El desastre perfecto Capítulo 37
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Capítulo 37

Alejandro

La rabia me consumía por dentro, pero esta vez no la dejaba salir.

Esta vez la encerraba en una caja de acero, la analizaba, la descomponía en sus partes constituyentes para entender cómo utilizarla.

Durante años había creído que la furia era un combustible que debía expresarse, liberarse, convertirse en acción inmediata.

Ahora sabía que era una herramienta peligrosa que podía destruir todo si no se manejaba con precisión quirúrgica.

Víctor había amenazado a mi abuela. No a mí ni a Lucía directamente, sino a mi abuela Carmen.

A la mujer de ochenta y seis años que me había criado, que me había enseñado a ser humano, que ahora dormía en su habitación del piso de arriba con la seguridad reforzada que yo mismo había instalado.

Eso no era solo un ataque. Era una declaración de guerra.

Y yo no iba a perder esta guerra por dejarme llevar por la emoción.

Pasé la mañana en el despacho de Eduardo Valcárcel, con montañas de documentos extendidos sobre la mesa de caoba. El abogado fumaba su pipa, un hábito que creía haber extinguido, y movía papeles con la eficiencia de quien lleva décadas desenmarañando fraudes.

—Tiene un patrón —dijo Valcárcel, señalando una línea de tiempo que había dibujado en una pizarra—. Víctor no actúa solo nunca. Siempre hay alguien que le proporciona información privilegiada. Alguien que conoce el valor real de los activos que persigue.

—¿El terreno de mi abuela? —pregunté, con la mandíbula tensa.

—Exactamente —confirmó el abogado—. Es tierra de desarrollo urbanístico protegido desde los años ochenta, pero hay rumores de que el ayuntamiento podría recalificarla. Si eso ocurre, el valor se multiplica por cien. Y Víctor lo sabe. O, mejor dicho, alguien se lo ha contado.

Apreté los puños bajo la mesa. No visiblemente. No dejaba que mi cuerpo traicionara lo que sentía. Pero por dentro, cada fibra de mi ser gritaba por justicia, por venganza, por proteger a los míos a cualquier precio.

—Necesitamos pruebas —dije, con la voz calmada—. No especulaciones. Pruebas que lo conecten con la tentativa de fraude. Algo que la policía pueda usar.

—Estamos trabajando en ello —respondió Valcárcel—. Pero este hombre es cuidadoso. No deja rastro.

Me levanté y caminé hasta la ventana. Desde allí veía el centro de Málaga, con sus calles bulliciosas y su gente viviendo vidas normales mientras nosotros estábamos sumidos en esta pesadilla.

Pensé en Lucía, que había ido a casa de mi abuela a acompañar a Carmen, y en cómo debía de estar sintiéndose ella.

Culpable, probablemente. Como si todo esto fuera su culpa.

Y esa idea, la de que ella se culpaba, avivó la furia que tanto intentaba contener.

Cuando llegué a casa de Carmen, encontré a las dos mujeres sentadas en el porche, tomando té como si el mundo no se estuviera desmoronando a su alrededor.

Lucía tenía ojeras que intentaba disimular con maquillaje, pero su postura era erguida, desafiante.

Y Carmen… Carmen parecía una reina en su trono, imperturbable, con el pelo blanco perfectamente peinado y la bata de seda azul.

—¿Y bien? —preguntó mi abuela cuando me vio entrar—. ¿Has venido a instalarme más cámaras? ¿A contratar más guardaespaldas? ¿A convertir mi casa en el cuartel general de la OTAN?

Me detuve en el umbral del porche. Había esperado preocupación, miedo, quizás incluso lágrimas. Pero no esto. No esta… indiferencia teatral.

—Abuela, Víctor ha dicho que va a ir contra ti —dije, con la voz más dura de lo que pretendía—. No es una broma. No es una amenaza vacía. Es…

—Es un hombre desagradable —interrumpió Carmen, dando un sorbo a su té—. Lo sé. He vivido ochenta y seis años, Alejandro. He visto pasar guerras, dictaduras, crisis económicas y tres maridos. No voy a dejar que un hombre desagradable me quite la tranquilidad.

Lucía me miró. En sus ojos vi una mezcla de admiración y terror. Admiración porque Carmen seguía siendo fuerte, imparable, una fortaleza de dignidad. Terror porque sabía, como yo, que la fortaleza no era suficiente contra la maldad pura.

—Doña Carmen —dijo Lucía, suavemente—, no se trata de perder la tranquilidad. Se trata de que este hombre es peligroso. Que no tiene escrúpulos. Que…

—Que es un cobarde —terminó Carmen, dejando la taza con un golpe sordo—. Los cobardes atacan a los débiles porque temen a los fuertes. Y yo, niña, no soy débil. Estoy vieja, cansada y tengo el corazón un poco estropeado. Pero no soy débil.

Me senté junto a ella. Tomé su mano, frágil pero cálida, entre las mías.

—No quiero que corras riesgos —dije, con la voz quebrada.

—Y yo no quiero que vivas con miedo —respondió ella, mirándome fijamente—. Pero a veces no elegimos, Alejandro. A veces la vida nos pone a prueba y solo podemos decidir cómo afrontarla. Con dignidad o con pánico. Yo he elegido.

Lucía se levantó y se acercó por detrás de mi abuela, posando una mano sobre su hombro.

La imagen de las dos mujeres, unidas por algo más fuerte que la sangre, me golpeó con tal fuerza que me dejó sin aliento.

Eran mi familia. Las dos. Y estaban dispuestas a enfrentarlo juntas, con o sin mi protección.

Fue Héctor quien encontró la conexión. Llegó a casa de Carmen a media tarde, con el pelo revuelto y la camisa arrugada, llevando una Tablet que parecía a punto de explotar por la cantidad de ventanas abiertas que tenía.

—Tengo algo —anunció, sin saludar, sentándose en la mesa del comedor como si fuera su oficina.

Lucía y yo nos acercamos. Carmen se quedó en el fondo, fingiendo leer un libro, pero sé que escuchaba cada palabra.

—Víctor no quiere el terreno de Carmen para construir —dijo Héctor, deslizando el dedo por la pantalla—.

Quiere vender información falsa sobre el terreno.

Tiene documentos falsificados que afirman que el ayuntamiento ya ha aprobado la recalificación.

Que el terreno ya es urbanizable. Y está contactando con inversores extranjeros, gente que no conoce el mercado local, para venderles esos documentos antes de que nadie descubra que son falsos.

—¿Un fraude doble? —Pregunté, intentando seguir la lógica.

—Exacto —confirmó Héctor—. Si consigue compradores antes de que se demuestre el fraude, se lleva millones.

Y cuando los compradores descubran que el terreno sigue siendo rústico protegido, Víctor ya habrá desaparecido.

Y Carmen… —miró hacia mi abuela— …Carmen se quedará con un problema legal enorme, demandas de gente estafada, y la culpa de haber vendido algo que nunca vendió.

Sentí que la sangre se me helaba. Era brillante. Perverso, pero brillante. Usar a mi abuela como pantalla, como chivo expiatorio, mientras él se enriquecía y desaparecía.

—¿Tenemos pruebas? —preguntó Lucía, con la voz tensa.

—Estamos cerca —dijo Héctor—. He encontrado correos. Transferencias bancarias sospechosas. Pero necesitamos algo sólido. Algo que conecte directamente a Víctor con los documentos falsos.

Pasamos horas revisando papeles, siguiendo pistas y construyendo un caso que pudiéramos presentar ante la policía.

Era tedioso, agotador, el tipo de trabajo que requiere paciencia y que mi naturaleza impulsiva detestaba.

Pero lo hice. Porque esta vez no se trataba de mi orgullo herido ni de mi necesidad de control.

Se trataba de proteger a las dos mujeres que habían cambiado mi vida.

Fue cerca de la medianoche cuando Héctor gritó desde el salón. Habíamos estado revisando correos electrónicos durante horas, buscando el error, la pista, la hebra suelta que deshiciera toda la madeja.

—¡Aquí! —Exclamó, con la voz ronca por el cansancio—. ¡Mira esto!

Nos acercamos. En la pantalla aparecía un correo enviado desde una cuenta provisional, pero con un error garrafal: Víctor había olvidado borrar los metadatos del documento adjunto.

Y en esos metadatos figuraban su nombre real, su dirección IP y, lo más importante, la firma digital del notario falsificado que había utilizado para crear los documentos sobre el terreno.

—Es un error de principiante —dijo Héctor, casi incrédulo—. Después de todo este tiempo siendo cuidadoso, ha cometido un error de principiante.

—Porque se ha confiado —dije, sintiendo que una sonrisa amarga se dibujaba en mi rostro—. Porque cree que ya ha ganado. Que estamos demasiado ocupados protegiendo a Carmen como para investigar sus movimientos financieros.

—Esto es suficiente —dijo Lucía, con la voz temblando de emoción—. ¿Verdad? Esto es suficiente para detenerlo.

—Es suficiente —confirmé, tomando su mano entre las mías—. Es más que suficiente.

Por primera vez en semanas, sentí que respirábamos aire diferente. No era victoria todavía, pero era una ventaja. Una oportunidad. Una luz al final de un túnel que había parecido interminable.

Esa noche, después de que Héctor se fuera con la promesa de preparar el informe completo para la fiscalía, después de que Carmen se durmiera con la certeza de que estábamos cerca de resolverlo todo, Lucía y yo nos quedamos en la terraza.

El cielo estaba despejado, lleno de estrellas que parecían observarnos con indiferencia.

Estaba sentada en el banco de piedra, con las piernas recogidas contra el pecho, envuelta en una manta que había robado del sofá. Me senté a su lado, dejando que nuestros hombros se rozaran, que nuestros calores se mezclaran.

—Tengo miedo —dijo de repente, sin girarse hacia mí.

No era una confesión nueva. Habíamos hablado de miedo antes. Pero esta vez había algo diferente en su voz. Una aceptación, quizás. Una renuncia a fingir.

—Yo también —respondí.

Ella se giró. Me miró con los ojos muy abiertos, con la sorpresa evidente en su rostro.

—¿Tú? —preguntó, casi incrédula.

Asentí. Lentamente, con la honestidad que solo podía permitirme en la oscuridad, con la seguridad de que ella no me juzgaría.

—Yo también tengo miedo —repetí—. Porque ahora tengo algo que perder.

Lucía me observó durante largos segundos. Vi cómo procesaba mis palabras, cómo sus ojos se suavizaban, cómo una lágrima solitaria se deslizaba por su mejilla sin que ella intentara detenerla.

—¿Qué significa eso? —preguntó, aunque creo que ya sabía la respuesta.

—Significa que antes no me importaba —dije, volviéndome hacia ella, tomando su rostro entre mis manos—.

Antes podía arriesgarme porque si fallaba, solo me perjudicaba a mí.

Pero ahora… —acaricié su mejilla con el pulgar, sintiendo la humedad de su lágrima— …

ahora tengo a alguien por quien vivir. Alguien a quien proteger.

Alguien que me hace querer ser mejor, más fuerte, más listo.

Y la idea de perderte, de que algo te pase, de que ese monstruo te toque…

—mi voz se quebró— …eso me aterra más que cualquier otra cosa.

Lucía cerró los ojos. Otra lágrima cayó, y otra. Pero cuando volvió a abrirlos, sonreía. Una sonrisa triste, pero real. Una sonrisa de comprensión profunda.

—Entonces estamos igual —dijo, apoyando su frente contra la mía—. Porque yo también tengo algo que perder. Y por primera vez en mi vida, eso no me asusta. Me hace sentir viva.

Nos besamos en la oscuridad, bajo las estrellas indiferentes, con el miedo compartido como único testigo. Y en ese beso había promesas que no necesitaban palabras. Había la certeza de que, pasara lo que pasara, no estábamos solos. Que juntos podíamos enfrentar lo que viniera.

Porque ahora teníamos algo que perder.

Y eso, paradójicamente, nos hacía más fuertes que nunca.