El día que desapareció
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CAPÍTULO 1
HARRY
AHORA
Harry Nichols limpia la máquina de espresso, a punto de acabar la limpieza nocturna, cuando le viene a la mente Leila Marsh, la niña que encontraron medio descompuesta en el bosque.
Había desaparecido cuando él tenía once años, y la encontraron tres meses después detrás de la escuela primaria, con la ropa hecha jirones todavía pegada a lo que quedaba de su pequeño cuerpo.
Tres chicos mayores del instituto la habían encontrado mientras iban en sus motos de cross por el bosque, siguiendo los senderos que había detrás del colegio.
Primero la habían olido. Eso fue lo que uno de ellos le contó a la policía, según las noticias que Harry había devorado con obsesión.
Después vieron las moscas, una nube oscura que flotaba sobre algo en un barranco poco profundo.
Los animales habían llegado al cuerpo y lo habían destrozado.
El torso estaba separado de las piernas.
Faltaba un brazo entero, arrastrado por coyotes o perros salvajes.
Corría un rumor, uno que nunca llegó a los informes oficiales pero que había circulado por el vecindario: que ella podría haber estado viva cuando llegaron los animales.
Harry deja el trapo y observa su reflejo extraño y distorsionado en la superficie cromada de la cafetera.
Fuera, la humedad presiona contra los cristales de la cafetería como algo vivo y deja rastros de condensación que gotean por el cristal.
Mayo en Houston. El cielo cuelga bajo y gris, amenazando con una lluvia que no llegará, que no romperá el calor opresivo.
Harry exhala despacio y vuelve al trabajo.
La cafetería está vacía y Harry por fin puede escuchar sus propios pensamientos. La máquina de espresso sisea suavemente; el último hilo de vapor se desvanece en el aire.
Pasa el trapo por el mostrador con movimientos lentos y metódicos mientras su mente lo borra todo salvo el movimiento rítmico y el zumbido tenue del frigorífico a su espalda.
Le gusta esta parte de la noche, cuando el mundo se vuelve quieto y pequeño.
Solo el zumbido bajo de las luces, el olor a limpiador cítrico, el tictac constante del reloj de pared.
Todo es Normal. Manejable.
Nada que ver con el caos de un día que empezó demasiado temprano y se negó a terminar.
Uno de esos turnos de locos en los que cada cliente parecía empeñado en amargarle la vida.
La hora punta de la mañana fue una pesadilla.
Gente de camino al trabajo ladrando pedidos, estudiantes dando golpecitos impacientes con el pie, el vaporizador de leche chillando como un silbato.
La tarde trajo a los clientes habituales: gente con portátiles, escritores freelance y los que hacían durar un capuchino tres horas.
Luego llegaron los rezagados de después de cenar, parejas en citas haciéndose los despreocupados, maridos aburridos bebiendo cafés fríos que no querían.
Se había quemado la muñeca con la varilla de leche, había tirado el bote de las propinas y había esparcido billetes y monedas por el suelo, y una clienta le había gritado porque su matcha no estaba «lo bastante verde».
Se rio, pero después fue a la trastienda y se quedó allí parado un minuto, respirando por la nariz hasta que se le pasó la irritación.
No es un mal trabajo. No es genial, pero tampoco malo.
Trabaja el turno de mañana tres días a la semana, el de cierre dos. El resto del tiempo está en la facultad, currándose el posgrado en literatura inglesa. Su padre piensa que es tirar el dinero.
—Hazte abogado —le dice siempre su padre—. Tienes cabeza para eso.
Harry no está tan seguro. No tiene temperamento para tribunales ni clientes. Se le dan mejor las historias. Las tragedias ajenas. Los líos de otros.
Por eso había empezado «El Crimen de Tu Vida», su pequeño podcast de true crime.
Al principio era solo algo que hacer. Un pasatiempo.
Grababa a altas horas en su piso, hablándole a un micrófono e intentando sonar firme, profesional, distante.
Su audiencia es microscópica, pero leal.
Un puñado de desconocidos que dejan comentarios como «Deberías tener más seguidores» y «Tu voz es tan tranquila que resulta inquietante, en el buen sentido».
Eso le gusta.
Pero últimamente se le han acabado los casos que cubrir. Historias locales que no estén ya muy trilladas. Asesinatos que han caído en el olvido. Desapariciones que aún conservan su halo de misterio.
Empieza a pensar que quizá ya ha dicho todo lo que tenía que decir.
Limpia el mostrador una última vez y desenchufa la máquina de espresso. Su reflejo parpadea en la ventana a oscuras. Piel pálida, ojos cansados, el pelo de punta en la coronilla de tanto pasarse los dedos.
Vuelve a pensar en el bosque de detrás del colegio. Los senderos que siguieron los chicos. El olor que no pudieron ignorar.
El cuerpo de Leila.
El aspecto del cadáver mutilado en las fotos que no debería haber visto.
Las había encontrado en internet años después, enterradas en lo más profundo de un hilo de un foro sobre asesinatos sin resolver en Texas. Imágenes granuladas, pero se distinguía que era Leila. Un atisbo de su mano, los moratones en la piel delicada del cuello.
Esa noche no durmió.
No sabía muy bien por qué las había buscado.
Curiosidad, quizá. O culpa.
Apaga las luces y la cafetería queda en penumbra.
Lo que necesita es el caso perfecto. El tipo de historia que enganche a los oyentes desde la primera frase, el tipo que lo convierta en algo más que otro barista con un micrófono y delirios de grandeza.
Otro nombre de su pasado le susurra en la cabeza.
Otra chica...
Charlene Whitaker.
Charlie, la llamaban todos.
La había visto en el supermercado hacía dos semanas.
Estaba en la sección de frutas y verduras, examinando aguacates con una intensidad que parecía excesiva, y Harry la había reconocido de inmediato.
Estaba igual que en la universidad, cuando coincidían en fiestas y en la biblioteca, cuando pasaron aquella noche borrachos en tercero que lo había significado todo para él y, por lo visto, nada para ella.
Ahora tenía veintiséis años, pero aparentaba menos.
Ese pelo rojo, esas pecas esparcidas por la nariz y las mejillas, esos ojos expresivos de color miel que siempre parecían guardar secretos. Todavía guapa. Todavía inalcanzable.
Charlie Whitaker...
La chica que había estado con Leila Marsh el día que desapareció.
La chica que afirmaba no saber nada, no recordar nada útil, a pesar de haber estado en casa de Leila aquella tarde.
La chica de la que todos en el vecindario habían cuchicheado, bajando la voz cuando pasaba, siguiéndola con la mirada cargada de sospecha y algo más oscuro.
Acusación, quizá. O simple curiosidad morbosa por saber qué se siente al ser la última persona que vio a alguien con vida y no tener nada que contar.
Harry exhala. El corazón le da un vuelco al recordar cómo Charlie y él habían trabajado con un grupo de niños del vecindario, repartiendo folletos sobre la desaparición de Leila en tiendas, restaurantes y en el centro comercial.
Todavía puede ver el rostro de Leila en el folleto.
Esa sonrisa, radiante y perfecta. El cabello rubio, liso y brillante.
Esos ojos azules que parecían atravesarte con la mirada.
Había sido guapa, incluso a los once años, con esa belleza que presagiaba que de mayor sería deslumbrante.
También había sido sádica. Harry había sufrido su crueldad gratuita más de una vez, ese tipo de crueldad social que chicas como Leila esgrimían como armas.
Pero Leila no merecía lo que le pasó.
No merecía morir sola y aterrada, abandonada en el bosque como basura, con el cuerpo devastado por el tiempo y la naturaleza hasta volverse casi irreconocible.
Harry saca el móvil del bolsillo, abre la aplicación de notas y teclea.
¿Qué le pasó realmente a Leila?