El despertar de las guardianas (Luna 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

El instituto no era como ninguno de los que Lena había conocido.

Para empezar, estaba rodeado por un patio enorme, en el que había una cancha de fútbol y otra de baloncesto, pero también varias zonas ajardinadas con mesas de madera.

El edificio, de dos pisos y situado en el centro del recinto, era muy antiguo, con una preciosa fachada de ladrillo rojo y grandes ventanales.

—¡Venga, que no tiene tan mala pinta! —dijo, tirando de Uma, que seguía fingiendo exageradamente que se dejaba arrastrar contra su voluntad—. Mira, ahí están colgadas las listas con las clases.

A regañadientes, se dejó llevar hasta la fachada principal, donde habían pegado una hilera de folios. Lena la dejó frente a las de tercero y se alejó unos pasos hacia las de segundo. Un chico con implantes cocleares le hizo sitio para que pudiera acercarse a buscar su nombre.

—¡Estoy en 2.º C! —le dijo Lena a Uma—. ¿Tú?

—Yo en 3.º E.

—Ah, pues como nosotros —se oyó una voz detrás de ellas.

—¡Qué susto! —gritó Uma pegando un respingo.

Y entonces sucedió algo rarísimo.

Se dio la vuelta, sobresaltada y haciendo un aspaviento con los brazos…

… y el contenido del vaso que sostenía la chica que había hablado salió volando.

Lena parpadeó, sorprendida. Todo había pasado muy rápido, pero estaba segura de que era imposible que Uma la hubiera tocado.

Habría jurado que sus dedos pasaron a varios centímetros del enorme vaso de bubble tea que la chica llevaba en la mano.

Pero el caso fue que la tapa de plástico transparente saltó por los aires con un ¡pop!

… y el té se elevó en una espiral, que caló a la chica de arriba abajo.

Se hizo el silencio. El chico que la acompañaba se quedó patidifuso.

—Naia, qué desastre… —Sus palabras hicieron reaccionar a Uma.

—¡Lo siento mucho! —exclamó, y sacó a toda prisa un paquete de pañuelos de su mochila.

¡Como si se pudiera hacer algo! El té de color verde se escurría lentamente por el vestido de la chica.

Un par de bolitas de gelatina se le habían quedado enganchadas a su pelo dorado.

Alrededor de sus hasta entonces impecables zapatillas blancas se formaba un charquito, creciendo con cada gota que caía del bajo de su falda.