CAPÍTULO 6 — Carinhall – El Espejo del Poder #6
Göring no intervino todavía. Pietro continuó, midiendo cada palabra con el cuidado de quien sabe que está caminando sobre un suelo que no conoce del todo.
—He oído hablar también de Oranienburg. De lo que hay al norte de Berlín.
— No dijo el nombre completo. No hacía falta.
Todos en esa mesa sabían de qué hablaba—.
No lo llamo por su nombre porque entiendo que hay versiones distintas de lo que ocurre allí.
Pero los rumores existen. Y los rumores, en una ciudad como Berlín, no nacen solos.
El coronel dejó los cubiertos sobre el plato con un sonido seco.
—Los campos existen para proteger el orden —dijo—. Para quienes representan una amenaza real al Estado.
—¿Un médico de cuarenta años es una amenaza real al Estado?
—Las categorías no siempre son individuales —respondió el coronel.
—No —concedió Pietro—. Pero las consecuencias sí lo son.
Fue un momento tenso. Breve. Suficiente.
Ana no lo miraba. Tenía los ojos fijos en el plato con una concentración que no era indiferencia. Era contención.
Göring habló entonces. Sin elevar el tono. Sin endurecerlo.
—Doctor Berardi. Entiendo lo que está diciendo. —Giró el vaso entre los dedos—. Y no voy a fingir que el camino ha sido limpio en todos sus detalles. Los caminos que importan raramente lo son.
Pietro esperó.
—Pero hay algo que quizá desde afuera no se ve con claridad —continuó Göring—.
Lo que Alemania enfrentó después de Versalles no fue una derrota militar.
Fue una destrucción sistemática. De la economía.
De la identidad. De la voluntad misma de un pueblo.
—Hizo una pausa—. Cuando un paciente está en esa condición, el médico que lo trata no siempre puede elegir los métodos más elegantes.
—Tiempos desesperados —dijo Pietro, casi en voz baja—, necesitan medidas desesperadas.
—Exactamente.
—¿Pero estamos en guerra? —preguntó Pietro—. Hasta donde yo sé, no hay un frente abierto. No hay un enemigo declarado.
Fue el industrial quien respondió. Sin agresividad. Con una certeza tranquila que resultaba más difícil de refutar que cualquier argumento airado.
—Desde Versalles, doctor Berardi, para nosotros todo es una guerra.
La frase cayó sobre la mesa como algo que no admitía réplica inmediata.
Pietro la dejó estar.
La dejó estar el tiempo justo.
Y entonces habló. No en voz alta. No con énfasis. Con la precisión de alguien que ha estado ordenando esas palabras durante toda la velada y sabe que no puede seguir callándolas.
—Las masas heridas en su orgullo encuentran alivio en el grito unánime.
—Hizo una pausa mínima—. Los líderes no pueden estar obsesionados con tener la razón, con asignar culpas, con fomentar la división.
Porque eso los eleva sobre la fe ciega de quienes prefieren creer que pensar.
—Otra pausa. Más breve—. Y así, poco a poco, un pueblo puede terminar confundiendo el miedo con lucidez, la culpa con justicia y la repetición con verdad.
Silencio.
Un silencio distinto a todos los anteriores.
La mujer del vestido verde había dejado la copa sobre la mesa sin terminar el sorbo.
El coronel miraba a Pietro con una expresión que no era exactamente cólera.
Era algo más frío. El industrial no miraba a nadie.
Ana tenía los ojos fijos en un punto neutro frente a ella, con la rigidez contenida de alguien que está haciendo un esfuerzo que nadie debería ver.
Göring no se movió.
Lo observó durante un segundo largo, con esa serenidad de lobo viejo que no necesita mostrar los dientes para que los demás entiendan de qué está hecho.
Luego, con una lentitud deliberada, tomó su copa. Bebió un sorbo. La dejó en su sitio.
Y sonrió.
No con calidez. No con frialdad. Con algo que estaba entre las dos cosas y que ninguna de las dos palabras terminaba de definir.
—Filosofía —dijo, con una calma que parecía casi amable—.
Excelente filosofía, doctor Berardi. Del tipo que uno escucha mejor con buen vino que con las manos sucias de decidir.
—Hizo una pausa—. Aunque, como bien dijimos antes, en tiempos como los nuestros la filosofía es un lujo que la historia no siempre puede costear.
Nadie habló.
Göring dejó que el silencio durara exactamente lo necesario. Luego, con la maestría de alguien que ha presidido cientos de mesas donde algo estuvo a punto de romperse, giró levemente la cabeza hacia Pietro y cambió el registro con una naturalidad que parecía casi descuidada.
—Pero dígame, doctor. Creo que mis oídos me traicionaron antes, o acaso dijo usted que la señorita Hartmann es la persona con quien piensa pasar el resto de su vida.
El aire en la sala cambió.
No de golpe. Gradualmente. Como cuando se abre una ventana en una habitación que llevaba demasiado tiempo cerrada.
Pietro dejó escapar una sonrisa que no tenía que esforzarse en construir.
—Si ella me lo permite —dijo—. Y si esta noche no le hice pasar demasiadas vergüenzas.
Hubo risas. Genuinas, esta vez. Incluso el coronel permitió que su expresión se aflojara un par de grados. La mujer del vestido verde soltó una carcajada breve y elegante. El industrial sacudió la cabeza con algo parecido a la simpatía.
Ana lo miró.
No dijo nada durante un segundo.
Luego, con una compostura que le costó más de lo que quería admitir, respondió:
—Eso está por verse, señor Berardi.
Más risas.
Göring levantó la copa.
—Por los italianos —dijo—. Que saben complicar una cena y salvarla en el mismo instante.
Bebieron.
Y la velada siguió.
Lo que vino después fue otra cosa.
El peso de la conversación se disolvió como se disuelven ciertas tormentas en Berlín: de golpe, sin anuncio, dejando el aire limpio y levemente irreal.
La exposición de Múnich fue el puente. La mujer del vestido verde la mencionó con una ligereza estudiada, y a partir de ahí la mesa se entregó a ese tipo de conversación que no exige nada de nadie: opiniones sobre lo que merecía llamarse arte, sobre la última temporada de la Filarmónica, sobre si cierto cuadro flamenco del siglo XVII que Göring acababa de adquirir tenía mejor luz en el salón norte o en el oriental.
Pietro participó. Con genuino placer, incluso.
Había algo en ese registro —el arte, la historia, la belleza de las cosas que sobreviven a los hombres que las poseen— que le resultaba más natural que cualquier debate político.
Contó una anécdota sobre un Caravaggio que su familia había tenido durante dos generaciones antes de donarlo a una iglesia.
Göring lo escuchó con una atención que no era cortesía.
Era interés.