CAPÍTULO 30 — El otro lado #4
No preguntó por Katz. No preguntó por Berlín. Tampoco por el apellido. Sobre la mesa había una carpeta. Dentro, papeles, una libreta, una relación de fondos y una llave pequeña.
—La cuenta fue constituida en francos suizos —dijo el hombre—. Hay instrucciones para permitir retiros parciales con este número y esta frase de identificación. También hay una caja de seguridad asociada, si desea utilizarla.
Pietro miró las cifras.
No eran riqueza.
No en el sentido vulgar.
Eran tiempo.
Eso fue lo que vio.
Meses sin hambre. Una renta. Ropa para Alexander. Médicos si hacía falta. Silencio. Leña. Pan. Distancia. La posibilidad de no decidir cada día entre moverse y morir.
—¿Cuánto puedo retirar hoy? —preguntó.
El hombre le dio una cifra.
Suficiente.
—¿En efectivo?
—Una parte. El resto puede permanecer aquí. Sería más prudente.
Prudente.
La palabra le pareció exótica.
Pietro asintió.
Firmó como Hans Brenner.
La mano no le tembló.
Cuando salió del banco, llevaba menos dinero del que había dentro y más vida de la que tenía al entrar.
Se detuvo en la calle.
Y entonces escuchó el agua.
No fuerte todavía. No como cuando se está junto a ella. Pero Schaffhausen tenía una respiración propia, una vibración grave que venía del Rin y de la caída enorme del agua no muy lejos. El Rheinfall. El ruido constante del mundo cayendo sin destruirse.
Lo había escuchado antes.
En otra habitación.
Con otra persona.
No dijo su nombre.
No hacía falta.
El pasado no siempre vuelve como imagen. A veces vuelve como sonido.
Pietro permaneció un segundo inmóvil, con el sobre de Katz en el bolsillo, el dinero guardado y Suiza alrededor funcionando como si el orden fuera una ley natural y no un privilegio.
Luego cruzó la calle hacia la cafetería.
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Ana estaba junto a la ventana.
Alexander despierto en sus brazos, mirando el techo con esa atención absoluta de los bebés que todavía no saben que el mundo tiene profundidad, fronteras, apellidos, muertos o bancos.
Para él, Suiza era una luz gris sobre la madera, el olor de leche, el calor del cuerpo de su madre y un murmullo de voces que no significaban nada todavía.
Pietro entró.
Ana levantó la vista.
No preguntó.
Él se sentó frente a ella.
—Está ahí —dijo.
Ana cerró los ojos un instante.
No fue alivio completo.
Nada era completo ya.
Pero algo en sus hombros cedió.
El camarero se acercó. Pietro pidió café. Ana pidió agua caliente. El hombre tomó nota sin interés excesivo. Eso también era una bendición: la indiferencia correcta de un país que no los conocía.
Afuera, Schaffhausen estaba gris y fría.
Pero no ardía.
La diferencia era tan grande que Pietro tardó en entenderla.
No era solo la ausencia de bombas. Era la ausencia de preparación para la próxima bomba.
Nadie caminaba con el cuerpo encogido hacia el cielo.
Nadie miraba las fachadas como si esperara que una pared decidiera rendirse. Nadie parecía estar contando salidas.
La ciudad funcionaba.
Eso era lo más extraño.
Una mujer cruzó la calle con una cesta. Un hombre cerró la puerta de una tienda. Dos niños pasaron corriendo, perseguidos por una voz que no sonaba a miedo sino a regaño. Un tranvía o un coche avanzó a lo lejos con el ruido sencillo de una máquina que no llevaba heridos ni soldados ni órdenes.
Pietro miró a Ana.
—Si hubiéramos esperado al año nuevo, tal vez esto habría sido distinto.
Ana no respondió.
—No lo digo como reproche —añadió él.
Y era verdad.
No había victoria en tener razón demasiado tarde. No había dulzura en comprobar que la urgencia era real. Pietro no sentía triunfo. Solo una fatiga inmensa.
—En enero quizá habrían cerrado más —dijo—. Más controles. Más listas. Más preguntas. Tal vez Otto habría llegado antes. Tal vez la frontera ya no habría sido frontera, sino pared. No lo sé. Pero había semanas, Ana. Quizá menos.
Ana bajó la mirada hacia Alexander.
El niño movió una mano dentro de la manta.
—Lo sé —dijo ella.
Fue todo.
Dos palabras.
Pero esas dos palabras contenían todo lo que no podían poner sobre la mesa: sus padres muertos, Otto en el suelo, la máscara junto al cadáver, Berlín alejándose por la ventana, la vergüenza de haber esperado, el miedo de haber esperado demasiado, la certeza de que incluso haber llegado no borraba lo que había costado llegar.
El café llegó.
Pietro envolvió la taza con las manos.
Estaba caliente.
Ese hecho simple lo desconcertó.
Durante años, el calor había sido peligro: fuego, bombas incendiarias, sótanos sin aire, cuerpos encerrados. Allí, el calor era solo una taza sobre una mesa.
Ana bebió un poco de agua.
Alexander volvió a dormirse.
Por primera vez desde Berlín, no había una puerta que vigilar de inmediato.
No había un siguiente control en los próximos minutos.
No había un muerto en la habitación contigua.
No había una sirena empezando a subir sobre los tejados.
Solo una mesa.
Un café.
Una mujer.
Un niño.
Y Suiza afuera, funcionando con normalidad.
Eso fue lo más difícil de aceptar.
No que hubieran sobrevivido.
Sino que el mundo pudiera seguir así.