Capítulo 36
Lucía
Cuando llegué a su casa, el sol ya se había puesto.
Alejandro me había mandado un mensaje escueto a media tarde: «Ven a las ocho.
» Nada más. Sin explicaciones, sin contexto, sin la habitual precisión de sus mensajes que solían incluir instrucciones detalladas sobre dónde aparcar o cómo evitar el tráfico.
Me intrigaba. Normalmente, cuando Alejandro organizaba algo, lo hacía con la eficiencia de un director de orquesta: reservas en restaurantes con estrella Michelin, entradas para exposiciones que requerían tres meses de lista de espera, cenas en azoteas privadas con vistas a Madrid.
Lo ostentoso no le molestaba; de hecho, parecía sentirse cómodo en esos espacios donde el dinero hablaba más alto que las personas.
Pero esa noche había algo diferente en el aire.
Llamé al timbre y esperé. No abrió inmediatamente, como solía hacer. Escuché ruidos apagados desde el interior, el sonido de algo que se movía y luego sus pasos apresurados. Cuando la puerta se abrió, me quedé paralizada en el umbral.
No llevaba traje. Ni camisa de diseño. Ni zapatos caros.
Llevaba vaqueros desgastados, estaba descalzo y llevaba una camiseta gris vieja que le quedaba demasiado grande.
Tenía el pelo revuelto, como si se hubiera pasado las manos por él cien veces, y en la mejilla tenía una mancha de algo que sospeché que era aceite de oliva.
—¿Tú has hecho esto? —pregunté, mirando más allá de él, hacia el interior de la casa.
La terraza estaba iluminada por luces de guirnaldas que colgaban del techo de madera, creando un techo de estrellas artificiales que parpadeaban suavemente.
Había una mesa pequeña, no la de comedor formal que había visto otras veces, sino una mesa de madera reciclada con dos sillas de jardín.
Velas reales, no eléctricas, danzaban con la brisa marina.
Y en el fondo, desde algún altavoz invisible, salía música.
Jazz suave, viejo, el tipo de música que mi padre escuchaba los domingos por la mañana.
—¿Sin contratar a nadie? —añadí, incrédula, mientras entraba despacio, como si temiera que la escena se desvaneciera si respiraba demasiado fuerte.
Alejandro sonrió. Era una sonrisa nerviosa, vulnerable, la de un niño que ha construido un castillo de naipes y espera que no se derrumbe.
—Sin contratar a nadie —confirmó, frotándose las manos contra los vaqueros—. Bueno, salvo al chico de la pescadería que me ha recomendado cómo hacer la salsa. Y a YouTube. Pero técnicamente no he contratado a nadie.
Me acerqué a la mesa. Había una ensalada de tomate que olía a albahaca fresca. Un plato de jamón cortado con irregularidades evidentes, como si lo hubiera hecho alguien que no dominaba el cuchillo. Y una botella de vino blanco que reconocí: era de los veinte euros, no de los doscientos.
—Estoy orgullosa —dije, y la frase salió con una sinceridad que me sorprendió a mí misma.
—¿Orgullosa? —Alejandro arqueó una ceja—. Normalmente la gente se impresiona por la calidad, no por la falta de ella.
—Por eso —respondí, girándome hacia él—. Porque esto no es para impresionar. Esto eres tú. El verdadero tú. Y eso vale más que cualquier restaurante con estrellas.
Cenamos lentamente. Demasiado lentamente, como si ambos quisiéramos alargar el momento indefinidamente.
La comida no era perfecta: el pescado estaba ligeramente pasado en un lado, la salsa tenía demasiado ajo, el pan se había quedado un poco duro.
Pero era real. Era él, traducido a ingredientes y fuego, a esfuerzo y a intención.
Hablamos. Por primera vez en semanas, no mencionamos las deudas. No nombramos a Víctor. No discutimos sobre seguridad ni abogados ni amenazas. Hablamos de cosas que parecían triviales, pero que eran el alma misma de quienes éramos.
—Cuando era pequeña —dije, girando el vaso de vino entre mis dedos—, quería ser bibliotecaria. No por los libros, aunque también. Quería serla porque me gustaba la idea de ordenar cosas. De que todo tuviera su sitio. De que cada cosa encajara en un sistema perfecto.
Alejandro se rio, ese sonido grave que vibraba en su pecho.
—Y ahora limpias casas ajenas —dijo, sin malicia—. ¿Te parece lejano?
—No —respondí, pensándolo bien—. Porque al final es lo mismo. Ordenar el caos. Poner cada cosa en su lugar. Solo que ahora el caos es real y el sistema es más… complicado.
—¿Y ya no quieres ser bibliotecaria?
—A veces —admití—. Cuando todo se vuelve demasiado. Cuando pienso que mi vida podría haber sido diferente.
Alejandro dejó el tenedor sobre el plato. Me miró con esa intensidad suya que siempre me hacía sentir expuesta, pero de una forma que ya no me asustaba.
—¿Peor o mejor? —preguntó.
Sonreí. Una sonrisa lenta, pensativa, que venía de algún lugar profundo.
—Simplemente diferente —dije—. Ni peor ni mejor. Diferente. Más tranquila, supongo. Más predecible. Sin estas luces de guirnalda ni este pescado quemado ni… —hice una pausa, mirándolo a los ojos— …ni tú.
El silencio se extendió entre nosotros, cómodo, cálido. La música seguía sonando, ahora una canción más lenta, algo de piano que se mezclaba con el sonido de las olas a lo lejos.
—A veces la vida que no planeas —dijo Alejandro, con la voz baja, casi un susurro— termina siendo la mejor.
Después de cenar, nos quedamos en la terraza. Las velas se consumían lentamente, creando sombras danzantes en las paredes blancas. El vino nos había relajado, pero no era solo el alcohol. Era la ausencia de miedo. La certeza de que, al menos por esta noche, el mundo exterior no existía.
Me senté en el suelo de la terraza, con las piernas cruzadas, mirando el mar que se extendía como un manto negro bajo la luna. Alejandro se sentó a mi lado, cerca, pero sin tocarme, dejando que la distancia entre nosotros fuera una elección, no una barrera.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti? —preguntó de repente, rompiendo el silencio.
—¿Mi increíble capacidad para endeudarme? —bromeé, intentando aligerar el momento.
—No —respondió, y su voz era seria—. Tu capacidad para seguir adelante. Para reírte cuando quieres llorar. Para cuidar de los demás cuando nadie te cuida a ti. Es… —buscó la palabra— …es heroico. Y aterrador.
—¿Aterrador?
—Porque me hace querer ser digno de ese esfuerzo —dijo, girándose hacia mí—. Me hace querer ser alguien que merezca que luches por él.
Sentí que el corazón se me aceleraba. No de pánico, no de ansiedad. De algo más puro, más peligroso, más real.
—Ya lo eres —susurré.
Alejandro se movió entonces. Se acercó, lentamente, dándome tiempo de retroceder si quería. Pero no quise. Permanecí quieta mientras sus dedos rozaban mi mejilla, mientras su pulgar acariciaba mi piel, mientras su aliento se mezclaba con el mío.
—¿Estás segura? —preguntó, y la pregunta no era solo sobre el momento presente. Era sobre todo. Sobre nosotros. Sobre si estaba dispuesta a confiar de nuevo.
—Estoy segura —respondí, y era la verdad más absoluta que había pronunciado en años.
Nos besamos. Fue un beso diferente a los anteriores. No había urgencia, no había desesperación, no había necesidad de olvidar el miedo. Solo había confianza. Solo había la certeza de que podía dejarme llevar porque él estaría ahí para sostenerme.
La noche se volvió íntima. Nos movimos hacia el interior de la casa, dejando las velas consumiéndose en la terraza y la música sonando sola.
Por primera vez desde que todo empezó, no hubo sombras observándonos.
No hubo teléfonos que consultar. No hubo sensación de que el peligro acechaba en cada esquina.
Solo estábamos nosotros. Dos personas rotas que habían encontrado en el otro las piezas que les faltaban.
Y por primera vez, cuando me tendió sobre su cama y me miró como si fuera la cosa más preciosa del mundo, no sentí miedo. Sentí paz.
Me desperté con la luz de la mañana filtrándose por las persianas. Por un momento, antes de abrir por completo los ojos, simplemente disfruté de la sensación. El calor de su cuerpo a mi lado. El peso de su brazo sobre mi cintura. El olor a café que venía de algún lugar de la casa.
Era perfecto. Demasiado perfecto.
Ese pensamiento debería haberme alertado. Debería haberme preparado para lo que vendría. Pero en ese momento, todavía adormilada, solo sonreí y me acurruqué más contra él.
—Buenos días —murmuró Alejandro, con la voz ronca del sueño.
—Buenos días —respondí, besando su hombro desnudo.
Estuvimos así unos minutos, en esa burbuja de calma que precede a las tormentas. Luego sonó el teléfono. No el móvil, el fijo de la casa, ese sonido antiguo y estridente que cortaba el silencio como un cuchillo.
Alejandro frunció el ceño. Se incorporó, buscando sus vaqueros por el suelo, y salió al salón para contestar. Yo me quedé en la cama, con la sábana sobre el pecho, escuchando su voz apagada.
—¿Sí? —dijo—. Sí, soy yo. ¿Qué? ¿Cuándo?
Algo en su tono cambió. Se volvió tenso, agudo, alerta. Sentí que el estómago se me cerraba, que la felicidad de minutos antes se evaporaba como humo.
Entró en la habitación con el teléfono aún en la mano, el rostro pálido y una expresión que había visto antes y que temía ver de nuevo.
—¿Qué pasa? —pregunté, ya incorporándome, buscando mi ropa con manos temblorosas.
—Es la policía —dijo Alejandro, con la voz mecánica, distante—. Víctor ha desaparecido. Otra vez.
—¿Desaparecido? —Repetí, como si la palabra no tuviera sentido—. ¿Cómo que desaparecido?
—Se ha ido de su piso. Ha liquidado cuentas. Ha borrado rastros. Pero antes… —Alejandro hizo una pausa, tragando saliva— …antes de irse, ha dejado un mensaje. En la comisaría. Para nosotros.
Me quedé quieta, con la camiseta a medio poner, con el corazón martilleando en los oídos.
—¿Qué mensaje? —susurré.
Alejandro me miró. Y en sus ojos vi algo que me heló la sangre. No era miedo por mí. Era terror por ella.
—Dice que no va a ir contra ti —dijo, y cada palabra parecía pesar toneladas—.
Que ya no le interesas. Que ha encontrado una forma mejor de hacernos daño.
—Hizo una pausa, y su voz se quebró—: Dice que va a ir contra Carmen.
Que sabe dónde vive. Que sabe que ella es lo único que nos importa de verdad.
El mundo se detuvo.
La noche perfecta, la cena, las luces, la música, la intimidad compartida sin miedo…
todo se desvaneció en un segundo. Y en su lugar quedó solo el horror.
La certeza de que habíamos bajado la guardia demasiado pronto.
De que el monstruo no había huido, sino que solo había estado esperando el momento de atacar donde más dolía.
—Tenemos que irnos —dije, ya en pie, buscando mis zapatos con movimientos frenéticos—. Ahora mismo. Tenemos que llegar a ella antes que…
—Lucía —interrumpió Alejandro, agarrándome por los hombros, obligándome a mirarlo—. Respira. Mi abuela tiene seguridad. Tiene alarmas. Está a salvo.
—¡No está a salvo! —Grité, y el pánico que había estado conteniendo estalló—. ¡Ninguna de nosotras está a salvo mientras él esté libre! ¡Y ahora sabe exactamente dónde golpear!
Alejandro me abrazó. Me apretó contra su pecho con fuerza, intentando calmarme, pero sentí que su propio corazón latía desbocado.
—Vamos —dijo, con la voz firme a pesar del miedo—. Vamos ahora mismo. Pero necesito que estés conmigo, Lucía. Necesito que estés fuerte. Porque si él quiere destruirnos, no vamos a dejarle. No vamos a permitirle que nos quite lo único que hemos construido.
Asentí contra su pecho, con las lágrimas corriendo por mi cara, sabiendo que la noche demasiado perfecta había terminado.
Y que la tormenta final acababa de empezar.