El despertar del lobo (Lobo) Capítulo 4
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Capítulo 4

La fiesta de nuestro aniversario sería una simple reunión de amigos, charla, cena y copas; eso sí, formal, lo que suponía puesta de largo.

Después de dar el pecho a mi Khaled, bajo la enternecida mirada de Elena, ambas corrimos a prepararnos.

Para la ocasión me había comprado un traje de seda salvaje en color amarillo, estilo sirena, que se ceñía a mi talle para abrirse a mitad de muslo.

Por fortuna, como ya me anticipó la matrona, había recuperado la figura rápidamente gracias a la lactancia, y por supuesto al ejercicio físico.

Gunnar y yo salíamos a correr casi todas la mañanas, montábamos a caballo y le ayudaba en las labores de la granja, pero nuestro deporte principal, sin duda, era demostrar cuál de nuestros animales internos era más voraz.

Sonreí; el último asalto en un baño público había sido del león.

Con unas tenacillas, remarqué cuidadosamente cada una de mis ondas.

Era un trabajo arduo por la longitud de mi melena, pero, cuando terminé y me miré en el espejo, comprobé orgullosa el resultado.

Mi cabello negro resplandecía en cada curva.

Finalmente, recogí el lado derecho con un pasador dorado, amontonando mis rizos al otro lado.

Perfecto, al menos uno de mis pendientes luciría.

Maquillé mis ojos, perfilándolos con sombra oscura, lo que acentuó mi tono ámbar; apliqué máscara de pestañas, color a mis mejillas y, para finalizar, un carmín de un tono rosado natural con brillo. Una última mirada de aprobación y salí del baño.

Gunnar se ajustaba la corbata negra frente al espejo con movimientos secos y elegantes; contuve una exclamación. Estaba tan guapo que mi lobo se removió inquieto, casi salivando ante aquella suculenta imagen.

Llevaba un traje negro, de corte italiano, que se ajustaba a sus imponentes dimensiones a la perfección.

La camisa blanca destacaba su tez bronceada por el trabajo al aire libre.

Mi ojos recorrieron la dura línea de su mandíbula, su boca amplia y dulce, su nariz recta, sus altos y anchos pómulos y esos ojos alargados de gato, siempre acechantes, tan profundos y brillantes como los abruptos barrancos de las montañas que nos rodeaban.

Llevaba el cabello suelto sobre los hombros, dorado y brillante, pero con ese sempiterno toque rebelde e indomable que añadía una salvaje masculinidad a su porte.

De repente, sentí su mirada reflejada en el espejo clavada en mí.

Perplejo y obnubilado, me recorrió despacio, prestando atención a cada detalle; sus labios se abrieron, su mirada se encendió, sus rasgos se tensaron. Contuve la respiración cuando se giró hacia mí.

Avanzó lentamente y, a cada paso, la emoción que brillaba en sus ojos, aumentaba.

—La primera vez que te hice mía llevabas un vestido parecido.

Aquel recuerdo, de hacía doce siglos, volvió a mí, con detallada claridad.

Aquel día, en la fiesta del skáli , me sacó de allí casi a rastras, temiendo que fuera de otro hombre, mostrando con fiereza sus sentimientos, su posesión.

Hasta casi sentí aquel beso delirante contra la empalizada, cómo me empujó hasta su cabaña, donde me tomó como suya.

Esa primera entrega debió haberme abierto los ojos: era él, mi hombre, mi destino, pero por aquel entonces todavía me aferraba a Rashid.

—Sí, lo escogí a propósito —confesé.

A tan sólo dos pasos de mí, se detuvo.

Percibí con total nitidez el deseo que manaba de él.

Era como ondas térmicas irradiadas por su cuerpo, como una fuerza electromagnética que cargaba el aire a su alrededor, activando cada una de mis terminaciones nerviosas.

Noté cómo se aceleraban mis latidos. Esa conexión mágica que nos unía transgredía cualquier ciencia y credo.

—¿Sabes? —dijo en voz susurrada y grave—. Provoca la misma reacción que entonces.

Inclinó levemente la cabeza y con mirada depredadora avanzó hacia mí.

Sus manos se aferraron a mi cintura; el calor que desprendían despertó mi piel y languideció mis sentidos. Olía maravillosamente bien; mi consciencia pasó a un segundo plano, mi vientre hormigueó y mi pezones se endurecieron.

Gunnar me pegó a él, clavando en mí su verde y sesgada mirada.

—Siempre supe que era tú, desde la primera vez que puse mis ojos sobre ti, la otra mitad de mi alma —musitó.

Mi garganta se secó; un aleteo inquieto recorrió mi pecho, sentí escalofríos erizando mi piel y el atronar de los latidos en mis oídos.

—Que seas, además, la mujer más condenadamente bella y sensual que hay sobre la tierra es un favor que debo agradecer a los dioses —agregó mientras se inclinaba sobre mi boca.

Unos rápidos y secos golpes en la puerta lo detuvieron. Una voz femenina, gutural y seca, llegó enérgica hasta nosotros.

—¡Los invitados esperan abajo!

Gunnar me sonrió, chasqueó la lengua, sacudió la cabeza y me soltó.

—Los invitados deberán agradecer a Rona que hoy tengan anfitriones.

Reí, puse las palmas de mis manos en sus hombros y me puse de puntillas, a pesar de mis tacones, para darle un beso rápido. Para mi asombro, Gunnar se apartó.

—¿Acaso has olvidado en lo que acaban nuestros besos? Si vuelvo a acercarme a ti, será para devorarte.

Hice un mohín desconsolado y Gunnar gruñó, me guiñó un ojo y me acompañó a la puerta.

—No me tientes, nena, o la fiesta acabará siendo la más sonada de la zona.

Abajo, varias parejas charlaban animadamente mientras bebían unos cócteles. Eran amigos de Gunnar, y ahora también míos. Miré la hora del reloj de pared, era exactamente la hora estipulada. «Infalible», me dije sonriente.

Saludamos a los invitados con un abrazo cálido y una sonrisa agradecida.

Britta Holgen, esposa de Knute, director de una de la mayores factorías lecheras de la zona y uno de los hombres más francos que yo había conocido en mi vida, admiró mi vestimenta, alabando la elección.

—Desde luego, querida, es impresionante cómo te has recuperado del embarazo.

Su marido se ajustó las gafas de montura invisible sobre el afilado puente de su nariz y me contempló con aprobación.

—Sin duda, estás soberbia Vicky, y el amarillo te favorece —opinó Knute.

—Es más un color de morenas, y aquí no abundan —convino su mujer.

—Gracias, Britta, tú estás radiante.

Y era cierto, su melena casi albina se estiraba en un alto moño, despejando por completo un rostro regio, de facciones delicadas.

Sus pequeños pero aviesos ojos cerúleos mostraban el brillo de una mente aguda, siempre alerta; nada escapaba a su control.

Su vestido, de un verde musgo casi tan intenso como los ojos de mi esposo, ceñían un cuerpo esbelto, pero sin muchas formas.

—Rona nos ha dicho que esta mañana llegó tu amiga española, pero no la hemos visto —adujo Britta, llevándose la copa a los labios.

—Es española —le recordó su esposo, como si esa sola indicación fuera inherente a la impuntualidad.

Justo en ese momento se acercó Rona con la bandeja de los cócteles; tomé una copa y me la llevé a los labios.

—Y ardiente —intervino Rona—. Seguro que han torcido todos los cuadros de la pared. Desde la cocina se oían los golpes y alaridos, miedo me da entrar en la habitación.

Me atraganté ante las risas de Britta y Knute.

Gunnar, que hablaba con Sven, su mejor amigo y uno de los principales ganaderos de la comarca, miró preocupado en mi dirección.

Alcé la mano, en señal de que todo iba bien, mientras Britta palmeaba mi espalda.

—¡Diantres, Rona! —exclamé—. ¿No sabes lo que significa la discreción?

—Sé lo que significa el decoro —se defendió ceñuda—. Y si ellos no quieren que nadie sepa que fornican como animales, es tan fácil como morder la almohada, digo yo.

Britta se carcajeaba mientras aleteaba su mano y negaba con la cabeza.

—Ay, Rona, no te contrataría en mi casa aunque te ofrecieras sin sueldo.

Rona la fulminó con la mirada, frunció los labios reprobadoramente y alzó la cabeza altiva.

— No veo por qué —intervino Knute—. Tú eres de las que muerden almohadas.

—¡Ja! —exclamó Rona triunfal, mientras se alejaba.

Reprimí la carcajada, por temor a molestar a Britta; sin embargo, fue ella la que rio.

—Veo que os lo estáis pasando genial.

Lisbet Amundsen, esposa de Sven, de belleza angelical, casi aniñada, de cabellos trigueños y lacios que caían suaves a ambos lados de su dulce rostro, nos sonrió con curiosidad.

—Hablábamos... de... las… ¿almohadas? —repuso Britta entre risas.

—Más bien de cómo se muerden —aclaró su marido, que también reía.

Lisbet me miró abriendo los ojos con asombro; me encogí de hombros, al tiempo que me sacudió otra carcajada.

—Dios santo, y eso que acabamos de empezar —adujo Lisbet.

Un carraspeo tras de mí me hizo volverme.

Elena y Yusuf me miraban sonrientes y expectantes.

—Esa sonrisa es inconfundible, es la de una mujer orgásmicamente satisfecha —musitó Britta a mis espaldas.

—No lo dudes, guapa, mi hombre es un toro —contestó Elena en perfecto noruego, con la más dulce de las sonrisas en su cara.

—Se me olvidó comentar que habla vuestra lengua —confesé divertida.

Elena había comenzado a estudiarla desde que yo me instalé aquí, como yo; en nuestros numerosos correos me comentaba sus avances, y me consultaba las dudas.

Yusuf, en cambio, apenas chapurreaba alguna que otra frase.

Britta se adelantó y le alargó cortés la mano, y Elena hizo lo propio: la cogió por los hombros y le estampó los sonoros besos de rigor en las mejillas.

—Es española —le recordé con orgullo—, como yo; ninguna de las dos mordemos almohadas.

—Curiosa presentación, amiga —dijo Elena—, aunque ya imagino el tema que tratabais.

—Ésta es Britta, tu alter ego escandinavo.

—Ya me empieza a caer bien, ja, ja, ja, ja, ja.