Capítulo 6
—¡¿Se puede saber qué está pasando aquí?!
Lena, Uma y Assia se incorporaron, todavía aturdidas. Desde el otro lado del agujero del suelo, la mirada desencajada de Luke se encontró con la de Lena. Totalmente aterrorizado.
Ella se estremeció. Así era como siempre había temido que la miraran.
El muchacho reculó sobre el suelo, y sus amigos lo ayudaron a levantarse. Lena sintió una chispa de lástima.
Pero duró poco. Lo que Marcos, que era quien había gritado, los otros profesores y el director tardaron en alcanzarlos. Y este tipo de situaciones siempre acaban igual. Sobre todo, para las recién llegadas.
—¡Han sido ellas! —chilló Luke al instante—. ¡Nos han puesto a todos en peligro encendiendo un cohete!
—¡Pero qué dic…! —empezó Lena.
—¿Es eso cierto? —la interrumpió Alberto, el director, dando un paso al frente. Los otros profesores permanecieron atentos y ceñudos.
—¡No! —se adelantó Uma.
—¡Ellas robaron las cajas de pirotecnia! —gritó Luke por encima.
—Lucas, cálmate —intervino Marcos, cortante. Luego se volvió hacia las chicas—. Lena y Assia son de mi tutoría de este año. ¿Habéis cogido las cajas, chicas?
—Sí…, ¡pero no ha sido para encenderlas! —respondió Assia con voz temblorosa—. ¡Ha sido por ayudar!
Entonces el director hizo algo que sorprendió gratamente a Lena: las invitó a desarrollar semejante afirmación, y escuchó pacientemente los argumentos de las chicas en contra de la pirotecnia.
Nunca, en toda su vida, se había sentido Lena tan escuchada.
—¡Pero han encendido un cohete! —insistió Luke, interrumpiendo a Assia mientras hablaba de los autistas—. ¡Profe, podrían haberme matado!
—Basta ya —le cortó Alberto—. Mirad. ¿Cuánto queda de fiesta? ¿Una hora? No es momento para ponernos en modo policía.
Los profes de detrás se removieron incómodos y empezaron a murmullar. El director los ignoró.
—Vosotros os vais ahora a casa, todos. Y mañana —dijo mirando a las tres chicas—, a vosotras os quiero en mi despacho antes de que empiecen las clases.
—¿Nosotras? —saltó Uma—. ¿Y qué hay de ellos?
Pero Alberto ya se había dado media vuelta, dejando bien claro que aquello había terminado para él. Por su reacción, Marcos era uno de los profesores que más perplejo parecía.
—Vámonos a casa —murmuró Lena, agotada.
La mezcla de miedo y enfado la había dejado sin energía. Y el fogonazo…, todavía lo sentía en su interior, aunque en ese momento le había dejado también un vacío dentro del pecho. Como si toda aquella energía que sentía y que tanto temía se hubiera escapado de su cuerpo de golpe.
Y, por las caras de Uma y Assia, supo que ellas también estaban agotadas. Durante un momento, tuvo la sensación de que se sentían igual.
Pero eso era solo una intuición absurda. La rara era ella. La que sentía esas cosas era ella.
¿Qué había pasado realmente?
Y, sobre todo, ¿cómo iban a explicar a Xiomara y Jaime que estaban castigadas?
Porque se lo contaron, claro. Una de las normas de la casa era esa: «Aquí no hay mentiras. Aquí hablamos las cosas, sea lo que sea, ¿vale?», habían dicho Xiomara y Jaime cuando la recibieron en su hogar.
Y Lena había aceptado, aun sabiendo que había cosas que nunca podría mencionarles.
¿Cuenta como mentir si lo que pasa es que desconoces la verdad?
Pero eso eran solo tonterías que pensaba. Ella era normal. Todo estaba bien.
¿Y si se enfadaban y decidían que ya no la querían? ¿Que era una mala influencia para Uma?
Tonterías.
¿O no?
Porque, desde luego, lo que no estaba nada bien era que las hubieran citado al despacho del director en el primer día de clase.
Quizá por eso dejó que a la mañana siguiente fuera Uma la que explicara lo sucedido durante el desayuno, incluida su interpretación de lo que había pasado con el «fuego artificial defectuoso» que había hecho que la caja explotara sin causar daños.
—¿Có…, cómo nos vais a castigar?
La pregunta se le escapó en cuanto Uma terminó de hablar, casi comiéndose la última sílaba.
Le temblaban las manos, tanto que le costaba sujetar la taza de leche ya vacía.
Y le había costado manejar las tijeras para podar de nuevo la planta de su escritorio.
Esa noche había vuelto a tener pesadillas y, al amanecer, el tiesto estaba desbordado.
Tenía miedo de que su habitación se convirtiera en una jungla de la noche a la mañana.
Xiomara y Jaime se miraron y tuvieron una conversación silenciosa delante de sus narices. A Lena le encantaba que fueran capaces de comunicarse sin palabras. Era como un superpoder.
Él fue el primero en hablar.
—Por el momento, esperemos a ver qué os dice hoy el director.
—Eso es —confirmó Xiomara—. Queremos confirmar vuestra versión, y después hablaremos.
Increíble. En su otra vida eso jamás habría pasado.
Pero no.
Aquella vida ya quedaba atrás.
En ese momento tenía esa vida, una en la que, de pronto, tenía una hermana, y una amiga y…
… y las tres se encontraban en el despacho del director a las ocho menos cuarto de la mañana.
Alberto les pidió que se sentaran alrededor de una mesa redonda. En el centro tenía un cuenco lleno de caramelos de colores con forma de frutas.
—Déjame hablar —dijo el director cuando vio que Uma ya abría la boca—. ¿Sabéis por qué os he convocado aquí?
—¿Para darnos una charla? —respondió al instante ella.
—Correcto. Pero no la que vosotras creéis.
—¿En serio? ¿No es por robar los fuegos artificiales? —preguntó Lena, desconcertada y alerta.
—Eso es un error que espero que no volváis a cometer, y no, no es por lo que os he llamado —respondió el director
—¿Entonces no crees que nosotras los encendiéramos? —intervino Assia.
Suspirando, Alberto se recostó en la silla.
—¿La verdad? No, no lo creo. No os conozco mucho, pero me he pasado la noche revisando vuestros historiales académicos, expedientes, y también los de los otros alumnos involucrados.
—Lena se fijó entonces en una pila de carpetas de color verde oscuro que reposaban sobre el escritorio que Alberto tenía a sus espaldas—.
Y tras hablar con vuestros profesores, la respuesta es no.
No creo que vosotras causarais el accidente.
—¿Entonces? —preguntó ella, todavía desconfiando.
—Entonces, solo quería deciros que, y seguro que esto no es una novedad para vosotras, tenéis unos perfiles que os van a hacer ser el blanco de la atención de mucha gente. De cierto tipo de gente —especificó Alberto.
Assia resopló, y también Uma parecía molesta. Lena les lanzó una mirada. ¿Es que acaso ellas no sentían alivio al ver que no se la iban a cargar? A ella le parecía un milagro.
—¿Y qué hacemos? ¿Aclararnos la piel? —intervino Assia con una mezcla de rabia y tristeza.
—¡Eso es! ¿Pretendes que nos escondamos? —preguntó a su vez Uma, más combativa.
—No. Al contrario. Alzad la voz: en cuanto os pase algo como lo que me puedo imaginar que sucedió ayer, buscad apoyo de inmediato —respondió el director con voz amable. Eran palabras suaves, acogedoras…, pero que despertaron una chispa en Assia.
—Eso ya lo he oído antes —respondió con más dureza—. Los adultos siempre lo decís como si vuestra ayuda fuera útil y no nos hiciera parecer aún más débiles.
—Entiendo que te pueda parecer así…
—No —le cortó—. Es que es así. Mi hermana mayor sufrió bullying en el colegio. ¿Cree que no se informó al centro? —insistió Assia, cada vez más agitada—. ¡La etiqueta de chivata le costó varias palizas y acabar repitiendo sexto curso!
¡CLAC!
—¿Se ha ido la luz? —se sorprendió Alberto cuando las luminarias se apagaron y se encendió la luz de emergencia sobre la puerta.
Se levantó de un salto y comprobó que el ordenador del escritorio no funcionaba—.
¡Lo que me faltaba hoy! Menuda forma de empezar la mañana —murmuró para sí—.
Chicas, lo siento mucho, pero vamos a tener que dejar esta conversación para otro día.
Solo quería deciros que en mí tenéis un aliado, ¿de acuerdo?
—Vale —asintió Lena con rapidez, levantándose, más que nada porque sus amigas no parecían dispuestas a ceder ni un ápice y ella no quería pasar ni un minuto más en aquel despacho—. Nos vamos a clase entonces.
Prácticamente sacó a Uma y a Assia de allí a empujones y, cuando ya se habían alejado del despacho, susurró:
—Venga, podría haber sido peor. Vamos para clase de una vez…
—A ver si vuelve ya la luz —dijo Uma—, los pasillos están a oscuras y… ¿Assia, qué te pasa?
Lena se fijó en su amiga, que parecía aguantarse las lágrimas.
—¡Estás temblando! No pasa nada, Assia, de verdad —le dijo con cariño—. No creo que el dire se haya enfadado por lo que le has dicho…
—De hecho, parece bastante majo. Torpe, pero buena persona —reconoció Uma.
—No. No es eso. No es nada —respondió ella con la vista fija en el suelo.
—¿Y entonces? —preguntó Lena con suavidad.
—¡Que no es nada!
Assia se estaba cerrando cada vez más. Y Uma no lo mejoró cuando le dijo:
—¡Venga! Las amigas se lo cuentan todo.
—Pues entonces igual es que no quiero amigas —le respondió al instante. Y se marchó