CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE #2
Hablaba con voz del todo inexpresiva.
—Van a detenerlo, Ellie. El lunes, probablemente. Quizá antes. Y cuando lo hagan, me preguntarán si me coaccionó.
Eleanor lo miró fijamente.
—¿Lo hizo?
Adrian no respondió de inmediato. Bajó la vista hacia el papel doblado que tenía en la mano.
—Al principio —dijo despacio— pasó algo que podría llamarse así.
Si quieres llamarlo así. Él vio algo. Y pidió cosas.
Un trabajo. Un voto. Y luego me pidió a mí.
—Alzó la vista—. Y dije que sí. Y desde entonces nunca he podido saber si dije que sí porque quería o porque tenía miedo. Al principio, no. Estaba todo enredado.
—¿Y ahora?
—Ahora lo sé —dijo Adrian—. Ahora no le tengo miedo.
No se lo tengo desde el invierno. Me lo devolvió todo.
Todo lo que tenía. Lo quemó delante de mí el día de su cumpleaños.
Ya no le queda nada con lo que pueda hacerme daño.
Y aun así sigo… —Se detuvo—. Sigo siendo suyo. Eso es todo. Sigo siendo suyo.
Eleanor se quedó muy quieta, sentada a la mesa de su abuela.
Pensó en Renata en el jardín de la iglesia. «Aconsejamos. Les pedimos que paren».
Pensó en Pierce al teléfono. «Ya no está en una habitación».
Pensó en un joven que subía por Mercer Street a las 9:56, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha, que entraba por una puerta de servicio y alzaba la vista una sola vez, brevemente, al pasar bajo la luz.
Eso lo había hecho ella. Había cogido a un hombre que había entrado en la vida de su marido por una puerta que no debería haber abierto y que, según su marido mismo, había empezado algo indebido y luego había dejado que llegara a un sitio que ninguno de los dos esperaba, y lo había puesto en manos de la Oficina de Seguridad Cívica amparándose en una directiva de la que nunca había oído hablar.
No a propósito. Su intención era entregarlo a una habitación.
Daba igual cuál hubiera sido su intención. Eso lo sabía ella mejor que nadie. Se había pasado veinte años en habitaciones donde la intención de nadie importaba lo más mínimo. Había escrito discursos sobre ello. «Una advertencia puede ser un regalo».
Había dado una advertencia. No había sido un regalo.
—¿Qué vas a decirles? —preguntó—. Cuando te pregunten si te coaccionó.
Adrian la miró largo rato.
—Todavía no lo sé —dijo—. Pruitt quiere verme el lunes a las nueve. Pierce estará allí. Renata, quizá. Achterberg. Van a ofrecerme algo. Sé cómo funciona este edificio. Van a ofrecerme una salida. Y la salida va a ser él.
—¿Y la vas a aceptar?
Bajó la vista hacia el papel doblado que tenía en la mano. Lo desdobló muy despacio sobre la mesa de pino fregada y lo alisó con el pulgar.
Era una hoja de papel de carta del Sterling. Tres palabras, con una letra inclinada de zurdo.
Ya veremos. — G.
—Eso es lo que me dejó esta mañana —dijo Adrian—. En la almohada. Antes de que vinieran. «Ya veremos». —Lo miró largo rato—. Es el mejor brindis que conozco. Se lo dije anoche.
Eleanor miró las tres palabras escritas en el papel.
—No has respondido a mi pregunta —dijo.
—No —dijo Adrian—. No lo he hecho.
* * *
Se oyó un ruido en la escalera.
Los dos se volvieron. Lily estaba de pie en el último escalón, en el umbral entre el recibidor y la cocina, con unos pantalones de chándal y la vieja sudadera de Calvert Christian que dos años atrás le había robado del armario a su padre.
Tenía la cara blanca. Llevaba el móvil en la mano, fuera de la funda.
Eleanor no sabía cuánto tiempo llevaba allí.
—Lily —dijo.
Lily miró a su madre. Después a su padre. Luego al papel que había sobre la mesa, entre los dos.
—Megan Haskell me ha mandado un enlace —dijo.
Hablaba con mucha calma, con la misma calma que tenía Eleanor cuando más miedo sentía—.
Hace veinte minutos. Desde una cuenta anónima de Pulse.
Dice que esta mañana la OCA sacó escoltado de un hotel a un miembro de la Asamblea Federal.
Dice que era un presidente de la Restauración.
Dice que hubo un incidente de integridad en una habitación sellada.
—Levantó el móvil—. No dice tu nombre. Todavía.
Pero sé que eres tú. Porque bajé hace diez minutos y estabais los dos sentados aquí, y desde entonces he estado en la escalera, y lo he oído todo.
Nadie dijo nada.
—Es Gabriel —dijo Lily—. ¿Verdad?
—Lily… —empezó Eleanor.
—No te lo estoy preguntando a ti. —Lily no apartó los ojos de su padre—. Papá. Es él.
Adrian miró a su hija.
—Sí —dijo.
Lily asintió despacio. Tenía la mandíbula tensa. Le brillaban mucho los ojos, pero no dejó que se le saltaran las lágrimas. En eso había salido a su madre.
—Lo sabía —dijo—. Quiero decir, no lo sabía. Pero lo sabía. En la biblioteca. En abril. Por cómo hablaba de ti. —Tragó saliva—. Te dije que me caía bien.
—Sí, me lo dijiste.
—Y me sigue cayendo bien. —Volvió la cabeza y miró a Eleanor—. Mamá. ¿Esto lo has hecho tú?
Eleanor siguió sentada a la mesa de su abuela y miró a su hija, diecisiete años, con la sudadera de su padre y en la mano un móvil con un millón de seguidores, y comprendió que en esta ciudad había cosas que uno podía hacer y que ningún cálculo bastaría nunca para enmendar.
—Sí —dijo.
Lily se quedó mirándola.
—¿Por qué?
—Porque quería que parara —dijo Eleanor—.
Porque pensé que acabaría en una habitación.
Porque no quería enterarme en agosto. —Apenas tenía voz—.
Porque tenía miedo, Lily. Tenía muchísimo miedo.
Y nunca en mi vida había tenido miedo. E hice lo que siempre había hecho: intentar que todo saliera como yo lo había planeado. Y no fue así.
Lily la miró durante un largo rato.
—Van a detenerlo —dijo—. ¿Verdad?
—Probablemente.
—Por tu culpa.
Eleanor no respondió.
Lily se guardó el teléfono en el bolsillo de la sudadera. Se dio la vuelta. Volvió a subir las escaleras, peldaño a peldaño, sin prisa. Oyeron cerrarse la puerta de su habitación. No oyeron el cerrojo.