CAPÍTULO 22 — El cazador y la máscara
«Todo cazador comete el mismo error: cree que la presa no sabe que la siguen.»
El Caso Azul arrancó en junio.
Pietro leía los cables de la embajada con la atención de quien ha aprendido a leer entre líneas.
Lo que los cables decían: avance sostenido, resistencia soviética más dura de lo esperado, suministros bajo presión.
Lo que los cables no decían: que el Corpo di Spedizione Italiano en el frente ruso — ciento cincuenta mil hombres enviados por Mussolini para no quedarse fuera de la victoria — estaba sufriendo con las líneas de suministro al límite y el equipo inadecuado para ese terreno, de una manera que los comunicados oficiales describían como dificultades logísticas menores.
Pietro sabía lo que significaba esa frase.
La había visto usarse antes. Significaba que había muertos que no convenía contar todavía.
Giulio llegó una mañana con los telegramas de Roma.
—Instrucciones del Ministerio —dijo, con la voz de quien entrega algo que no entiende del todo, pero sabe que importa—. Sobre el posicionamiento diplomático italiano ante las operaciones en el frente oriental.
Pietro tomó los telegramas.
Los leyó.
Eran vagos con esa vaguedad específica de las instrucciones que vienen de gobiernos que no saben qué decir pero que tampoco pueden decir que no saben qué decir.
Mussolini llevaba meses enfermo — úlceras, agotamiento, la fatiga de un hombre que había apostado su destino al de otro y que empezaba a entender, en algún lugar que no podía nombrarse, que esa apuesta podía no salir bien.
Pietro archivó los telegramas.
Y esa tarde bajó al sótano.
---
Llevaba meses ajustando el método.
La disciplina que había aprendido en los primeros vuelos — nunca el mismo barrio dos veces seguidas, nunca más de lo que la noche podía sostener sin dejar rastro — se había refinado con el tiempo en algo más preciso.
Menos frecuente. Más aleatorio. Intervalos irregulares que no permitieran a nadie construir una predicción.
Pietro había aprendido, en seis años de Berlín, que los sistemas de control no buscan individuos — buscan patrones.
Y que la única defensa contra un sistema que busca patrones es no tenerlos.
El sótano de la embajada era su único terreno seguro.
Territorio diplomático italiano — la Gestapo no podía entrar sin crear un incidente que nadie quería.
Desde la muerte de Greta Pietro había desarrollado el hábito de quedarse trabajando hasta tarde, solo en el edificio después de que Giulio y Lucia se fueran, con la excusa que nadie cuestionaba porque era verdad a medias: el apartamento de Savignyplatz le pesaba vacío y el trabajo era la única manera de no sentirlo.
Malaspina lo veía como dedicación. Giulio lo veía como duelo.
Lucia no decía nada — pero Lucia nunca decía nada, y eso era exactamente lo que Pietro necesitaba.
Entre semana bajaba al sótano después de las ocho, cuando el edificio estaba solo.
Los fines de semana, cuando la embajada cerraba y él tenía las llaves y el tiempo, preparaba las tiradas más largas con una calma que entre semana no podía permitirse.
Nadie preguntaba dónde estaba Pietro los domingos por la mañana.
Nadie preguntaba por qué a veces llegaba el lunes con ojeras de quien no había dormido del todo.
En Berlín del 42, esas eran preguntas que la gente había aprendido a no hacer.
El panfleto nuevo tardó dos semanas en estar listo.
No porque el texto fuera difícil de escribir — las preguntas se escribían solas, desde que Pietro leía los cables de la embajada y los comparaba con lo que los periódicos decían y encontraba el espacio entre los dos.
Sino porque quería que las preguntas fueran las correctas.
Las que nadie pudiera responder con una consigna.
Las que se quedaran instaladas en la cabeza de quien las leyera aunque las tirara inmediatamente después.
El texto que montó en el bastidor decía:
PREGUNTAS QUE NADIE RESPONDE —
La Operación Barbarroja prometió resolver el frente oriental en ocho semanas. Llevamos trece meses. El cálculo equivocado no lo pagan los que lo calcularon — lo pagan tus hijos, tus hermanos, tus amigos. Sus vidas son fichas en un tablero que otros mueven desde Berlín.
¿Cuándo fue Goebbels al frente? ¿Cuándo fue Himmler? ¿Sus vidas valen más que las de los tuyos?
Ahora vamos hacia Stalingrado. Napoleón también fue hacia Moscú. Los libros de historia explican cómo terminó.
Piensa. Mientras todavía puedes.
Pietro imprimió dieciocho copias.
Las dobló. Las guardó.
Y esperó tres semanas antes de repartirlas.
---
La noche del martes era buena.
Nublada, sin luna, con ese calor húmedo del verano berlinés que hacía que la gente se quedara en casa con las ventanas abiertas en lugar de salir.
Menos testigos. Menos patrullas visibles.
Pietro salió de Savignyplatz a las once y cuarto con el abrigo negro y la máscara en el bolsillo, los panfletos en el interior del abrigo, y el paso de siempre — el de alguien que tiene un destino y que ese destino es perfectamente ordinario.
Neukölln esta vez.
Un barrio que no había tocado todavía. Obreros, familias, el tipo de gente que leía los panfletos en la cocina con la radio apagada y que no los tiraba de inmediato porque algo en las preguntas les resultaba demasiado familiar para ignorarlo del todo.
Los primeros cuatro portales sin incidentes.
El quinto también.
Fue en el sexto — un edificio en la Hermannstraße, portal oscuro, exactamente el tipo de lugar que Pietro había aprendido a preferir — cuando escuchó los pasos.
No los pasos de alguien que pasa. Los pasos de alguien que para.
Pietro tenía la máscara puesta. Estaba depositando los últimos tres panfletos en el ángulo entre la pared y la puerta cuando los escuchó y supo, con ese instinto que años en Berlín habían convertido en reflejo, que algo había cambiado en la noche.
Se giró.
Dos hombres en la acera. Uniformes de la Ordnungspolizei — la policía ordinaria, no la Gestapo, pero en ese momento la distinción no importaba. Uno de ellos tenía una linterna. El haz de luz encontró el abrigo de Pietro, el sombrero, la máscara con su pico largo.
Un segundo de silencio.
Luego el primero dijo:
—¡Alto! ¡Identificación!
Pietro no se detuvo.
Corrió.
No elegantemente. No con la fluidez de alguien que ha entrenado para esto.
Corrió como corre un hombre que sabe que no puede dejarse alcanzar y que tiene suficiente instinto para convertir el miedo en velocidad — hacia el fondo del portal, por la puerta trasera que en los edificios berlineses de esa época daba siempre a un patio interior, cruzando el patio con las botas golpeando el adoquín húmedo, hacia la salida al callejón que debía estar al fondo.
Detrás, los silbatos.
Ese sonido específico de los silbatos de la Orpo en la noche de Berlín — agudo, repetitivo, el sonido que hacía que las ventanas se cerraran y las luces se apagaran y la ciudad entera fingiera que no escuchaba nada.
Pietro encontró el callejón.
A la derecha había una barda de dos metros y medio. A la izquierda el callejón terminaba en una reja cerrada. Pietro calculó en un segundo — la barda, sin duda la barda — y tomó impulso.
Llegó al borde con los dedos, se impulsó, la chaqueta rasgándose en algún borde de metal que no vio, y cayó al otro lado sobre una superficie de grava que recibió sus rodillas con menos amabilidad de lo que habría querido.
Se levantó.
Las rodillas protestaron. No era un hombre de veinte años — su cuerpo lo sabía y se lo recordó con la claridad brutal del dolor que no pide permiso.
Siguió corriendo.
El segundo policía lo alcanzó en la calle paralela.
Salió de un portal lateral con más rapidez de lo que Pietro esperaba — había cortado camino, conocía el barrio, había calculado mejor que él. Llegó desde la izquierda con el brazo extendido, la mano cerrándose sobre el hombro del abrigo de Pietro.
Pietro giró.
No lo pensó. El cuerpo tomó la decisión antes que la cabeza — años de esgrima desde la universidad, los reflejos que se construyen en el gimnasio y que en los momentos que importan salen solos sin necesitar que nadie los convoque.
No fue un golpe de película. Fue un giro de cadera que llevó el codo de Pietro al plexo solar del otro hombre con la precisión seca de alguien que sabe exactamente dónde duele y cuánto.
El policía dobló la cintura.
Pietro no esperó. El codo subió por segunda vez — esta vez a la mandíbula, con todo el peso del giro encima. El sonido seco del impacto. El policía cayó de lado sobre el adoquín y no se movió.
Pietro no esperó. Tres pasos, doblar la esquina, fundirse con la oscuridad de una calle que en ese momento era exactamente lo que necesitaba: vacía, larga, sin farolas encendidas en el tramo que le importaba.
Corrió durante dos manzanas más sin mirar atrás.
Luego caminó.
Porque correr llama la atención y caminar es invisible.
Se detuvo en un portal de la Sonnenallee para recuperar la respiración.
El pecho le quemaba. Las rodillas seguían protestando. Tenía la palma derecha raspada de la caída sobre la grava — lo notó solo ahora, cuando el cuerpo empezaba a devolver las señales que el miedo había bloqueado durante los últimos minutos.
Se quitó la máscara.
La guardó en el bolsillo del abrigo con la misma calma con que guardaba cualquier otra cosa — la calma que uno aprende a fabricar cuando la alternativa es el pánico, y el pánico es lo que te mata.
Pensó en lo que el policía había visto.
Abrigo negro. Sombrero de ala ancha. Una máscara con pico largo en la oscuridad de una calle de Neukölln. Una figura que corría y que cuando lo alcanzaron sabía exactamente cómo hacer daño sin matar — eso también iba a estar en el reporte.
Pietro esperó diez minutos en ese portal.
Luego tomó el camino más largo de vuelta a Savignyplatz.