Aaric
Molvic: Azul Cola de Garrote
(Macho) Descendiente de la estirpe de Gormfaileas
— Compendio de los dragones , actualizado por última vez por el coronel Valin Kaori
Las últimas tres veces que un príncipe de Navarre caminó por este bosque no salió de él con vida.
El cielo se tiñe ya con los colores del crepúsculo, y empiezo a preguntarme si no solo habré roto la racha, sino si además me convertiré en el primer cadete de sangre real que se verá obligado a repetir por no haberse vinculado.
Como ya soy el primer cadete de sangre real que entra en el cuadrante bajo un nombre falso para ocultarle su paradero a su padre, me parece bien romper más precedentes.
Estupendo. Si mi dragón no está preparado para vincularse este año, esperaré al siguiente.
Cuando juegas a largo plazo, necesitas paciencia.
Veo una nube de vapor a mi izquierda y el corazón se me encoge en el mismo instante en que giro la cabeza en esa dirección, pero suspiro decepcionado al identificar a un Verde Cola de Daga caminando hacia mí.
—No. —Niego con la cabeza una vez, con la mirada fija en los ojos del dragón, que me fulmina con la mirada, y continúo mi camino.
Lo he dejado todo para estar aquí: mi título, a mi familia, incluso mi propio nombre. ¿Qué más da perder un año más de mi vida? Ciertamente es mejor opción que la muerte.
No nos dieron respuestas ni ninguna explicación de cómo murió mi hermano hace tres años. Los dragones no contestan a las peticiones de los reyes. Un día, Alic era un cadete de primero, y al siguiente, sacaron todas sus pertenencias de su habitación en Calldyr para quemarlas en honor a Malek.
No albergaba ninguna ilusión del tipo de persona en que se estaba convirtiendo Alic.
En una familia de tres hermanos, él era el más cruel, el más dado a los arrebatos violentos, el que me enseñó a enmascarar todas mis flaquezas para que no se aprovecharan de mí.
No siempre fue así, pero los últimos años de su vida apenas lo reconocía, y opté por llorar la versión de él que recordaba de nuestra infancia.
Aunque no sé si esa versión habría sobrevivido a este lugar.
Pero yo sí sobreviviré.
Hay otros cadetes que llegan aquí esperando que los acepten o rezándoles a unos dioses que jamás se dignarán a responderles.
Yo he venido a cazar.
Durante las cinco horas que llevo peinando el bosque, me he cruzado con rojos, naranjas, marrones y verdes, pero ninguno me ha hablado, evidentemente. Tampoco es que los esté buscando a ellos.
No cuando sé que Molvic acecha por aquí.
—Venga, sal a jugar —le susurro al viento al pasar por otra secuoya anciana.
En cuanto Kaori nos ha dicho que el Azul Cola de Garrote había entrado en el valle, un dolor inconfundible ha comenzado a palpitarme en el pecho, un dolor que no ha hecho más que intensificarse a medida que me acerco a la linde sur del bosque, y cuando me aproximo a un pequeño claro, directamente me aúlla.
La pradera está vacía. Me adentro más, piso la hierba que me llega a la altura de las rodillas y, aunque no lo veo, lo presiento.
—Sé que estás aquí. —Escudriño los árboles, y el dolor que me oprime las costillas se evapora en el momento en que diviso dos ojos dorados que me miran, casi ocultos entre los árboles—. Molvic.
Emerge hacia el claro enseñándome los dientes con un gruñido ronco. El sol se refleja en sus escamas azul zafiro.
Se me acelera el pulso, pero lo contengo con una respiración honda y pura fuerza de voluntad. Entre los azules, es el más feroz después de Sgaeyl, lo que significa que, si le muestro la más mínima señal de miedo, estoy jodido.
—Eres mío. —Doy un paso calculado hacia él.
Molvic profiere un rugido que aplasta la hierba que nos separa y me hace vibrar todos los huesos del cuerpo.
«Joder». Hablo nueve idiomas, cuatro de los cuales con fluidez, y aunque ninguno de ellos es la lengua de los dragones, comprendo la vehemencia de su rechazo sin dificultad.
—Vale, puedes decir que yo soy tuyo si te sientes mejor. —Me concentro al máximo para que los músculos no se me bloqueen cuando echo a andar hacia él. Me calcinará o se vinculará a mí, pero, de una forma u otra, Molvic está a punto de cambiarme la vida.
Enrosca la lengua y el fondo de la garganta se le ilumina de naranja.
Pues nada.
Corro hacia la derecha, me lanzo por encima de un tronco caído y ruedo justo cuando noto el calor en la espalda.
Miro atrás y veo que la hierba que pisaba hace un instante está humeando.
Me froto las manos, y me esparzo la sangre del arañazo que me he hecho en la mano. Ha faltado menos de lo que me gustaría.
Molvic dirige la cabeza hacia mí y su mirada se vuelve inequívocamente hostil.
—Eres mío. —Recupero el equilibrio y doy un paso simbólico en su dirección, para que sepa que no voy a acobardarme—. Puedes matarme aquí mismo, pero eso no cambiará.
— No es la primera vez que me siento atraído por la fuerza de tu estirpe, y la última vez me llevé una profunda decepción —dice con una voz ronca y grave.
Alic. No me cabe ninguna duda. Siento una opresión en el pecho.
—Yo no soy como mi hermano. —Doy un pasito hacia él.
— Por eso aún respiras, Camlaen Aaric Baran.
Me acerca la cabeza y me baña en una nube de vapor.
—Me llamo Aaric —lo corrijo—. ¿Lo mataste tú? —Otro paso más nos deja apenas a tres metros de distancia.
— No —replica, y aunque vuelve a gruñir, no me enseña los dientes.
Empiezo a doblar los dedos, pero me abstengo de preguntarle si sabe quién lo mató, si vio a mi hermano durante las últimas horas antes de su muerte. Tendremos una vida entera para ese tipo de conversaciones, siempre que sobreviva a los próximos minutos.
—No soy como Alic. No soy como Halden. Y tampoco soy como mi padre. —Alzo la voz con convicción.
— Sé quién eres. ¿Te crees tan diferente solo porque tu madre se encargó de tu tutelaje? —gruñe.
—Sí. —Avanzo—. No era ni el heredero ni el repuesto, de modo que mi padre siempre me ha subestimado, algo que, al final, ha resultado ser muy conveniente.
Mi madre me enseñó que el poder, cuando se te otorga sin restricciones, provoca una corrupción de la moral que no tiene vuelta atrás.
Y ese no es mi destino. Pretendo ganarme mi poder. Pretendo ganarme tu respeto.
Molvic levanta la cabeza unos centímetros, pero no lo bastante para dejar expuesta la garganta.
—¿Sabes que se está librando una guerra más allá de las protecciones? —le pregunto.
La garganta le retumba de nuevo.
— Sí.
Asiento.
—Has visto todos mis recuerdos, así que ya sabes lo que opino al respecto.
Sabes incluso qué es lo que pienso ahora mismo.
—Separo los brazos con las palmas hacia arriba—.
Me estabas esperando, soy la persona a la que llevas tantos años buscando.
Soy la razón por la que has deambulado por el valle de la Trilla sin vincularte.
Es posible que mi estirpe te defraudara por culpa de mi hermano, pero yo no cometeré ese error.
Me enseña los dientes.
— Y ¿crees que conoces el futuro?
—Conozco el mío. —Asiento convencido—. Combatiré en esa guerra, puede que incluso muera. Pero no permaneceré de brazos cruzados mientras mi familia contempla la destrucción desde una torre de marfil; son falsos representantes de una población a la que condenan voluntariamente a la ignorancia.
— ¿En qué lugar dejará eso a tu monarquía?
Camina hacia mí con la cabeza gacha, sosteniéndome la mirada.
Me centro en uno de sus ojos y me fijo en mi propio reflejo en el orbe dorado.
Lejos quedan los ropajes reales, las opulentas sedas y las túnicas.
Me presento ante Molvic con el negro de los jinetes, sin título ni rango, más allá del año que llevo bordado en el cuello.
—Me la pela. —El corazón se me acelera. Es la primera vez que verbalizo mis pensamientos, que les pongo palabras.
Tenso la espalda—. Mi madre y todas sus buenas intenciones han muerto.
Si te vinculas a mí, volaré en nombre de mi uniforme, no del que me pusieron cuando me bautizaron.
Volaré por tu raza, no por el Empíreo, que ha permitido esta farsa.
Mátame ahora por sedición o vincúlate a mí.
Tú decides. Yo ya he tomado una decisión.
Vuelve a gruñir y me pregunto si me habré pasado de la raya, pero entre nosotros solo puede haber honestidad. Debe saber que lucharé por que mis ideas y mis planes lleguen a buen puerto.
Aunque me juegue la vida en ello.
—Y te prometo que moriré antes de ser cómplice de esto. —Respiro hondo—. Debes saber que mi intención es despedazar este reino.
Se le iluminan los ojos.
— Acepto tus condiciones, Aaric Graycastle.
En mi familia ni siquiera saben que he desaparecido.
Pero voy a por todos ellos.