Capítulo 47. La casa abierta
Vera decidió no vender. Convertiría el cuarto de costura en un taller de restauración. El primer día de obra abrió todas las ventanas.
Nuria cruzó el rellano con una bandeja de magdalenas y pidió perdón.
—Debí hablar.
—Sí —respondió Vera.
Nuria esperó una absolución. No llegó. Después se quedó a retirar cajas.
Encontraron manteles, álbumes y postales que Emilia nunca envió. En una, dirigida a Amparo, había escrito: «No sé cómo cuidar a los niños sin meterlos en mi miedo».
Vera la guardó como una pregunta, no como una respuesta.
Dos meses más tarde envió una fotografía a Mara. Las contraventanas estaban levantadas. El armario había desaparecido y la pared mostraba el contorno del hueco, protegido bajo una capa transparente.
Mara pasó una tarde. Vera lijaba una silla junto a la ventana. En el patio no quedaba rastro de ruedas.
—¿Le molesta que haya quitado el armario? —preguntó.
—No era un armario.
—Ya lo sé.