de Fabioloso…
Fabio me buscó entre la multitud y me guiñó un ojo. Por suerte, a esa distancia y con el jaleo del partido no sospecharía de lo rápido que me latía el corazón.
El árbitro le amonestó con un gesto para que se bajara la camiseta, pero Fabio no dejó de sonreír. Rob le dio una palmada en la espalda, riéndose.
Fabio también jugaba bien. Era imposible no fijarse en él, su forma de moverse, regatear, chutar… se parecía mucho a la forma en la que se conducía en la vida.
En un momento dado, a mitad del primer tiempo, un balón salió despedido hacia la banda. Fabio fue el primero en llegar, corriendo a toda velocidad. Pero del otro lado de la valla estaba Dan, de pie, hablando con unos compañeros de clase. El balón rodó hasta detenerse cerca de sus pies.
Fabio esperó, con las manos en las caderas, respirando fuerte. Dan lo vio. Miró el balón y miró a Fabio. Y en lugar de devolvérselo directamente, lo pasó con el pie hacia otro jugador más atrás, evitando completamente a Fabio.
Contuve el aliento. Fabio ladeó la cabeza y arqueó una ceja hacia Dan. Sus labios se movieron, no oí qué dijo, pero por la expresión no fue un agradecimiento.
Dan se giró de vuelta hacia sus amigos como si nada.
—Por un momento he pensado que iba a molerse a golpes —murmuró Rebecca.
—Yo también —respondió Jane. Ya no parecía decepcionada por lo de Fabio, más bien, resignada.
Zack se inclinó hacia delante, interesado.
—¿Te los estás haciendo a los dos, Erika?
—Ah… no. —Nadie se creyó mi débil respuesta.
En el minuto veintiocho, Fabio marcó después de que Rob le pasara un balón largo desde el centro del campo. Fabio controló con el pecho, regateó al defensa central y disparó al ángulo superior izquierdo. Un balazo imposible de parar.
La grada estalló en vítores y aplausos. Yo me levanté sin pensar, gritando como una idiota. El vaso de refresco en mi mano se derramó un poco en las cabezas de los que estaban sentados en la fila de abajo.
Ganaron 3-1, con otro gol de Rob que todos celebramos como si fuera la Copa del Mundo, y la gente empezó a bajar al campo.
Mis padres fueron directos a Rob, abrazándolo y felicitándolo. Mi madre le sacó fotos con mi padre, que relucía a distancia.
Nosotros también bajamos. Después de felicitar a Rob y de que mis padres por fin dijeran « feliz cumpleaños dormilona», me metí las manos en los bolsillos y me hice a un lado, dudando de si aproximarme a felicitar a Fabio. Estaba rodeado de sus compañeros y el entrenador.
Dan se me acercó por el otro lado.
—Feliz cumpleaños —dijo, con una sonrisa que no llegaba a los ojos. ¿Estaba enfadado por la forma en la que Fabio me había felicitado?
—Gracias.
Hubo un silencio incómodo.
—Creo… —Hizo un gesto vago hacia el campo, donde Fabio estaba hablando con el periódico de la escuela—. Creo que tengo que preguntártelo otra vez.
Sabía exactamente a qué se refería.
—¿Estás saliendo con Fabio?
—No —respondí con sinceridad. —Somos buenos amigos.
Asintió, pero no parecía convencido. Sus manos se cerraron en puños sobre sus rodillas.
—Ha sido un detalle bonito —continuó, con tono neutro—. Muy... teatral.
—Él es así. —Me encogí de hombros, notando un nudo en el pecho.
Dan apretó la mandíbula y miró al frente, hacia el campo.
—No le he visto hacer eso con nadie más.
—Dan...
—No te estoy acusando de nada. —Se apresuró a decir, girándose hacia mí.
—No somos pareja, aún —dijo esa última parte más bajita—. Solo quiero asegurarme de que no estoy perdiendo el tiempo.
Fabio levantó la vista en ese momento. Nos observó. No pude leer su expresión desde esa distancia, pero algo en la rigidez de sus hombros me hizo bajar la voz.
—No estás perdiendo el tiempo. Estoy aquí contigo, ¿no?
Dan sostuvo mi mirada unos segundos. Luego suspiró, pasándose una mano por el pelo.
—Sí. —Sonrió de nuevo, esta vez un poco más real, aunque todavía había recelo en sus ojos—. Perdona, solo quería aclararlo.
Asentí, mostrándome comprensiva. No era mentira: estaba aquí con él. Era todo lo que era capaz de ofrecerle en ese momento.
Fabio se acercó entonces, con zancadas largas y seguras, a pesar de estar cubierto de sudor y manchado de tierra. Se detuvo a un metro de nosotros.
—Ey —dijo, mirándome directamente—. Feliz cumpleaños otra vez.
—Gracias. —Me moví sobre mis pies, consciente de lo tenso que estaba el ambiente y de que Dan se había puesto rígido a mi lado.
Fabio miró a Dan y algo pasó entre ellos, dicho solo con la mirada.
—Buen pase largo antes.
Dan le sostuvo la mirada sin parpadear. El silencio que siguió fue tan incómodo que casi deseé que cierta ligadura de trompas hubiera funcionado mejor.
Rebecca regresó justo entonces, con una expresión piadosa en la cara. Debía de haber notado lo mal que lo estaba pasando.
—¿Celebramos o qué? —preguntó, rompiendo la tensión—. Tu madre está planeando algo abajo con la madre de Jane.
Giré la cara, aliviada con tener algo más en lo que fijarme. Mi madre estaba hablando animadamente con la señora Cairns. Rob estaba a su lado, asintiendo.
Luego miré a los dos chicos. A Dan, parado a mi lado y a Fabio, de pie un escalón más abajo.
—Sí —salté, obligándome a sonreír. ¿Acababa de invitar a los dos a la misma fiesta?—. Vamos a celebrar.