El Cuervo de Berlín CAPÍTULO 6 — Carinhall – El Espejo del Poder #7
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CAPÍTULO 6 — Carinhall – El Espejo del Poder #7

Poco a poco, los demás invitados fueron despidiéndose con la elegancia discreta que se aprende en ciertos círculos: sin apresuramiento, sin demasiado ritual.

El coronel fue el primero. Luego el industrial y su esposa.

La mujer del vestido verde se retiró con un comentario sobre el frío del bosque que arrancó una última sonrisa colectiva.

Y entonces quedaron tres.

Pietro, Ana, y Göring.

Nadie lo había planeado. Tampoco nadie lo había evitado.

El Reichsmarschall pidió un coñac con un gesto mínimo y señaló los sillones junto al fuego con la naturalidad de quien propone algo que ya sabía que iba a ocurrir.

—Hábleme de Escipión —dijo, acomodándose con la comodidad de un hombre en su propio territorio—. El africano. Siempre me ha parecido el más incomprendido de los romanos.

Pietro lo miró un instante.

No era una pregunta diplomática.

Era una pregunta real.

Y eso, más que cualquier otra cosa de esa noche, lo tomó por sorpresa.

Habló. Con la soltura de quien ha crecido entre columnas y ruinas y libros que huelen a siglos.

Habló de Escipión y de Cannas, de cómo Roma aprendió a perder antes de aprender a ganar, de las Legiones Malditas y de los hombres que cargaron con la derrota ajena y la convirtieron en victoria propia.

Göring lo escuchaba con una atención que no era cortesía.

Era el tipo de silencio que tiene alguien que genuinamente está recibiendo algo.

Ana los observaba desde su sillón.

No intervenía. Pero tampoco estaba ausente. Había en su mirada algo que Pietro no supo del todo cómo leer: una mezcla de orgullo y de algo más complejo, más íntimo, que tenía que ver con lo que había ocurrido antes en la mesa y que ninguno de los dos había tenido todavía tiempo de procesar.

El fuego fue bajando.

La conversación también, como lo hacen las buenas conversaciones: sin que nadie lo decida, sino porque ya se ha dicho lo que valía la pena decir.

Fue Pietro quien, finalmente, se puso de pie.

—Ha sido una velada extraordinaria —dijo.

Y lo decía en serio. Con todas las contradicciones que eso implicaba.

Göring se levantó también, con esa lentitud de hombre grande que no se disculpa por ocupar espacio. Estrechó la mano de Ana con una inclinación correcta. Luego se volvió hacia Pietro.

—Un momento, doctor Berardi. —Hizo un gesto hacia Ana—. Disculpe usted, señorita Hartmann.

Ana asintió con una sonrisa y se retiró hacia el vestíbulo.

Los dos hombres quedaron solos.

Göring no habló de inmediato.

Caminó dos pasos hacia la ventana, como si necesitara el tiempo de la distancia para elegir las palabras. Afuera, el bosque era pura oscuridad. La misma oscuridad de siempre, supuso Pietro. Solo que más evidente a esa hora.

—Gracias por venir —dijo Göring, sin girarse del todo—. Gracias por el regalo. Y por los pedazos de historia que me regaló esta noche. —Hizo una pausa—. Disfruto genuinamente estas conversaciones. Hay pocas personas que sepan escuchar y hablar al mismo tiempo.

—El mérito es de la mesa —respondió Pietro.

Göring sí lo miró entonces.

—No. —Fue directo, sin dureza—. El mérito es suyo. Y el de la señorita Hartmann, que tiene más carácter del que ella misma sabe.

Pietro no respondió.

—Por eso mismo —continuó Göring— le digo esto: lo que hablamos aquí esta noche fue bueno. Debatimos. No coincidimos en todo. Eso también es bueno. —Bajó ligeramente la voz—. Lo que se habló aquí, aquí se queda. Mis invitados lo saben. Ese es el trato en esta casa.

Pietro asintió.

Göring dio un paso más hacia él.

—Pero a modo de advertencia, doctor, porque me parece un hombre que no necesita que le digan las cosas dos veces: no todos en este país son tan...

abiertos como yo. Ni tan dispuestos a escuchar.

—Una pausa—. Lo que dijo esta noche en esta mesa, dicho en otro salón, delante de otras personas, podría costarle cosas que no querría perder.

No sonó como una amenaza. Eso la hacía más difícil de manejar: parecía una advertencia nacida de una consideración genuina.

Pietro la recibió sin apartar la vista.

—Lo entiendo —dijo.

—Bien. —Göring extendió la mano—. Entonces hasta la próxima, doctor Berardi. Tendremos más que debatir, estoy seguro. Y su punto de vista... me será útil para los tiempos que se avecinan.

Pietro le estrechó la mano.

La mano del hombre que cinco días antes había estado sentado junto a Hitler escuchando los planes de conquista de Austria y Checoslovaquia.

La mano del hombre que había levantado la copa por los italianos y que acababa de advertirle, con la elegancia de quien no necesita ser cruel para ser implacable, que el mundo fuera de esa sala no funcionaba como la conversación que acababan de tener.

—Hasta la próxima —dijo Pietro.

Salió al vestíbulo.

Ana lo esperaba con los guantes ya puestos.

No le preguntó nada.

El automóvil los estaba esperando afuera, con el motor encendido y el conductor inmóvil junto a la puerta trasera. El frío del bosque entró de golpe cuando cruzaron el umbral. Pietro puso una mano en la espalda baja de Ana, apenas, mientras caminaban hacia el coche.

Ninguno habló.

El bosque los tragó en silencio.