El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 31 — El tiempo que no tiene nombre #3
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CAPÍTULO 31 — El tiempo que no tiene nombre #3

Pietro comenzó a frecuentar a algunos italianos del Tesino.

Exiliados, comerciantes, soldados que habían logrado cruzar, funcionarios sin función, hombres que hablaban de Badoglio, del rey, de Mussolini, de los alemanes, de los aliados, de Roma, de Milán, de Nápoles, con la pasión desordenada de quienes han perdido un país pero no el hábito de discutirlo.

Al principio Pietro escuchaba más que hablaba.

Luego empezó a hablar.

No de todo.

Nunca de todo.

Pero sí lo suficiente para sentir que su historia no era una isla. Había otros hombres suspendidos entre nombres, otros que habían huido tarde, otros que no sabían si la patria era el lugar al que se vuelve o el lugar que uno tiene que reconstruir para que merezca el regreso.

Una noche, de vuelta al apartamento, Ana le preguntó:

—¿Te hace bien verlos?

Pietro pensó antes de responder.

—Me recuerda que no soy el único hombre que no sabe qué hacer con su país.

Ana asintió.

—Eso debe aliviar.

—No exactamente.

—¿Entonces?

Pietro miró hacia el lago oscuro.

—Pero acompaña.

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Hablaron de Italia por primera vez en serio a finales de mayo.

Alexander dormía. La ventana estaba abierta. El aire olía a tierra húmeda y a flores que Pietro no sabía nombrar. Ana tenía un hilo en la mano y remendaba una camisa pequeña con una concentración que le daba a la escena una paz casi cruel.

—Tengo miedo de Italia —dijo ella.

Pietro dejó el periódico.

—¿De mis padres?

—También.

—No tienes que tenerles miedo.

Ana lo miró.

—Eso lo dices tú.

Pietro no pudo evitar sonreír.

—Respeto.

—Claro.

El silencio que siguió fue tranquilo.

—No hablo solo de él —dijo Ana—. Hablo de llegar a un país que no conozco, con una lengua que entiendo a medias, con una historia que no es mía. Allí voy a ser la alemana.

Pietro no respondió rápido.

Ella continuó:

—No la vi todo el tiempo, Pietro. Eso es lo peor. No vi todo el tiempo lo que era Alemania. Vi partes. Sospeché partes. Justifiqué otras. Amé cosas que estaban mezcladas con algo que entonces no supe nombrar. Y ahora, cuando llegue a Italia, eso va a llegar conmigo.

Pietro dobló el periódico.

—Tesino tampoco era tu país.

—No es lo mismo.

—No. Pero encontraste la manera.

Ana miró la camisa entre las manos.

—Porque aquí nadie me pregunta demasiado.

—En Italia tampoco permitiré que—

—No puedes impedir que la gente piense.

Pietro cerró la boca.

Tenía razón.

Ana siguió:

—No quiero que Alexander crezca con una madre que todos miran como si fuera una explicación incómoda.

Pietro se levantó y fue hacia la ventana.

—Alexander va a crecer con una madre que lo sacó de Berlín.

—Después de haber tardado demasiado.

—Con una madre que lo sacó de Berlín —repitió él—. Eso es lo que importa. Lo demás no tiene por qué pertenecerle a nadie. No daremos explicaciones a quien no tenga derecho a pedirlas. Y yo voy a protegerte.

Ana bajó la vista.

—No puedes protegerme de todo.

—No —dijo Pietro—. Pero puedo empezar por no dejarte sola.

Ana lo miró.

No sonrió.

Pero algo en su rostro cedió.

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Roma fue liberada el cuatro de junio de 1944.

Pietro leyó la noticia en el periódico con las manos quietas sobre la mesa.

Ana estaba junto a la ventana con Alexander en brazos. El niño ya sostenía mejor la cabeza y miraba alrededor con una seriedad extraña, como si aquel mundo gris del Tesino mereciera toda su atención.

—¿Qué pasó? —preguntó Ana.

Pietro no respondió de inmediato.

Leyó el titular otra vez.

Roma.

Libre.

La palabra parecía demasiado pequeña para contener lo que decía.

Durante años, Roma había sido para Pietro una ciudad interior: la voz del padre, la piedra caliente, los patios, el olor a cipreses, el eco de una educación severa, una vida abandonada al entrar en Berlín. Ahora el periódico la devolvía al mundo exterior con una frase impresa.

—Mi ciudad está libre —dijo.

Ana se acercó.

—¿Tu padre?

—La carta decía que estaba bien. Si la ciudad cayó sin combate dentro de Roma, tal vez…

No terminó.

La esperanza, aprendida demasiado tarde, también daba miedo.

Ana puso una mano sobre su hombro.

—¿Cómo se siente?

Pietro miró el periódico.

Roma libre.

Él en Suiza.

Mussolini todavía vivo en el norte, sostenido por los alemanes.

Italia partida.

Los muertos sin regresar.

—No lo sé —dijo.

Y era verdad.

Había alivio. Orgullo. Nostalgia. Rabia. La sensación absurda de estar ausente de una alegría que le pertenecía. Roma se había liberado sin él. Su padre había envejecido sin él. Su país intentaba nacer de nuevo mientras él cambiaba pañales en un pueblo suizo y leía periódicos con retraso.

—Quizá no hay una sola manera de sentirse —dijo Ana.

Pietro la miró.

—Eso lo aprendiste en Berlín.

—Sí.

Dos días después llegó Normandía.

Esta vez el periódico no pareció traer una noticia, sino un movimiento de placas bajo el mundo.

Los aliados habían desembarcado en Francia.

Playas con nombres que aún no significaban leyenda para nadie.

Barcos, aviones, hombres entrando en Europa por el mar como si el continente, después de años de tragarse ejércitos, hubiera empezado a devolverlos.

Pietro leyó en voz alta algunos párrafos.

Ana escuchó desde la mesa.

—El fin está cerca —dijo él.

No lo dijo con euforia.

Lo dijo como un hombre que identifica por fin la dirección de una corriente.

Ana permaneció callada.

—¿No lo crees? —preguntó Pietro.

—Sí.

—Pero no te alegra.

Ana bajó la mirada hacia sus manos.

—No sé cómo alegrarme por el final de Alemania aunque sepa que Alemania tiene que terminar así.

Pietro guardó silencio.

—Sé lo que era —dijo ella—. Sé lo que hizo. Sé lo que permitió. Sé lo que yo permití. Pero también es mi lengua. Mi infancia. Mi madre. Mi padre. Las calles donde aprendí a caminar. Una parte de mí quiere que se acabe. Otra parte no sabe qué va a quedar de mí cuando se acabe.

Pietro asintió despacio.

No estaba de acuerdo con todo.

Pero la entendía.

O empezaba a entenderla.

—El Reich no es Alemania —dijo.

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El veinte de julio de 1944, Pietro volvió a sentir Berlín dentro de una habitación suiza.

La noticia llegó primero confusa. Un atentado.

Hitler herido. Oficiales detenidos. El Führer vivo.

Rumores de golpe. Nombres que aparecían fragmentados en periódicos y conversaciones de café.

Durante unas horas, el mundo pareció sostener la respiración sobre una posibilidad que ya había muerto antes de que ellos pudieran entenderla completa.

Luego llegó el nombre.

Claus Schenk Graf von Stauffenberg.

Pietro dejó el periódico sobre la mesa.

Ana, que estaba dando de comer a Alexander, lo vio palidecer.

—¿Lo conocías?

Pietro no respondió enseguida.

Stauffenberg con el uniforme impecable, el rostro marcado, la mano ausente, la voz de un hombre que había mirado la guerra desde dentro y había encontrado allí no solo derrota, sino culpa.

Stauffenberg en una habitación cerrada, hablando de Alemania como si todavía hubiera algo que rescatar de ella.

Stauffenberg escuchando a Pietro pedir papeles para Ana.

Stauffenberg diciendo que hablaría con Oster.

—Sí —dijo al fin—. Lo conocía.

Ana dejó la cuchara.

Pietro leyó más.

Hitler vivo.

Stauffenberg fusilado.

Fromm. Bendlerblock. Arrestos.

El atentado fallido.

Valkiria deshecha.

—¿Qué era Valkiria? —preguntó Ana.

Pietro se quedó mirando la mesa.

—Un plan del Ejército de Reserva —dijo—. Oficialmente, para mantener el orden dentro de Alemania si había disturbios, si los trabajadores extranjeros se levantaban, si el Estado perdía el control. Un mecanismo para movilizar tropas, tomar edificios, asegurar comunicaciones.

—¿Y ellos…?

—Lo convirtieron en otra cosa. Si Hitler moría, usarían el propio plan del régimen para tomar el control antes de que las SS reaccionaran. Las órdenes ya existían. Las tropas ya existían. La estructura ya existía. Solo necesitaban que la muerte de Hitler abriera la puerta.

Ana entendió.

—Y no murió.

—No.

Pietro se levantó.

Caminó hasta la ventana.

El lago estaba quieto. El mundo, allí afuera, tuvo la indecencia de seguir quieto.

—Estuvieron tan cerca —dijo.

La voz le salió más baja de lo que esperaba.

Todavía no era tristeza.

Era rabia.

—Tan cerca, Ana. Un maletín. Una mesa. Unos centímetros. Una decisión de mover un maletín de sitio. Años de contactos, de discusiones, de hombres venciendo el miedo demasiado tarde, pero venciéndolo al fin, y todo reducido a una habitación donde la explosión no hizo lo suficiente.

Ana no dijo nada.

—Stauffenberg llegó hasta allí —continuó Pietro—. Cojo, mutilado, vigilado, rodeado de cobardes y fanáticos. Llegó hasta la mesa de Hitler. Y no bastó.

Golpeó el marco de la ventana con la palma abierta.

No fuerte.

Lo suficiente.

Alexander se sobresaltó.

Ana lo sostuvo contra el pecho.

Pietro cerró los ojos.

—Perdón.

—No —dijo Ana—. No te disculpes por eso.

Pero él sí se disculpaba. No por el golpe. Por la rabia. Por estar vivo. Por haber cruzado Suiza mientras otros entraban en habitaciones de las que no saldrían.

Los días siguientes trajeron más nombres.

Von Trott.

El Círculo de Kreisau.

Beck.

Goerdeler.

Oster.

Canaris bajo sospecha.

Hombres arrestados. Hombres interrogados. Hombres colgados o esperando serlo.

Cada periódico abría otra tumba.

Pietro le habló a Ana de ellos no como héroes de estatua, sino como hombres de carne incómoda. Algunos habían servido demasiado tiempo. Algunos habían callado antes de hablar. Algunos habían despertado tarde. Pero habían despertado. Y en la Alemania de Hitler, despertar podía costar todo.

Una tarde leyó sobre Ludwig Beck.

—Intentó matarse —dijo Pietro.

Ana levantó la vista.

—¿Quién?

—Beck. Uno de los hombres mayores de la conspiración. Le permitieron suicidarse. Falló el primer tiro. Luego el segundo. Al final un sargento tuvo que rematarlo.

Ana cerró los ojos.

No dijo nada.

No hacía falta.

La dignidad también podía morir de una forma torpe.

Después llegó la noticia del Sippenhaft.

Responsabilidad de clan.