El despertar del lobo (Lobo) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Al grupo se acercaron los demás. Jørgen Ladjson y su esposa Janne, Markus Axel y su hermano Finn.

La espectacular Ingrid, una pelirroja voluptuosa, de ojos azules y sesgados, pómulos altos y prominentes y boca generosa, con su prima Hildur.

Igual de alta que ella pero bastante más delgada y enjuta, de cabello del color del brandi viejo, igual de brillante y de ojos gris claro.

Al contrario que su llamativa prima, era anodina, de carácter reservado y muy callada; sin embargo, se intuía tras ese escudo de timidez una inteligencia sublime.

Por algún motivo, me encontraba a gusto a su lado, me transmitía una paz y una seguridad apabullantes, al revés que Ingrid, que me inspiraba desconfianza y recelo constante.

Y no se trataba únicamente de la forma en que se comía a Gunnar con los ojos, sino de algo más, una sensación de malestar opresiva, una mera cuestión de piel, de rechazo inconsciente.

Desde el día en que la conocí, la sensación no había hecho más que acrecentarse.

La quería lejos de mí, de la misma manera que quería cerca a Hildur.

Pero, al parecer, eran un pack indivisible; lo que resultaba más curioso era que sospechaba que ninguna toleraba a la otra.

En mis contadas conversaciones con Hildur, me había maravillado la sapiencia de alguien tan joven, a pesar de que me llevaba sólo cinco años.

Y a pesar de que ella jamás había hablado mal de Ingrid, creía ver en sus miradas hacia ella, y en sus gestos cuando su prima se le acercaba, un desagrado sutil, apenas perceptible.

Los últimos en acercarse fueron Lars Mine y su esposa Tora, ambos ya metidos en la cincuentena.

Lars era médico en Tønsberg, nuestro médico de familia, y su mujer, psiquiatra, algo que me llamaba poderosamente la atención, pues era una mujer casi imposible de interrumpir cuando empezaba a hablar.

No me la imaginaba en completo silencio en su consulta, escuchando y tomando notas.

Hechas las presentaciones, nos sentamos a la mesa. Por supuesto, Rona, su marido Arne y la dulce Anniken se unieron a nosotros.

Las mujeres a un lado de la mesa, los hombres al otro, con las parejas en frente.

En el centro de la larga mesa se alineaban los platos con que la gran Rona nos agasajaba. El colorido de las viandas resaltaba contra la blancura del mantel de hilo.

Había bandejas de gravlaks , salmón marinado en sal, azúcar y especias, servido laminado; canapés de reker , gambas sobre pan blanco, con limón y cubiertas de mahonesa con eneldo; kjottkaker , carne picada de ternera preparada en forma de albóndigas y frita, servida con puré de guisantes y patatas cocidas; platos con Geitost, un queso de cabra marrón, con sabor dulce y algo amargo, con notas de caramelo, sobre tostas y acompañado de bayas de enebro, y, por último, lutefisk , pescado desalado, bacalao en esta ocasión, a la parilla, acompañado de bacón, puré de nabo y guisantes.

Varios cuencos de salsa rømmegrøt, crema agria natural aderezada con mantequilla, azúcar y canela, se hallaban repartidos por la mesa, al alcance de todos.

Al contrario que sucede en las mesas españolas, donde se va sirviendo la comida siguiendo un orden determinado, allí todos los platos que se van a comer ya están dispuestos, con lo que la anfitriona no tiene que levantarse continuamente para servir.

Incluso el postre estaba presente, la multekrem, elaborada con bayas de los pantanos y nata montada.

A un extremo se encontraba la mesita auxiliar con ruedas; sobre ella había una pila de platos limpios y cubiertos, y en la bandeja inferior se iban dejando los platos sucios que los invitados pasaban de unos a otros, con lo que nadie tenía que levantarse de la mesa.

La eficiencia nórdica era una de la claves de su desarrollo a todos los niveles.

—No hay cerdo —anuncié a Yusuf, que asintió agradecido.

— Shukran —respondió.

Aquella sola palabra arrancó reminiscencias dolorosas de mi mente. Esa lengua melosa y la apariencia de Yusuf rescataban un rostro de mi memoria. Me encontré con la penetrante y zaína mirada de Yusuf, que hizo que me agitase incómoda en la silla.

Gunnar también me observó, adivinando con meridiana claridad el nombre que había acudido a mis recuerdos; torció el gesto y se dirigió a Yusuf:

—¿De dónde eres?

—Mis padres son del Líbano, pero yo nací en Jordania.

—¿Y cómo llegaste a España?

—Me ofrecieron un trabajo allí, soy traductor y guía turístico.

—O sea que ya sabías castellano cuando fuiste —repuso Gunnar llevándose un trozo de salmón a la boca.

Yusuf asintió tras beber un trago de solo , una bebida refrescante con sabor a naranja.

—Sí —admitió—. Por alguna razón, es un idioma que siempre llamó mi atención. —Hizo una pausa y sonrió—. Ahora sé por qué.

Gunnar dejó de masticar, tragó incómodo y bebió de su copa de vino blanco.

—El amor me esperaba en ese país —aclaró alzando su copa ante Elena, quien, sentada a mi lado, lo miraba hechizada. Ella lo imitó y las entrechocaron. Pero cuando Yusuf bebió de ella, sentí sus ojos nuevamente sobre mí, por encima del borde.

Gunnar no me quitaba los ojos de encima, parecía contagiado por mi inquietud.

—¿Piensas casarte con ella? —inquirió interesado.

—Me lo ha prometido —respondió Elena—, así que más vale que lo cumpla o lo ataré a una silla y lo atiborraré de cerdo.

Yusuf rio divertido y le guiñó un ojo.

—Como ves, Gunnar, no tengo escapatoria —repuso volviéndose hacia él.

Gunnar asintió y sonrió, aunque la sonrisa no llegó a sus ojos.

—Hecha la promesa, es mejor cumplirla cuanto antes.

—Bueno, las cosas hay que madurarlas un tiempo —manifestó Yusuf con calma—. No como lo vuestro, que fue un flechazo instantáneo. —De nuevo dirigió su atención sobre mí—. Elena me contó que viniste de vacaciones para olvidar a un tipo y que, en cuanto lo viste, caíste rendida a sus pies.

—Fui yo el que quedó prendado desde el principio —admitió Gunnar.

—No es para menos —repuso Yusuf sonriéndome—. Cuando las vimos en la estación de Toledo, mi amigo Diego y yo caímos cautivados por ellas.

Gunnar resopló incómodo, su semblante comenzaba a crisparse.

—¿Qué tal la comida? —pregunté, deseosa de cambiar de tema.

—Deliciosa —confirmó Yusuf, paladeando cada sílaba y con la mirada recorriéndome sin ningún reparo.

Bajé la vista a mi plato, con las mejillas encendidas y un molesto desagrado que crecía paulatinamente en mi estómago.

Decidí centrar mi atención en las conversaciones que se desarrollaban a mi alrededor, y en Elena, que hablaba animadamente, practicando su noruego.

Atenta, le traducía a Yusuf cada frase, sin percatarsse de que su novio no parecía estar interesado en nada más que en devorarme con los ojos. Maldije para mis adentros.

Como predije, Britta y Elena conectaron en seguida, y sus bromas subidas de tono caldearon el ambiente. Las risas y la cordialidad reinante no aligeraron mi ánimo y, aunque sonreía e intentaba pasarlo bien, la semilla de preocupación que había sembrado la actitud de Yusuf me lo impedía.

Terminada la cena, nos trasladamos al salón. Gunnar, Sven y Finn preparaban las copas en el mueble bar. Yo me quedé junto a Elena, que por fortuna se colgó del brazo de Yusuf y, acaramelada, ocupaba toda su atención, con arrumacos y besos.

Hildur se acercó a mí, con sonrisa tímida.

—¿Me enseñas tu colección de música?

—Claro, pongamos algo para bailar —contesté aliviada; acababa de darme una excusa para alejarme de la parejita.

En una esquina, encendí la cadena de música y deslicé los compartimentos de los cedés para que Hildur escogiera.

—Mmmmm… Tienes unos gustos muy eclécticos —observó.

—Sí, depende del momento me gusta escuchar distintos tipos de música.

—¿Medieval? —inquirió sorprendida.

—Soy restauradora de antigüedades, me pone en situación —aduje—. Ahora estoy restaurando uno de los cuadros de la iglesia local; cuando trabajo me gusta trasladarme al siglo que me ocupa.

—Interesante —musitó.

Sus gráciles dedos iban pasando los cedés en busca de algo de su gusto.

Por fin eligió uno de Neon Trees, el álbum «Habits», casualmente uno de mis grupos favoritos.

Me miró como pidiendo mi aprobación, asentí y presioné el botón de extracción de la bandeja de cedé.

Metí el disco y en seguida sonaron los rítmicos acordes de Animal , una canción de pop rock que me apasionaba y que solía cantar por la casa, dando saltos.

Los invitados empezaron a bailar con sus copas en la mano. Ingrid, con su vestido rojo de satén, comenzó a contonearse sensual y a agitar su esplendorosa cabellera naranja.

Cuando llegó el estribillo, todos lo cantaban extasiados; me uní a ellos.

—Oh, oh, I want some more. Oh, oh, what are you waiting for? Take a bite of my heart tonight. Oh, oh, I want some more. Oh, oh, what are you waiting for? What are you waiting for? Say goodbye to my heart tonight.

Gunnar se me acercó bailando, me rodeó la cintura y se contoneó contra mi cuerpo.

—Esa canción está hecha para nosotros —susurró en mi oído, envolviéndome con sus fuertes brazos—.

Quiero un poco más de ti, siempre quiero un poco más.

.. —tradujo la estrofa, poniéndome la piel de gallina con esa voz grave y ronca que tanto me excitaba—.

.. ¿a qué estas esperando? Toma un mordisco de mi corazón esta noche.

—Tomaré más de lo que me ofrezcas —musité subyugada por su cercanía.

—Te ofreceré más de lo que me pidas.

Nos abrazamos envueltos en una nube de amor que nos alejaba de todo.