El Desenlace (DC Jake Tanner 15) Capítulo 15
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Capítulo 15

D urante las últimas dos horas, Z había estado manteniendo un perfil bajo.

Había apagado el ordenador y la Xbox, pero había dejado el móvil encendido.

Poco después del atentado, no había quitado ojo a las noticias, viendo cómo las últimas actualizaciones desfilaban por la parte inferior de la pantalla.

La policía no había tardado mucho en difundir imágenes de Sharif y declararlo el principal sospechoso del ataque.

Putos racistas .

Pero lo que Z más había disfrutado, a su manera perversa, era ver cómo aumentaba el número de muertos confirmados.

Primero habían sido seis. Diez. Trece. Luego veinte.

Esperaba que hubiera más. Muchos más. Quería formar parte de una de las mayores matanzas que el país hubiera visto jamás.

Quería ser infame como el hombre detrás de los ataques al que nunca identificaron.

Quería ascender en el escalafón y salir de ese estercolero al que llamaba hogar, y deshacerse de esos seres inútiles a los que llamaba padres.

La vida sería mejor sin ellos. Sin todos ellos.

Entonces su móvil vibró, distrayéndolo. Era un mensaje de Omar.

—¿Puedes hablar?

Z escribió una respuesta, diciéndole a su aprendiz que sí, pero que tendría que salir de casa.

No quería que sus padres oyeran la conversación, sobre todo ahora que estaban siendo tan cautelosos y quisquillosos con respecto a con quién hablaba por internet.

Aquel era un momento delicado en su operación y, cuanto menos supieran sus padres —si es que sabían algo—, mejor.

Z le dijo a Omar que esperara cinco minutos antes de darle el visto bueno.

Luego se guardó el teléfono en el bolsillo, cogió un jersey fino de Topman y la bolsa de cuerdas que usaba para las clases de educación física y salió de casa, ignorando los gritos de su madre para que volviera.

Antes de dar un portazo, le dedicó un gesto obsceno con el dedo corazón a través de la pared.

Fuera, cruzó el porche delantero y trotó hacia el supermercado local, a menos de un kilómetro y medio de distancia.

Estaba en una zona pequeña del pueblo, junto a una peluquería, una oficina de correos y una tienda de beneficencia, y era famoso en la zona por suministrar alcohol y tabaco a menores.

También era el lugar donde Z compró el tinte de pelo y la lejía que les había enviado a Sharif y a Omar para las bombas de botella.

El pueblo era un paraíso para los terroristas domésticos, capaz de suministrar todo lo que necesitaban.

Una vez que llegó al exterior del supermercado, se escondió tras el grupo habitual de contenedores que él y sus amigos usaban para fumar después de clase, sacó el móvil y bajó por la lista de contactos hasta encontrar el número de Omar.

Antes de hacer la llamada, Z respiró hondo, recobrando la compostura.

Hizo la llamada.

El hombre respondió al segundo tono: —¡¿Hermano?!

—¿Estás a salvo? —preguntó Z con la voz más grave que pudo fingir.

—Sí. ¿Dónde estás tú?

Z miró a su alrededor con recelo. —En un supermercado. Detrás de unos contenedores. ¿Dónde estás tú?

Hubo un momento de silencio al otro lado de la línea. Un coche de policía pasó a toda velocidad por su lado con las sirenas aullando y el chico se quedó helado, presa del pánico. Mientras se agachaba más tras el contenedor para no ser visto, oyó el eco de una sirena policial en su oído.

—¿Omar? —repitió—. ¿Es seguro hablar? Hay muchísima vigilancia después de lo de esta mañana, hermano. ¿Dónde estás?

—Detrás de ti. —La voz sonaba más grave de lo habitual. Hizo que a Z se le erizaran los pelos de la nuca.

Pivotó sobre sí mismo, se quedó paralizado y casi se le cae el teléfono de la sorpresa.

Ante él, vestido de arriba abajo con una chaqueta fina de Adidas, unos vaqueros y una sudadera con capucha, estaba Omar.

El hombre era más grande de lo que había anticipado…

y más grande de lo que le habían hecho creer sus fotos.

—Hermano…

—¿Omar?

—Por fin te he encontrado.

—¿Qué haces aquí? Deberías estar en Londres.

Omar lo observó; podía sentir los ojos hundidos y negros como el azabache del hombre clavándose en su piel.

Sintió miedo; Omar le doblaba el tamaño y, por los mensajes que se habían enviado, sabía de lo que el hombre era capaz.

Poseía un temperamento volátil y aterrador, lo que lo convertía en la persona perfecta para tener de tu lado. No tanto en el contrario.

—Eres más pequeño de lo que esperaba —dijo Omar con calma—. No esperaba que fueras un niño.

Z enderezó la espalda. —¿Por qué cambia eso las cosas? Seguirás recibiendo mis órdenes. Sin mí, no tendrías esta gran tarea. No tendrías este camino hacia Alá.

—Relájate, hermano —dijo Omar, tocándole el brazo. Cogió el móvil de Z y lo apagó. He venido a buscarte porque quería conocerte en persona antes del final.

—¿Por qué?

—Quería darte las gracias. Me has dado esta oportunidad. Me has servido de inspiración. He tenido miedo durante muchos años y ahora me has hecho sentir poderoso. Me has ayudado a sentirme seguro de lo que estoy a punto de hacer.

—¿Recuerdas lo que acordamos, verdad?

—Por supuesto. Lo he repasado cada noche en mi mente antes de dormir. No cometeré ningún error, hermano. Te lo prometo. Hoy habrá muchas muertes.

—El hermano Sharif lo hizo bien. Ha enorgullecido a Alá —dijo Z.

—Lo hizo. Y así es. Pero yo lo haré mejor. Esos maricones morirán. No verán lo que se les viene encima. Ya era hora de que ocurriera.

—Lo sé —dijo Z. Con cada segundo que pasaba se sentía más seguro de que su aprendiz no iba a matarlo detrás de un supermercado, pero que aun así hacía bien en temerle.

Z miró la hora en su teléfono. —Tienes que irte. El concierto empieza en unas horas. Tardarás mucho tiempo en llegar allí.

—Lo sé, hermano. Solo quería darte las gracias. —Omar se inclinó hacia delante y lo abrazó. El cuerpo del hombre era fuerte y Z se vio envuelto en una burbuja de puro músculo. —Nos vemos pronto, hermano.

—Sí. Alabado sea Alá.

Dicho esto, Omar se marchó y Z esperó hasta que desapareció de su vista antes de dirigirse a casa.