30. Clara
B erenice es fotógrafa. Es amiga de Bego. No hace ningún esfuerzo por ser simpática.
La había visto un par de veces, en alguna función o exposición.
Me parecía una mujer interesante, talentosa, misteriosa.
De esas personas con mirada indescifrable que no sabes bien si te miran con afecto o te juzgan.
Y la verdad es que estaba bastante impactada con su persona.
Me despertaba mucha admiración cómo hacía que todos la miraran sin hacer gran cosa.
No habíamos hablado mucho, pero tampoco es que yo fuera de las que toman la iniciativa.
Me ponía bastante nerviosa siendo honesta.
Ella estaba consagrada como artista en nuestro circuito, aunque recién llegaba y yo llevaba un tiempo sin aceptar nada.
No logro vender mis esculturas y el poco dinero que tengo lo recibo por trabajar como modelo.
Algo que no me gusta, pero me da de comer.
Hoy quedamos para dar unas vueltas en bicicleta las tres: Bego, Berenice y yo.
Estoy bastante ansiosa por pedirle consejos y charlar con ella, si es que Bego me deja participar de la conversación.
A ella le gusta ser el centro de atención, si la conversación no la está halagando, cambia de tema.
Es mi amiga y la quiero, pero siento que nunca se va a poner feliz si de pronto empieza a irme bien en algo.
Me lleva a todos lados para ser la más exitosa de la sala, la más interesante, aunque no está ni cerca de terminar su bendito guion.
La idea era sacar algunas fotos. Parece que Berenice va a recorrer algunos países latinoamericanos dentro de poco y quiere cerrar una serie antes de irse.
Así que no creo que lleguemos a socializar mucho más que esto…
Aunque me gustaría conocerla un poco más.
No es seguro que vayan a abrir las fronteras y quizás no pueda viajar, no es sororo de mi parte, pero quisiera que se quedara, para que me oriente en mi arte, claro.
Quiero ser como ella, tener esa presencia.
Fantaseo con el día en el que entre a una habitación y no tenga que presentarme y explicar lo que hago, que todos me conozcan.
El paseo estuvo lindo. Hacía calor y me sudaba la cara con la mascarilla puesta, pero el viento refrescaba un poco. Nos reímos por cualquier cosa, al principio.
Bego trajo una canastita en la bicicleta y metió ahí un jugo y dos duraznos que se le aplastaron enseguida, entonces se puso de mal humor.
No es difícil. Bego odia el deporte, Bego ama el drama.
Y Berenice no hizo ni un intento de incluirla en las conversaciones, así que se fue antes de que llegáramos a la costanera.
Al principio pensé que se gustaban, tenían esa cosa de tensión no resuelta, pero parece que simplemente se llevan mal.
Mal en serio.
Cuando quedamos solo nosotras dos me asombré de lo cómoda que me sentí, conectamos. Pedaleamos hasta un parque muy bonito que no conocía. Berenice sacó su cámara y me pidió que me sentara bajo un árbol.
—No es nada importante —me dijo—. Es una prueba de luz.
Pero el modo en que lo dijo me hizo sentir algo distinto, como si lo dijera para convencerse a sí misma de algo.
Yo tenía que irme porque tenía unas fotos bastante bien pagas, pero hubiera preferido quedarme.
Berenice me preguntó si me gustaría hacer unas fotos con ella algún día.
Unas fotos profundas, íntimas, tranquilas.
Me gustó la forma en que lo dijo, no sé qué quiso decir con «quietas», pero me gustó.
Me dijo que tiene vista una locación que está a salvo de los controles sanitarios y que no íbamos a tener problemas con eso.
Me invitó a tomar una cerveza para charlar de eso, otro día claro, aunque no me especificó cuándo.
Me dijo que no me hiciera problema, que era un trabajo remunerado, que, por el momento, podía financiarse su arte porque su padre era psiquiatra y le pasaba dinero todos los meses.
Dijo que ella podía hacer arte con el dinero de la locura ajena.
Lo dijo así, con esa mezcla de soberbia y generosidad. Me pareció tan linda, tan seria.
Tenía siempre cara de enojada, el ceño fruncido, como si el mundo le quedara incómodo, apretado, de un talle menos.
No se daba cuenta, pero todos la miraban.
Los hombres, las mujeres. Es una presencia casi élfica.
Ese pelo rojizo hasta la cintura, sus cejas gruesas, su delgadez y su altura, su forma de caminar. Parecía un dibujo.
No sé si le gustaría que se lo dijeran. No parece el tipo de persona que se alegre por un piropo, pero a mí me daban ganas de decírselo.
De decirle que me parecía hermosa. Me encantaría conocerla un poco más, aunque se vaya pronto.
Aunque parezca que nada la emociona. Aunque me mira como si analizara cada cosa que digo, y eso me hace sentir tan insegura.
Es la clase de persona a la que nadie le pondría un apodo. A la que nadie le diría «cuchi». Suena ridículo. Me encantaría decírselo igual. Me encantaría ser yo la que haga el ridículo.
Me gustaría mucho decirle Cuchi. Cuando menos se lo espere, va a ser mi Cuchi…