CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE
Después de reunirse con Ellis, Kang volvió a la oficina. Era casi el final del día, pero quería comprobar si los de forense tenían alguna novedad. No la tenían. Se sentó a su escritorio, sacó el móvil del bolsillo y estudió la foto que había tomado de las palabras que Ellis había escrito.
El rostro que Ellis decía haber visto confirmaba que alguien más estaba con él, pero ¿quién? ¿Sería el dueño de los zapatos que estaban junto a Ellis en el bordillo?
Kang se frotó la frente mientras miraba la foto, intentando darle sentido a las palabras. La mascarilla también resultaba interesante. ¿Sería esa persona quien le había inyectado el propofol a Ellis?
La oscuridad o el vacío del que Ellis había hablado podría referirse simplemente a la noche.
Sabía que el lugar donde Ellis había estado quedaba a oscuras por la noche, así que quizá por eso no lograba identificar el rostro.
Si eso era cierto, ¿aquella persona había llevado a Ellis por el callejón?
¿Por qué habría ido Ellis con él a menos que lo conociera...
quizá un estudiante? ¿O era un completo desconocido que lo convenció de acompañarlo?
Ellis no le parecía de los que se irían sin más con un desconocido, a menos que ese desconocido fuera una mujer.
La revelación de la señora Ellis sobre la infidelidad de su marido abría nuevas posibilidades.
Si las mujeres eran su punto débil, quizá habían usado a una como cebo para alejarlo, aunque los pies que estaban junto a él en el bordillo pertenecían claramente a un hombre.
Kang descartó la embriaguez. Por lo que le habían contado los estudiantes y el dueño del bar, Ellis parecía estar bien, consciente de lo que hacía y de dónde estaba.
¿De verdad pensaba conducir hasta casa, o iba a ver a alguna amante?
Ahora se daba cuenta de que debería haber interrogado más a la señora Ellis sobre esas mujeres.
«Cerbero» fue la última palabra que le llamó la atención. Buscó en Internet información sobre la criatura mitológica: un perro de tres cabezas conocido como el Sabueso de Hades, el dios del inframundo.
Qué cosa más rara.
Kang no había logrado encontrar ninguna conexión con Cerbero. Ellis había insistido en que la imagen del perro que recordaba haber visto no era un tatuaje. Kang le había sugerido entonces una pegatina o una camiseta, pero Ellis también había negado con la cabeza.
Kang buscó en Internet: aparte de las referencias mitológicas, la imagen del perro aparecía en abundancia en arte digital, pinturas y dibujos.
Una empresa de software antivirus y antirrobo había adoptado «Cerberus» como nombre. No usaban la imagen del perro, solo el nombre. Aseguraban ofrecer triple protección. De ahí la conexión con Cerbero.
De hecho, pronto descubrió que muchas empresas utilizaban la palabra «Cerberus»: desde una firma de inversión hasta una agencia de publicidad, pasando por una microcervecería e incluso un fabricante de auriculares.
Solo la cervecera usaba la imagen del perro.
Las demás se limitaban a copiar el nombre.
Descargó el logotipo de la cerveza para mostrárselo a Ellis.
Quizá la persona llevaba una camiseta de la cervecería o estaba bebiendo esa cerveza.
Kang siguió investigando las referencias de «Cerberus» que aparecían en Google. Encontró más empresas que vendían servicios o productos con ese nombre. Incluso había una creación de sushi que se llamaba así.
La lista era interminable. Google arrojaba más de trece millones de resultados, y él solo había revisado las primeras veinte páginas.
«Tiene que haber forma de acotar esto». Hizo otra búsqueda de empresas del Área de la Bahía que usaran la palabra «Cerberus» o la imagen en su nombre.
Había varias, pero una destacaba. Se llamaba Cerberus Fertility.
Qué extraño que una clínica de fertilidad eligiera ese nombre.
Kang hizo clic en el enlace y accedió a la página de inicio.
A primera vista, parecía una clínica de fertilidad normal...
bueno, lo que él imaginaba que sería. Mostraba fotos de bebés sanos, médicos sonrientes hablando con padres esperanzados, laboratorios de última generación y un par de manos enguantadas manipulando una bandeja de tubos de ensayo.
Lo único extraño era que habían ido un paso más allá del nombre: usaban la imagen de Cerbero. Era un dibujo de líneas azules y blancas —sofisticado y con un toque femenino— de un perro con tres cabezas.
Kang copió el logotipo del sitio web y se lo envió por email junto con el de la cervecera. Se los mostraría a Ellis. Lo último que hizo fue anotar la ubicación de la clínica, y esto le puso los pelos de punta. Estaba cerca del monte Sutro, donde habían encontrado a Barnes corriendo desnudo.