CAPÍTULO CINCUENTA Y UNO
Sentí vibrar el móvil en el bolsillo trasero. Supuse que sería Po Po o Kang tratando de contactarme. Connie y yo habíamos estado hablando del dojo; me contaba lo contenta que estaba con el Maestro Wen y con Ryan por facilitar la adaptación de Colin.
Saqué el teléfono y miré la pantalla. Era un mensaje de Kang.
—¿Necesitas contestar? No pasa nada si lo haces —dijo ella.
Negué con la cabeza y guardé el móvil. —Puede esperar.
No sabía bien por qué no lo atendí en ese momento.
Nunca posponía llamadas ni mensajes del trabajo, pero ese día lo hice.
Quizás fue porque, en ese momento, me sentía normal, como si estuviera viviendo la típica vida de madre, tomando té con otra madre mientras hablábamos de nuestros hijos.
Por una vez no estaba persiguiendo perturbados ni preocupándome por cuándo volvería uno a atacar a mi familia. Y eso me hacía sentir bien por dentro.
Al final, la culpa pudo conmigo. Justo cuando iba a coger el móvil de nuevo, un grito desde fuera nos sobresaltó a las dos.
—Eso no ha sonado bien —dijo ella.
Las dos salimos corriendo de la cocina hacia el salón, donde había puertas que daban a la piscina. A través de las ventanas vi a Lucy y Hailey de pie en la terraza. Connie llegó a la puerta antes que yo.
—¿Qué pasa? —les preguntó a las niñas.
—Lucy, ¿está todo bien? —añadí.
Las dos niñas sonreían.
—Las dos tenemos seis monedas —dijeron al unísono.
—¿Por qué estáis gritando? —preguntó Connie.
—No estamos gritando —respondió Hailey.
Aparté unos mechones de pelo de los ojos de Lucy. Me sentí un poco tonta. Seguía asustadiza después de lo que había pasado en nuestra casa con Walter Chan.
—A mí me ha sonado a grito —dijo Connie—. ¿Dónde están vuestros hermanos?
—Creo que están buscando debajo de la casa.
—No hay monedas debajo de la casa. —Connie se volvió hacia mí—. Supongo que Ryan está ahí abajo con ellos.
Nos guió hasta la abertura de un hueco que daba acceso a la parte de debajo de la casa. Había una puertecita abierta. Se agachó y llamó a los tres por su nombre.
—Estamos ocupados —respondió uno de ellos.
Sonaba a Ryan, pero no estaba segura. —Ryan, sal de ahí ahora mismo.
Primero apareció la cabeza de Colin, luego la de Ryan y finalmente la de Merrick.
—¿Por qué ibais a buscar debajo de la casa? —preguntó Connie—. Colin, Merrick, los dos sabéis que está prohibido.
—Fue idea de Ryan —soltó Merrick rápidamente.
—Me da igual de quién fuera la idea. Vosotros dos sabéis que no debéis hacerlo.
—Lo siento, señora Shi —dijo Ryan, con la cabeza gacha, mirándose los pies.
—No pasa nada, Ryan. No dejamos que Colin y Merrick vayan debajo de la casa porque es peligroso. Ahora tú también lo sabes. Ellos deberían habértelo dicho.
—Me lo dijeron, pero no les hice caso. Pensé que habría más monedas allí porque no encontrábamos más en el jardín.
—¿Cuántas tiene cada uno?
—Lucy y Hailey tienen seis cada una —dije.
—Yo tengo ocho —respondió Merrick.
Ryan y Colin contaban las suyas.
—Yo tengo once —dijo Ryan.
Colin se rio. —Estamos empatados. Yo también tengo once.
—Hay cincuenta monedas en total. Doce de las niñas más las ocho de Merrick son veinte. Si sumamos las veintidós de Ryan y Colin, tenemos cuarenta y dos monedas.
En ese momento caí en que faltaba una niña. —¿Dónde está Xiaolian?