Capítulo 18
Las puertas se abrieron y una mujer se bajó, dejando un asiento libre.
Omar se quitó la mochila con cuidado y se sentó de un salto antes de que nadie más tuviera oportunidad.
Se estaba poniendo ansioso y necesitaba sentarse.
Encajó la mochila entre las piernas y la apretó con suavidad.
Las botellas de explosivos le presionaron la piel, y movió las rodillas para asegurarse de que todas estuvieran en posición vertical.
Durante sus preparativos, había llenado seis botellas de agua de dos litros con los explosivos.
El doble de las medidas de Sharif. El doble de dosis significaba el doble de destrucción.
El doble de destrucción significaba el doble de muertes.
El doble de muertes significaba que superaría a Sharif.
Aquel borracho le había intimidado y atormentado en las dos ocasiones en las que se habían cruzado, y ya era hora de vengarse.
Dentro de la mochila también llevaba un pequeño machete, guardado en un compartimento aparte. Un último recurso que consideraba su amuleto de la suerte, uno que Sharif no había tenido el valor de llevar consigo.
El tren arrancó con una sacudida al salir de la estación, y él mantuvo la vista fija en el suelo mientras se balanceaba de un lado a otro.
Cuando el tren llegó a London Bridge, aumentó el número de hombres y mujeres que subían al vagón luciendo los inconfundibles colores de la cinta del Orgullo.
Omar los miró con recelo. Los odiaba. A todos ellos.
Él era la manifestación de la malvada manipulación de Zain, y estaba impaciente por ponerla en práctica.
Levantó la vista y vio a una pareja de gais de pie justo frente a él, conversando, riendo, jugueteando el uno con el otro. Les lanzó una mirada de asco.
Entonces, justo cuando estaba a punto de estirar las piernas para obligarlos a apartarse de su camino, dos agentes de policía subieron al tren, uniformados con todo el equipo.
Armas de fuego y demás. Era la primera señal que veía de un aumento de la presencia policial desde el anterior ataque de Sharif.
La visión lo puso nervioso.
¿Lo habían encontrado? ¿Habían venido a arrestarlo? ¿Tendría que detonar los explosivos ahora, antes de la hora prevista?
No lo sabía, pero tras quedarse allí unos instantes, se relajó un poco. Si fueran a arrestarlo, ya lo habrían hecho.
Eso no evitó que los observara escrupulosamente.
Estaban hablando, sonriendo, parecían felices; el epítome de aquello en lo que se había convertido la policía.
Un hazmerreír. No les importaba la gente.
No les importaba proteger a los civiles en las calles.
En lugar de eso, estaban riendo y haciendo bromas.
Omar odiaba lo que representaban, y tuvo que luchar contra el impulso de sacar el machete y rebanarles el cuello a ambos agentes.
Disfrutaría con ello —imágenes de la escena cruzaron su mente—, pero sabía que ese no era el objetivo final.
El final estaba a la vista.
El final era la muerte de docenas de personas.
El doble de muertes, el doble de destrucción.
Cuando el tren se detuvo finalmente en la estación de North Greenwich, Omar se levantó del asiento y se abrió paso a empujones entre la pareja de gais.
Ellos soltaron un pequeño quejido, lamentándose por su actitud, pero él los ignoró y salió apresuradamente del tren.
Con las prisas, el teléfono se le cayó de la mano a los pies del agente que estaba más cerca de él, un joven adolescente de ojos azules vibrantes.
El agente se agachó para recogerlo y se lo entregó.
—Aquí tiene, caballero —dijo el agente.
Omar le arrebató el dispositivo al hombre uniformado sin decir nada, saltó al andén y subió por las escaleras mecánicas, dejando atrás a todo el mundo que salía del tren a su propio ritmo.
Al llegar arriba, Omar pasó rápidamente por los tornos, recorrió el camino hacia el O2 Arena y se detuvo a la entrada del edificio para admirar la estructura.
El interior era exactamente como lo había visto en las imágenes de internet.
Había un paseo de tiendas y restaurantes inmediatamente a su derecha, y a la izquierda una serie de taquillas.
Al frente estaba una de las varias entradas al recinto principal.
Podía oír a las bandas y a los artistas calentando y realizando las pruebas de sonido.
Los colores del arcoíris adornaban las paredes y el techo; las banderas colgaban de las vigas y de las estructuras de soporte elevadas.
Era la primera vez que se celebraba este evento, y gente de todo el país —de hecho, de todo el mundo— había comprado entradas para asistir.
Lo cual lo haría mucho más emocionante cuando lo destruyera por completo.