Capítulo 4 — Lo que dejó en Miami #2
Colgó antes de que él pudiera preguntarle qué era exactamente «eso», o por qué su voz se había puesto delgada y cuidadosa de una manera que no había hecho mientras negociaba con un proveedor de café por teléfono desde un estacionamiento en una ciudad que él ya no podía imaginarse sin preguntarse quién más estaría parado cerca.
Se quedó un momento con el teléfono todavía en la mano, el taladro arrancando de nuevo en algún lugar detrás del plástico.
Había hecho esta misma llamada cien veces por cosas más pequeñas durante el último año: si su hermana quería que él supiera algo, se lo iba a decir.
Preguntar dos veces en una misma conversación nunca lo había llevado más lejos que preguntar una vez y esperar.
Lo anotó en el plano dentro de su cabeza, el mismo margen donde había empezado a guardar la mayoría de las cosas que notaba y no perseguía.
—
—Estás en otra parte —dijo Nereida, sin levantar la vista del crucigrama, la lapicera suspendida sobre el trece horizontal como si la respuesta fuera a llegar con solo esperarla lo suficiente.
—Estoy justo aquí.
—Estás justo aquí y en otra parte. Yo te crie.
Sé lo que hace tu cara cuando la mitad de ti está en otro edificio.
—Por fin le puso la tapa a la lapicera, y lo miró directamente, toda su atención girando ahora hacia él, la clase de atención que reservaba para preguntas que de verdad quería que le respondieran—. ¿Era Camila?
—Problemas con el proveedor de café. Ella lo resolvió.
—Eso no es lo que está haciendo tu cara.
Él tampoco contestó eso, y Nereida, por una vez, lo dejó pasar sin insistir: una misericordia propia, lo bastante rara como para que él la notara y se lo agradeciera en el mismo instante.
Ella volvió al crucigrama. Él volvió al mostrador, repasando medidas que ya sabía de memoria, y dejó que su mente hiciera lo que llevaba haciendo últimamente cada vez que había un tramo de silencio lo bastante largo para llenar: se fue a buscar a Grace.
No toda esa mañana en la posada —la cuadrilla del levantamiento, los seis espacios desteñidos de pavimento, la servidumbre que ninguno de los dos sabía que existía hasta que un hombre con un trípode se lo dijo.
Lo que se le quedó en cambio fue más pequeño que eso, y más difícil de trazar en línea recta: la llaneza de su «no» cuando él le preguntó si se volvía más fácil, ser dueña de cuatro fracciones de un edificio viejo.
Cualquier persona con la que hubiera trabajado en veinte años de contratos comerciales en Miami habría suavizado esa respuesta, la habría matizado, la habría convertido en algo que protegiera la relación en vez de la verdad.
Grace simplemente le había dicho que no, y después lo había dejado reírse de eso, y la risa le había salido antes de que él decidiera dejarla salir: de verdad, sin ensayar, sin nada actuado en ella para beneficio de ninguno de los dos.
No podía recordar la última vez que una desconocida le había dicho algo cierto antes de decirle algo cómodo.
No estaba seguro de haber trabajado nunca, ni en Miami ni en ninguna otra parte, con alguien que hiciera eso como cosa de rutina.
Ese era el problema con eso, si «problema» era siquiera la palabra.
No se sentía como el comienzo de algo que pudiera archivar junto a la altura del mostrador y la entrega del café y cada otra decisión de este proyecto que le pertenecía, técnicamente, a la necesidad de alguien más.
Se sentía como lo primero en más tiempo del que quería contar que de verdad podría querer por sí mismo, aparte del negocio con el que había llegado disfrazado.
Lo cual era exactamente el problema.
—
Dejó el lápiz sobre el caballete junto al crucigrama sin terminar de su madre e hizo las cuentas que había estado evitando desde el callejón: no las cuentas de la servidumbre, que eran bastante simples sobre el papel, sino las otras, las que importaban más mientras más tiempo las dejara sin examinar.
Cuatro mujeres eran dueñas de esa posada en partes iguales.
Cuatro votos tenían que caer en el mismo sentido antes de que el mostrador de su madre pudiera servirle legalmente una sola taza de café a un solo cliente parado en la vereda de afuera.
Y uno de esos cuatro votos le pertenecía a una mujer en la que él había empezado a pensar, en el espacio de dos conversaciones y un apretón de manos que duró un compás de más, en un registro que no tenía nada que ver con espacios de estacionamiento.
Si alguna vez salía a la luz de esa manera —si alguien en este pueblo llegaba a tener razón para decir que Grace Lindqvist había votado por abrir el negocio de su madre porque se estaba enamorando del hombre que dibujó los planos— le iba a costar algo a ella.
Todavía no la conocía lo suficiente como para saber exactamente qué, pero sabía lo suficiente sobre pueblos chicos, y sobre mujeres que lloraban en libros de cuentas en vez de en voz alta, como para entender que lo que fuera que le costara caería más pesado sobre ella de lo que caería jamás sobre él.
Él era el recién llegado. A los recién llegados se les perdona querer cosas.
Se es menos indulgente, por lo general, con quienes habían sido firmes y cuidadosos toda su vida y de pronto dejaban de serlo.
Así que él también iba a tener cuidado. Más cuidado del que la situación estrictamente requería, tal vez, pero prefería sobrecorregir antes que ver alguna versión de esto contada sobre un café en el mercado con su nombre metido ahí junto al de ella, sin que ninguno de los dos pudiera decir después que el registro mostraba algo más que un proceso recto, documentado, enteramente formal.
Encontró un retazo del papel de dibujo, lo arrancó por la perforación del rollo, y escribió en la parte de arriba, con la misma letra cuidadosa que usaba para cada juego de documentos de construcción que hubiera archivado alguna vez: «Solicitud de reunión de la LLC — reactivación de la servidumbre compartida de acceso/estacionamiento, parte trasera del edificio Ferris.
» No una conversación sobre una mesa plegable en una cocina a medio construir.
No otro jueves en que se topara con Grace en el escritorio.
Una carta, dirigida a las cuatro, con copia a la oficina de permisos, fechada y específica sobre qué estaba pidiendo y a quién: el tipo de documento que no dejaba espacio para que nadie, incluido él mismo, se preguntara después si la servidumbre y la mujer se habían enredado en el orden equivocado.
Se sintió, cuando dejó la lapicera, menos como precaución y más como penitencia por algo que todavía no había hecho.
No sabía, mientras doblaba el retazo de papel para guardárselo en el bolsillo de la chaqueta y pasarlo en limpio esa noche, si la carta iba a ayudar en algo.
Podía hacer exactamente lo que estaba pensada para hacer: mantener limpio el registro, mantener limpio el voto, evitar que cuatro mujeres tuvieran alguna vez que explicar una decisión que no le debía nada a él más allá de lo que estaba escrito en la página.
O podía terminar siendo nada más que una manera formal y minuciosamente documentada de postergar la conversación que de verdad quería tener, la que no tenía nada que ver con espacios de estacionamiento, durante todo el tiempo que el papeleo se lo permitiera.
Detrás de él, su madre volvió a taparse la lapicera por segunda vez y dijo, sin levantar la vista—: Ocho letras. «Resuelto». Eso es el trece horizontal, por si todavía estás escuchando.
—Estoy escuchando —dijo Andrés, y no estuvo seguro, ni siquiera mientras lo decía, de cuál conversación quería decir.