CAPÍTULO QUINCE
A la mañana siguiente , en la oficina, me topé con Kang en la sala de descanso. Esperaba pacientemente frente a la cafetera, observando cómo el café goteaba en la jarra de cristal.
—Hola, compañero —dije—. Es como hervir agua: quedarte mirando no acelera el proceso.
—Alguien se acabó el café y no preparó más. Un día de estos pillaré a esa persona.
—¿Y qué harás, presentar cargos? —Llené mi termo con agua caliente y añadí una pizca de hojas de té tieguanyin de mi reserva.
—Le voy a cantar las cuarenta. Apuesto a que esa persona también es la que birla la comida de los demás de la nevera.
—Quizás sea la persona que busca Xiaolian. ¿No se te ha ocurrido? —Kang no le vio la gracia a mi broma—. Venga. Ya hay suficiente café en esa jarra para llenar tu taza. Llévatelo para el camino.
Kang volvió a nuestros escritorios con su termo lleno.
—Si hubiera sabido que íbamos a ver a Xiaolian a primera hora, te habría recogido para no tener que pasar los dos por la oficina.
—Era broma. Lo siento.
—Me saca de quicio. La regla es muy simple: si te acabas el café, preparas más.
Aparté la mirada mientras intentaba aguantar la risa. El comentario de Kang era lo más gracioso que había oído en mucho tiempo.
—Abby, lo digo en serio. —Me miró impasible.
—Lo sé. —Dejé de reírme, pero la sonrisa no iba a desaparecer pronto.
Al salir del edificio, Kang se desvió de la ruta habitual hacia la autopista 101.
—Conozco un sitio genial donde podemos pillar un par de burritos de desayuno.
—¡Bien! Ha vuelto el Kang que conozco y quiero —celebré.
Kang me sonrió.
—Lo siento. No sé por qué me he puesto así antes. Y por algo tan tonto.
—No es tan tonto. Seguramente sea la centésima vez que entras en la sala de descanso y te encuentras la jarra vacía.
—¡Exacto! Eso es. —Golpeó el volante con la palma de la mano.
—Pero tendremos que esperar un poco más para el burrito.
—¿Por qué?
—Tenemos que ir a otro sitio. Gira a la derecha aquí arriba. Vamos a Pacific Heights.
—¿Qué hay allí?
—¿Recuerdas al tipo de tecnología desnudo?
—¿Sí?
—Bueno, ahí es donde vive.
—Estoy confundido. ¿Qué queremos con él?
—Anoche, mientras veía las noticias, pusieron otro reportaje sobre él y volvieron a emitir el vídeo del móvil.
—¿El del que afirmaba que lo habían secuestrado?
—Sí, ese. ¿No te parece raro que un tipo brillante, aunque fiestero, de repente se ponga a soltar historias de prensa amarilla?
Kang hizo una mueca.
—No lo sé. Supongo que sí.
—Sígueme la corriente diez minutos. Después, nos lanzamos a por esos burritos. Deberíamos comprar uno para Xiaolian también.
Geoffrey Barnes vivía en Broadway, en Pacific Heights, conocido entre los lugareños como la Fila de los Multimillonarios.
Antaño un enclave de la vieja aristocracia del dinero, como los Getty, ahora estaba tomado por magnates tecnológicos como Larry Ellison, fundador de Oracle, Mark Pincus, fundador de Zynga, y Jonathan Ive, diseñador jefe de Apple.
—Lo busqué en Google. Por lo visto, Barnes dejó Princeton al cabo de un año para seguir una corazonada. Una corazonada que en dos años se convirtió en una empresa con una aplicación de éxito, que vendió catorce meses después por la friolera de ochocientos millones de dólares.
—Vaya. —Kang sacudió la cabeza con incredulidad.
—Creo que es esta —dije señalando una mansión blanca de tres plantas en la esquina de Broadway con Divisadero.
Me equivocaba. Era la casa de al lado, oculta tras unos setos altos. Llamamos al interfono del portón y, tras presentarnos, entramos en la propiedad.
Barnes nos recibió en la puerta vestido con un sencillo albornoz.
—¿Qué quieren? —preguntó bastante bruscamente.
Con mi mejor sonrisa, dije:
—Queremos hablar con usted sobre su secuestro.
—¿Me creen? ¿En serio? —Echó un vistazo a la entrada detrás de nosotros—. Esto no es un programa de esos de bromas, ¿verdad?
—¿Podemos entrar?
Barnes nos indicó que pasáramos.
—Rápido, antes de que alguien los vea. Lo último que necesito es que la prensa los vea aquí y monte un circo.
Nos quedamos en el vestíbulo; estaba claro que no íbamos a pasar de ahí cuando Barnes cruzó los brazos y nos preguntó qué queríamos saber.
—Cuéntenos su historia. Todo lo que sucedió tal como usted lo vio.
—Tenía a unos amigos en casa. Estábamos bebiendo, fumando puros y pasándolo bien. Nada loco, sin embudos de cerveza ni esnifar rayas del cuerpo de prostitutas como quieren hacer creer los medios. En fin, los acompañé hasta el portón y me despedí. Se marcharon y yo volví adentro.
—¿Recuerda esto, o se lo contaron?
—Lo recuerdo. Todavía estoy intentando reconstruir esa noche. Es como si estuviera protagonizando mi propia Resacón en Las Vegas , solo que no tiene gracia.
—Así que los acompañaste a la salida. ¿Hasta sus coches o solo hasta la verja principal?
—Hasta la verja principal. Puede que diera unos pasos fuera de la propiedad, pero desde luego no los acompañé hasta sus coches. Jamás haría eso.
—¿Y entonces qué?
—De repente, abro los ojos y estoy en medio del bosque.
—Así, sin más. De la verja al bosque. ¿Y todo lo demás es un vacío total?
—¿Se está burlando de mí?
—No, solo quiero asegurarme de que lo entendemos bien. Vale, está en el bosque. ¿Qué estaba haciendo?
—Nada. Cuando abrí los ojos, estaba sentado en el suelo, apoyado contra un árbol.
Probablemente había perdido el conocimiento o algo así.
El caso es que me levanto y empiezo a caminar.
No recuerdo una mierda. Me devano los sesos, pero nada.
Ni siquiera sabía si estaba en San Francisco o quién era.
Me asusté muchísimo. Ahora, viéndolo con perspectiva, entiendo por qué la gente pensó que estaba loco.
—Bueno, tampoco ayudó que estuviera completamente desnudo.
—Pero no lo estaba cuando desperté. Llevaba una de esas batas que te dan en el hospital. Me la arranqué... por razones que ni yo mismo entiendo ahora.
Miré a Kang.
—¿Qué? Ustedes dos no paran de mirarse cada vez que digo algo.
—Sr. Barnes, ¿está tomando alguna medicación en este momento?
—No estoy drogado, si eso es lo que pregunta. Les estoy contando todo tal y como lo recuerdo. Si no me creen, pueden dejar de hacerme perder el tiempo y largarse de mi casa.
—Cálmate, amigo —dijo Kang—. No estamos aquí para hacerte perder el tiempo. Nosotros también somos gente ocupada, lo creas o no.
—Sr. Barnes, cuando los agentes lo llevaban al coche patrulla, no dejaba de gritar que lo habían secuestrado. ¿Por qué pensó eso?
—Porque cuando bajé de la montaña, ya me habían venido algunos recuerdos fugaces de gente a mi alrededor.
—¿Quién?
—No lo sé. Un montón de hombres que no había visto en mi vida.
—¿Puede describirlos? Cualquier detalle nos ayudaría.
Barnes negó con la cabeza.
—Ese es el problema. Vi lo suficiente del flashback, o como quiera llamarlo, para saber que estaban inclinados sobre mí, pero no lo suficiente para decirle qué aspecto tenían.
—Cuando están inclinados sobre usted, ¿está tumbado, sentado? ¿Al aire libre o en un interior?
—Estoy dentro de algún sitio, seguro, y diría que estoy tumbado boca arriba, probablemente en una cama, y ellos están inclinados sobre mí. Dos a un lado, dos al otro.
Saqué mi tarjeta del bolso y se la di a Barnes.
—Si su memoria empieza a aclararse y recuerda más detalles, llámeme, por favor.
Cogió la tarjeta.
—¿Por qué le interesa esto al FBI? No estoy metido en ningún lío, ¿verdad?
—No, no lo está. Tenemos motivos para creer que lo que afirma sobre su secuestro podría estar relacionado con otra investigación.
—¿Qué? ¿Esto le ha pasado a alguien más?
—Lo siento, pero no puedo hablar de eso con usted. Como le dije, si recupera la memoria, llámeme.