Capítulo 4
—No me puedo creer que sea tan sencillo —susurró Lena solo unos minutos más tarde.
Y es que tenía una pinta tan tan fácil que no parecía cierto. Nadie vigilaba activamente las dos cajas de material pirotécnico, aparcadas debajo de un árbol cerca del perímetro de la fiesta. Marcos y otros profesores charlaban a pocos metros, pero sin prestarles atención.
Aquello era casi una invitación.
—Si esto fuera un libro de aventuras, iríamos claramente de cabeza a una trampa —dijo Uma. Se había zampado su helado, todavía milagrosamente intacto, en dos bocados apresurados.
Tan cerca de romper las reglas una vez más en su vida, Lena se sentía un poco nerviosa. Pero el entusiasmo de Uma la alentaba y los profes estaban tan enfrascados en su conversación que no se enteraron de que tres chicas arrastraban las cajas lejos de ellos.
—¿Y ahora qué? —preguntó Assia cuando se habían alejado un poco del gentío—. Ya las tenemos, pero las buscarán, tenemos que esconderlas, o deshacernos de ellas…
—¡Podríamos tirar los petardos por el váter! Lo vi en un reality, lo hacían con las cartas de amor de infieles… —dijo Uma.
—El camino más rápido para sacar las cajas de aquí es hacia la calle, justo por debajo de los árboles —reflexionó Lena mirando hacia la zona ajardinada que las separaba de la verja—, pero han encendido los focos, me imagino que precisamente para evitar…
Una sensación le sobrevino. Una sensación que le recordaba demasiado a lo que sentía durante sus pesadillas… Y de golpe, las lámparas perdieron intensidad a mitad de su frase, quedando en un tenue resplandor.
—Eeeh, ¡¿qué acaba de pasar?! —exclamó Uma.
Lena intentó decir algo, pero no le salió nada. ¿Qué había ocurrido?
—¿Chicas? —volvió a hablar Uma.
Ella se encontró con la mirada de Assia, en la que había también miedo, que era como un reflejo del suyo propio.
Sacudió la cabeza. No. Se lo estaba imaginando. Ella no podía regular unas luces a voluntad.
¿Verdad que no?
—Eh, bueno…, sigamos, ¿no? Mejor si estamos más a oscuras —dijo por fin Lena.
Lo que acababa de suceder no era más que una coincidencia. Lo único que pasaba era que tenían los nervios de punta.
Estaban a punto de llegar a la calle cuando…
—¿Dónde creéis que vais, guapas? ¿No sabéis que está prohibido robar material del instituto?
Luke salió de las sombras, seguido de Naia y dos de sus secuaces.
—¿Y a vosotros qué os importa? —respondió Lena pasando por alto el hecho de que estaban en inferioridad numérica. No era algo que nunca le hubiera importado. Llegado el caso, sabía defenderse.
El chico dio un paso adelante y tanteó con el pie la caja de petardos. Todo en él rezumaba arrogancia, empezando por su forma de hablar. ¡Vale, era más alto que ellas, pero no tenía que mirarlas por encima del hombro!
—¿Estáis robando los fuegos artificiales? Pero si vosotras sois chicas responsables, ¿no? —se burló con sorna. Pasó la mirada por ellas y se detuvo en Uma, que bajó la suya—. Ah, ya caigo. No me digáis que os dan miedo, chiquitinas.
—¿Y qué si nos lo dan? —le gruñó Assia—. ¡No es nada de lo que avergonzarse , campeón!
Luke soltó una carcajada grosera. El insulto no lo había amedrentado.
—Claro que no… —dijo, sibilino— si tienes cinco años.
Y, de golpe, metió la mano en una de las cajas y sacó un cohete.
—Eh, Luke, deja eso —le pidió Naia. Su mirada se cruzó por un instante con la de Lena. A ella tampoco parecía hacerle ninguna gracia lo que estaba ocurriendo, sobre todo cuando su amigo sacó un mechero del bolsillo.
—¿Qué pasa? No estoy haciendo nada —dijo él, con una sonrisa que ponía los pelos de punta.
—Ni se te ocurra —le advirtió Assia. Las luces a su alrededor parpadearon, como si la electricidad sintiera la tensión del momento.