El curador (Trilogía SG 2) (Thriller del FBI de Abby Kane 8) CAPÍTULO SESENTA Y CINCO
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CAPÍTULO SESENTA Y CINCO

Después de salir de la clínica, nos dirigimos directamente a Tiburón, un barrio adinerado al otro lado de la bahía. Aunque mi estómago gruñía y Kang se moría por otra taza de café, lo único que yo quería era volver a la clínica con la identificación positiva de Ellis.

Estábamos cruzando el puente Golden Gate cuando le hice a Kang la pregunta obvia.

—Explícame otra vez por qué no le enviaste el logo por correo electrónico a Ellis.

—Pensé en hacerlo, pero no quería perderme nada cuando lo viera. Las respuestas que obtuve de él la última vez no fueron verbales. Tenía previsto verlo ayer, pero ya sabes, pasó lo del espía chino que entró en tu casa.

—Entendido. Así que vamos un poco al revés esta mañana. Lo arreglaremos pronto.

Me quedé mirando la bahía. El cielo estaba despejado y el sol brillaba con toda su fuerza.

Había veleros surcando las aguas y ferris que transportaban turistas a la isla de Alcatraz y a Sausalito.

Por el puente también pasaban grupos en bicicleta y a pie.

Me giré y miré por la ventanilla de Kang, hacia la boca de la bahía.

Un gran buque portacontenedores se acercaba lentamente.

Al verlo, pensé en Xiaolian. Mi rostro debió de delatar algo.

—¿Qué pasa? —preguntó él.

Echó un vistazo por su ventanilla y luego volvió a mirarme.

—Ese barco me ha hecho pensar en Xiaolian.

—¿Sigues con dudas?

—Sí. Es raro, después de lo que pasó ayer.

Creo que Archer tiene razón en que ella está involucrada de alguna manera con el gobierno chino.

Por otro lado, pienso en todo el tiempo que pasé a solas con ella y en cómo se relacionaba con los niños y con Po Po, bueno...

parecía una niña de doce años normal. Un poco sobreprotegida, pero normal.

—Te entiendo perfectamente. Los mismos pensamientos me rondan la cabeza, y eso que no he pasado ni la mitad del tiempo con ella que tú.

—¿Qué crees que pasa con ella?

—Ojalá lo supiera, Abby.

—Incluso tengo la sensación de que Archer no sabe qué pensar de ella. Si la comunidad de inteligencia no logra descifrarla, ¿qué nos dice eso?

Kang se encogió de hombros.

—Ni idea.

Llegamos a casa de Ellis y Kang tocó el timbre. Unos instantes después, la puerta se abrió.

—Agente Kang. Ha vuelto.

Una mujer —supuse que era la señora Ellis— se asomó por detrás de él y me miró de arriba abajo.

—Y ha traído a una amiga, con un ojo morado.

—Esta es la agente Kane. Está colaborando en la investigación.

—Dos agentes. ¿Eso es bueno o malo?

—No es ni una cosa ni la otra —dijo él—. Lamentamos molestarla, señora Ellis, pero necesitamos hablar con su marido otra vez.

—Eso me imaginaba. Pasen. ¿Se van a quedar mucho?

—No creo —respondió Kang.

—Lo digo porque puedo prepararles café o té.

—Es muy amable, pero no nos quedaremos mucho.

—Síganme. Johnny está en su taller. No tengo ni idea de cuándo volverá a la oficina.

—Eso debe de ser difícil —dije.

—¿Para él o para mí?

—Para los dos —respondí, sin saber muy bien qué debería haber contestado.

—Estoy acostumbrada a tener la casa para mí sola durante el día. Ahora él está aquí todo el tiempo, y además sus compañeros del trabajo pasan a menudo. Al principio las visitas eran por preocupación; ahora son todas por trabajo.

Ellis estaba en su estudio, de pie junto a una mesa de dibujo, trazando algo en un papel. De un sistema de altavoces Bose salía música house, y Ellis movía la cabeza al ritmo.

—Johnny, ha vuelto el FBI —dijo Helen.

Acto seguido, giró sobre sus talones y se marchó sin esperar respuesta.

—Señor Ellis —dijo Kang acercándose—. Soy el agente Kang. ¿Me recuerda?

Ellis se dio la vuelta y miró a Kang. Por un instante, pareció no recordarlo.

—Agente Kang... ¿más preguntas?

—Tengo algo que enseñarle.

—¿Quién es el otro traje?

—Soy la agente Kane.

Le tendí la mano.

Ellis me tomó la mano y, en lugar de estrechármela, examinó el vendaje.

—¿Por qué no vino en la primera visita?

—¿Cómo sabe con seguridad que no estuve aquí? —retiré la mano—. Usted tenía muchos problemas con la memoria.

—¿Ah, sí? —Ellis miró un momento a Kang—. Creo que la habría recordado, querida. Entonces, ¿qué quieren enseñarme?

Kang sacó el móvil y abrió la foto que había hecho esa mañana en Cerberus Fertility.

—¿Es este el perro de tres cabezas que vio?

Ellis se inclinó para verlo mejor. Miró a Kang y luego volvió a mirar el teléfono.

—No me lo puedo creer.

Se le dibujó una sonrisa en la cara.

—Joder, son buenos.

—¿Eso es un sí? —preguntó Kang.

Señaló la pantalla.

—Estoy seguro de que ese es el perro que vi. Todo es idéntico: la ilustración a pincel, el color... aunque no reconozco el nombre de la empresa. Menudo nombre estúpido para una clínica de fertilidad, si quieren mi opinión.

Kang se aclaró la garganta.

—Señor Ellis, ¿su esposa y usted están pensando en tener un bebé?

Se rio en voz alta.

—No estamos intentando tener un hijo. Tengo cincuenta y cinco años. Helen tiene cuarenta y nueve. Echen cuentas. Y por si no lo sabían, ya tenemos un hijo. Se llama Christopher. Cursa segundo año en la Universidad de Columbia.

—No lo sabíamos. Entienda, teníamos que descartar la posibilidad de que hubiera visto esta imagen en otro momento de su vida y la hubiera asociado de algún modo con su secuestro.

Ellis asintió.

—Entiendo lo que quiere decir.

—¿Tiene algún amigo que le haya hablado de esta clínica o de la fertilización in vitro?

—No.

—¿Y la señora Ellis? ¿Recuerda si ella mencionó esta empresa? Quizás alguna amiga suya o...

Ellis levantó ambas manos, interrumpiendo a Kang.

—No conocemos a nadie que necesite ayuda para tener un bebé, y no queremos tener otro. Le juro que vi esta imagen la noche en que me secuestraron. Puedo llamarlo así, ¿verdad? Así es como ustedes lo llaman.

—¿Hay algo más que pueda decirnos? ¿Lo vio en un cartel como este?

—No, ese bloque de granito, el césped y el seto... nada de eso me resulta familiar. Ni siquiera el nombre. Solo el dibujo del perro. ¿Eso significa que no es esta empresa?

—No necesariamente —dije.

—La última vez que hablamos, usted mencionó... bueno, escribió las palabras «luces brillantes». ¿Puede darnos más detalles ahora? —preguntó Kang.

Ellis arrugó el entrecejo.

—Solo veo una luz brillante, y hay oscuridad a los lados. Quizá haya movimiento.

—señor Ellis —dije—. Imagine que está sentado en el sillón del dentista. Hay una luz intensa que le ilumina desde arriba, y todo a su alrededor está ligeramente más oscuro y quizá desenfocado. ¿Esa imagen coincide con los flashbacks que tiene?

Ellis empezó a asentir, despacio al principio, y luego más rápido.

—Ahora que lo menciona, sí. Sí, creo que se acerca bastante. ¿Qué significa eso?

—Podría significar que alguien lo estaba examinando, o podría ser el momento en que le inyectaron el propofol.

—Entonces, ¿creen que esta empresa, esta clínica de fertilidad, está implicada?

—Lo estamos investigando. También podría tratarse de un empleado actuando por su cuenta.

—La última vez que hablamos, mencionó destellos breves del rostro de un hombre, posiblemente cubierto con una mascarilla. ¿Esa imagen es más nítida ahora? —preguntó Kang.

—Sí, estoy bastante seguro de que eso fue lo que vi.

Kang y yo intercambiamos una mirada.

—Gracias por hablar con nosotros —dije—. Nos ha sido de gran ayuda.