Capítulo 22. La primera mentira
Sergio apareció en un hostal de Punta Umbría. Había pagado en efectivo y dejado el teléfono en una papelera del paseo marítimo. No se resistió.
En la entrevista, contó que Tomás salió del corredor mientras Vera hablaba con emergencias. Llevaba guantes y sostenía el móvil de ella. Adrián seguía en el suelo.
—Me obligó a comprobar el pulso. Estaba muerto. Dijo que Vera lo había empujado.
Tomás le enseñó las llamadas hechas desde el teléfono de Vera y la fotografía del hijo de Sergio. Le ordenó desplegar la camilla, envolver el cuerpo y llevarlo hasta la ambulancia.
—¿Dónde lo dejaron?
—En un garaje de la avenida de Italia. Después él se llevó la furgoneta.
Sergio juró no haber tocado a Adrián antes de encontrarlo. Mara creyó la amenaza; no creyó el orden. El reflejo del microondas situaba a Tomás en la cocina antes de que Sergio entrara.
—Usted no salvó a Vera —dijo—. La dejó sola con el relato que Tomás necesitaba.
Sergio bajó la cabeza.
—Pensé que, si obedecía, él no haría daño a mi hijo.
—Y decidió que el riesgo lo asumiera Vera.
La diferencia entre coacción y absolución quedó sobre la mesa. Sergio era víctima de una amenaza y responsable de un encubrimiento. Ambas cosas podían ser ciertas.