El destino entre dos tiempos Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

¿Era un accidente de la editorial? ¿O existía todo un mundo de libros obscenos ocultos bajo el velo de la respetabilidad?

Fuera cual fuera la razón, no había nada que hacer.

Tendría que comprar ese libro. Como mínimo, se merecía entender lo que Tuck ya sabía, las innumerables actividades que los hombres y las mujeres realizaban juntos a solas en la oscuridad. Se detuvo.

O durante el día.

En su mente, la intimidad, tal y como la entendía, era secreta y silenciosa, algo que ocurría una vez que se apagaban las luces y los habitantes de la casa dormían.

Pero qué tontería. La gente debía de hacer aquellas cosas cuando le apetecía, siempre que tuviera el espacio y la compañía a su disposición.

Y ahí estaba ella, ya no era una niña ni una chica ingenua. Era una mujer con un pie en la soltería, y no sabía nada. Le salían llamas invisibles por las orejas. Odiaba no entender las cosas. Y no iba a seguir así ni un momento más.

Pero no podía acercarse tranquilamente y comprar aquel título.

¿Y si el vendedor lo abría para comprobar el precio?

Lo mejor era utilizar su dinero como solución.

Agarró un folleto titulado Ensayo poético sobre el estado actual de las cosas, de un poeta del que nunca había oído hablar, Percy Bysshe Shelley, y luego la popular Guía de los lagos, de William Wordsworth.

Perfecto. Suficientemente aburridos y nada polémicos.

Colocó el supuesto libro sobre cría de caballos en la parte inferior de la pila y se dirigió al tendero para pagar.

Su corazón latía tan fuerte que pensó que el señor detrás del mostrador se despertaría. Pero tuvo que aclararse la garganta un par de veces, llamar con educación y dar unos cuantos golpes antes de que se moviera.

El librero bostezó, miró somnoliento los títulos y murmuró:

—Diez chelines.

Antes de que él pudiera reaccionar, ella ya había pagado y salido por la puerta, caminando con paso firme y rápido hacia el carruaje.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Tuck en cuanto ella regresó.

—Nada interesante. —Lizzy apartó la mirada.

¿Por qué iba a revelarle su secreto? No era asunto suyo.

Excepto que… él parecía saber mucho y ella quería saber sobre el arte de hacer el amor.

Luchó contra el desesperado impulso de ponerse nerviosa, pero la tensión la recorría como las cuerdas de un arpa demasiado tensas.

—Estás emocionada o te sientes culpable por algo —observó él después de un momento—. Y no sé si eso me da curiosidad o me pone nervioso.

Lizzy se mordió el interior de la mejilla. ¿Cómo era capaz de leerla tan fácilmente? La mayoría de los días era como si viviera envuelta en un manto de invisibilidad. Nadie podía saber lo que pensaba ni se molestaba en fijarse lo suficiente como para descifrar su estado de ánimo.

Y, sin embargo, Tuck lo había hecho con una mirada de dos segundos.

—He encontrado algo y creo que me será de gran utilidad para avanzar en mi educación. Y es sobre un tema en el que pareces tener conocimientos.

—Eso es poco probable. El hockey aún no existe y no pareces muy interesada en el hielo ni en el patinaje.

—Se trata de la intimidad.

—Espera. —La miró dos veces—. ¿Estás diciendo que…?

—Acabo de conseguir una guía de investigación sobre relaciones íntimas.

—¿Qué? ¿Como un libro sobre sexo?

Ella le tapó la boca con un dedo.

—No lo comentes aquí, gracias. Volveremos a hablar de este tema esta noche en la posada de Birmingham.

La diligencia estaba aún más llena que antes, y Lizzy apenas se fijó en las caras aburridas.

Cuando llegaron a su alojamiento de esa noche, el Queen’s Goat, todo pareció acelerarse.

Lavarse. Comer. Era casi como si el tiempo hubiera dado un salto de la noche anterior al momento presente.

Excepto por una cosa: ella tenía su libro.

—¿Estás lista para desvelar la gran sorpresa? —Tuck estaba sentado en una silla junto a la mesa, con sus largas piernas estiradas y cruzadas por los tobillos—. Te veo muy nerviosa.

Lizzy sacó el libro de su bolso y se lo entregó antes de subirse a la cama, metiendo los pies descalzos bajo el camisón.

—¿Cría de caballos? Vaya… No me lo esperaba. —Abrió la cubierta y se quedó paralizado—. Espera. —Hojeó las páginas—. Dios mío. —Finalmente, la miró—. ¿Encontraste esto en una librería?

—Me sorprendió tanto como a ti.

—Y lo compraste.

—Quiero aprender. Vamos a casarnos. Entiendo que no sea en el sentido tradicional, pero ¿voy a seguir sin saber nada de lo que ocurre entre un hombre y una mujer? Imagino que tú estás familiarizado con las actividades que se describen en esas páginas, ¿no?

Él le devolvió el libro.

—Sin comentarios.

Ella chasqueó la lengua.

—La omisión es una admisión. Necesito algunas lecciones y, con un libro y tu experiencia, al menos podré entenderlo.

—¿Quieres saber todo eso?

—Imagina que estoy en una reunión social y una amiga casada empieza a preguntarme sobre nuestras intimidades. Levantará sospechas si no tengo ni idea de lo que me está preguntando.

—¿Las mujeres de tu entorno hablan de esas cosas?

—¿Por qué no? ¿Las mujeres no hablan entre ellas en tu época?

—Por supuesto, pero parece que vosotras sois más formales. Pensé que tal vez era más apropiado no hacerlo.

Lizzy se rio ante eso.

—Si tuviera que apostar, diría que las mujeres siempre han hablado de esos temas y siempre lo harán.

—Pero no querrás llevar a la práctica ninguna de estas ilustraciones en la vida real.

Ella tosió en respuesta.

—Lo digo en serio. Estoy tratando de entender qué quieres decir con «lecciones».

La temperatura de la habitación había aumentado en cuestión de segundos. Su camisón, que cubría tanta piel como un vestido normal, le parecía mucho más transparente.

Porque a ella no se le había ocurrido lo mismo que a Tuck.

No había imaginado ser ella la persona que experimentara esas cosas.

Ni siquiera había permitido que su mente procesara esa idea.

Y no estaba segura de poder dejar de hacerlo.

La idea de Tuck con la cabeza entre sus piernas… ¿Cómo sería eso? ¿Sería agradable?

—No te preocupes tanto —le dijo él con tono tranquilizador—. Nunca haré nada que tú no quieras hacer. Pero me estás entregando un libro sobre sexo diciendo que quieres aprender. Quiero que estemos en sintonía con los objetivos de nuestro equipo.

—«Objetivos de nuestro equipo» —murmuró ella para sí misma.

—Estás en mi equipo, ¿recuerdas?

—¿Y responderás a mis preguntas si las tengo? —preguntó Lizzy.

—En la medida de mis posibilidades.

Ella tomó el libro y lo abrió por la primera página.

—Espera —pidió él—. Voy a necesitar un trago.

—¿Ahora? ¿Por qué?

—Porque sí, Pocket Rocket. No te lo tomes a mal.

Sé controlarme. Puedes confiar en mí. Pero no soy masoquista.

—Ante su mirada de confusión, él suspiró—.

No disfruto torturándome a mí mismo. ¿Y si me siento aquí a verte leer ese libro y espero a que tengas alguna pregunta?

Va a ser doloroso. Voy a tomarme una copa.

O seis. Y volveré en una hora. Si tienes alguna pregunta, puedes hacérmela antes de acostarte.

Cuando esté lo suficientemente borracho como para soportarlo.

Antes de que ella pudiera decir nada más, él ya había salido por la puerta.

No tardó mucho en quedar absorta. Había una sección en la que se hablaba de una mujer que se tocaba a sí misma.

Lizzy abrió más los ojos. Las instrucciones eran sencillas.

Meter dos dedos en la boca y chuparlos suavemente.

Podía hacerlo. En ese momento. Sin preguntas.

Sin ayuda. Hizo lo que indicaba el libro y luego se recostó en la cama, sintiéndose deliciosamente perversa.

Tenía tiempo. Tuck había dicho que estaría fuera una hora y, además, oiría sus pesadas botas antes de que entrara en la habitación.

Colocó el libro sobre su pecho, abrió las piernas como mostraba la imagen y se subió el camisón.

Su sexo respondió al aire de la habitación, a la sensación de frescor contra su delicada piel, que estaba más sensible de lo habitual.

Por supuesto, se había tocado antes, pero solo por motivos prácticos, para lavarse y cosas así.

Siempre le había resultado agradable, pero nunca se había planteado explorar más.

Sin embargo, cuando sus dedos húmedos se deslizaron dentro de su hendidura, la sensación la sorprendió.

Estaba húmeda, y al recorrer la piel resbaladiza, su trasero se tensó y su espalda baja se arqueó.

El libro sugería primero descubrir una pequeña perla dura y explorar qué movimiento le convenía más a la mujer: círculos, caricias diagonales o toques ligeros como susurros.

Empezó lentamente, dando vueltas y vueltas, tan curiosa por descubrir en cada pasada una presión dulce que se intensificaba, extendiéndose desde entre sus muslos hasta su ombligo.

Jugó. No había otra palabra para describirlo.

Era como si su cuerpo fuera algo nuevo. Algo salvaje.

Y tenía el poder secreto de hacerla sentir tan bien.

Cuando encontró un ritmo que funcionaba, cerró el libro y lo apartó a un lado antes de usar la otra mano para abrirse más, estirando ligeramente la piel para aumentar la rica sensación.

Sus caderas comenzaron a balancearse. ¿Cómo sería si otra persona la tocara así?

Imaginó los dedos gruesos y fuertes de Tuck allí, sobre su delicada y húmeda suavidad.

La sensación placentera se intensificó y lo único en lo que podía pensar era en obtener más, mientras aumentaba el ritmo, la presión y la fricción.

Un suave gemido escapó de sus labios y se mordió para no gritar más fuerte.

¿Cómo podía ser tan bueno? Y la idea de que él apareciera y la observara hizo que la humedad aumentara.