CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO
Aparcamos en el lugar de siempre frente al Edificio D. Cuando íbamos hacia la entrada, Archer apareció de la nada y nos interceptó. «¿Qué les pasa a estos espías? ¿No pueden acercarse como personas normales?»
—Para que lo sepas, estoy en contra de esto, aunque fui yo quien abogó por ti —dijo.
—Aprecio tu honestidad y tu capacidad de mantenerte imparcial.
Kang y yo nos detuvimos en recepción una vez dentro. Pensábamos que Yates nos recibiría como de costumbre, pero Archer nos indicó que lo siguiéramos. —Yates está ocupado. Yo os llevo con la chica.
Archer tenía una tarjeta de seguridad que le daba acceso a todas las puertas por las que necesitábamos pasar. Campaba a sus anchas por allí. Parecía ser un pez más gordo de lo que había pensado en un principio.
Sigue siendo un espía, y no me fío de él.
La CIA tenía prohibido operar dentro del país. Utilizarme era su forma de saltarse las normas. Habían encontrado un vacío legal que explotar.
No dijimos ni una palabra más mientras lo seguíamos, lo cual me venía de perlas. En lugar de reunirnos con Xiaolian en la sala de recreo, Archer nos llevó a su dormitorio.
—Le han dicho que venís a recogerla. No le han dado las condiciones.
—¿Cuáles son? —pregunté.
—Tenéis cuarenta y ocho horas con ella.
—¿Dos días? —Lo detuve en el pasillo—. Igual da que sean dos horas. A juzgar por lo que conseguí sacarle la última vez, voy a necesitar más tiempo —dije.
—Tendrás que apañártelas.
—Sé que lo único que quieres es que fracase para poder actuar a tu manera con ella, pero es solo una niña. Dame cuatro días. Si no consigo nada que valga la pena, apoyaré lo que quieras ante quien necesite oírlo de mí.
Archer me miró un instante. —Hecho. —Se dio la vuelta y siguió andando hacia el dormitorio de Xiaolian—. No debe perderte de vista en ningún momento. Donde vayas tú, va ella. No puedes dejarla con tu suegra, y no saldrás de los límites de la ciudad.
—¿Eso es todo, o debería empezar a tomar notas?
—Tú decides si quieres compartir esta información con ella.
—Archer agarró el pomo de la puerta de su habitación, pero se detuvo antes de pasar la tarjeta por el lector—.
Sé que no debería tener que mencionarlo, pero mejor dejarlo todo claro.
Nadie salvo el agente Kang, tu supervisor y tu familia debe saber que está allí.
—Eso no hace falta decirlo.
Archer pasó la tarjeta por el lector. Sonó un pitido y el mecanismo de cierre hizo clic. Abrió la puerta e hizo un gesto para que entrara primero.
Xiaolian estaba sentada en su cama, balanceando los pies de un lado a otro, a centímetros del suelo. Respiró hondo cuando me vio. —Abby, estás aquí. —Se bajó de la cama y me dio un abrazo enorme—. Te eché de menos.
—Y yo a ti.
—Hola, Xiaolian —dijo Kang.
Me soltó y le dio a Kang el mismo abrazo entusiasta.
—Estoy lista para irme —dijo después de soltarlo.
—¿Eso es todo lo que tienes? —pregunté, señalando la bolsa de papel en la cama.
—Sí.
Seguía sonriendo de oreja a oreja. No le importaba que todas sus pertenencias fueran unas cuantas prendas usadas y algunos artículos de aseo.
Estuve a punto de preguntarle si quería llevarse algo de la sala de recreo, como los libros y la tableta que había visto, pero enseguida caí en que volvería en unos días.
Se me partió el corazón. No tenía ni idea.
Albert Shi fue a toda prisa a casa de la agente Kane después de un largo día en su consulta dental. Una endodoncia de última hora para un paciente desesperado lo había retrasado más de lo habitual. Para cuando aparcó y encendió el escáner, Abby y su familia estaban terminando de cenar.
«¡Maldición! Espero no haberme perdido nada».
Durante los quince minutos siguientes, más o menos, la conversación fue entrecortada mientras Kane entraba y salía del comedor.
Solo podía captar fragmentos, pero concluyó que no estaba hablando de trabajo ni de la niña.
Ella y Lucy parecían charlar de nada en particular.
«¿Cómo es que las mujeres pueden hablar y hablar y hablar de nada? »
Un poco más tarde, Abby fue a su dormitorio a ducharse. No esperaba mucho de ese micrófono, aunque pensó que quizá hiciera llamadas desde allí. El comedor, la sala de estar y su despacho serían los lugares donde sacaría algo en claro.
Y tenía razón. Mientras veían la televisión, Abby y Lucy empezaron a hablar, y alguien más también.