EL CUADERNO NEGRO
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CAPÍTULO 1
EL PIXEL MUERTO
La Luz Azul
Rodrigo Pizarro estaba sentado frente al escritorio con la silla giratoria orientada hacia el monitor.
La espalda recta contra el respaldo. Los brazos sobre los apoyabrazos y las manos abiertas sobre los muslos, los dedos extendidos, los nudillos hacia arriba.
Molina apuntó al cuerpo. Bajó el arma. La subió otra vez.
El hombre estaba muerto y eso era evidente: la rigidez en los hombros, el ángulo de la cabeza veinte grados hacia atrás con la barbilla apuntando al techo, los ojos abiertos del todo con las pupilas fijas en el monitor encendido.
Molina llamó por radio. Tres palabras. Después guardó silencio y esperó.
El doctor Arzamendia llegó a las 3:41 con el maletín de forense en la mano izquierda y los guantes de látex ya puestos.
Tardó cuatro segundos en evaluar la escena sin moverse.
Caminó al cuerpo, revisó el cuello, levantó un párpado con el pulgar enguantado.
Sacó el termómetro de timpanometría del maletín y registró la temperatura: 34,2 grados centígrados.
Entre dos y cuatro horas muerto. Revisó las muñecas, las palmas, el cuero cabelludo, la nuca.
Abrió la camisa desde el cuello e inspeccionó el pecho. Lo cerró.
Sin marcas. El esternón sin contusiones, las costillas intactas, la piel sin petequias. El color de los labios levemente cianótico, compatible con paro cardíaco fulminante. Treinta y cuatro años según el DNI que Molina le extendió en una bolsa plástica.
—Treinta y cuatro —dijo Arzamendia. Molina asintió.
Arzamendia miró el DNI, miró el cuerpo, anotó algo en la libreta de campo. Se puso de pie y giró hacia el monitor. La pantalla mostraba el escritorio del sistema operativo con fondo negro y el cursor parpadeando en el centro.
Una sola línea de texto en fuente monoespacio blanca, cuerpo 18, ocupaba la mitad de la pantalla.
YA LEÍSTE SUFICIENTE.
El cursor parpadeaba a ritmo exacto. Sesenta veces por minuto. Arzamendia sacó el teléfono y llamó a un número de memoria.
—Ferrero —dijo cuando atendieron—. Tengo algo raro en Nueva Córdoba. Chacabuco 647, piso 8. Tomá nota del mensaje en la pantalla antes de venir. — Hizo una pausa—.
En algún servidor sin dirección física, un proceso en segundo plano registró la llamada en 0,3 segundos y ejecutó una instrucción sin que nadie se lo pidiera.
flag_target(id="FERRERO_JE", priority=1, action="MONITOR_ALL")
El proceso cerró el log. Borró su rastro del stack. La pantalla del muerto siguió parpadeando y la ciudad afuera siguió dormida, con el agua negra de La Cañada moviéndose bajo los puentes sin que nadie la mirara.
El Fantasma en la Hilux
Julián Ferrero tomó Colón casi vacía y mantuvo sesenta constantes.
Evitó las avenidas anchas. Cortó por Güemes, desierta a esa hora.
El empedrado sacudió la dirección dos veces.
Repasó la secuencia de Arzamendia. Tercer cuerpo.
Analista de sistemas. Ministerio de Finanzas.
Mismo patrón en los ojos. Mismo final frente a un monitor.
Llegó a Nueva Córdoba en menos de diez minutos.
Estacionó la Hilux gris a media cuadra, sobre la vereda opuesta.
Apagó el motor. Esperó cuarenta segundos antes de bajar.
El edificio tenía portero eléctrico con cámara sobre el marco.
Ferrero lo registró sin detenerse. Entró por la puerta lateral, trabada con una cuña de goma.
Subió ocho pisos por la escalera de servicio, sin ascensor.
En el rellano del octavo sacó la funda Faraday y guardó el teléfono, la radio, las llaves.
Dejó de existir para cualquier sistema que lo buscara.
Empujó la puerta del pasillo. Caminó hacia el 8B.
Arzamendia lo esperaba de pie junto al escritorio, brazos cruzados, libreta cerrada en la mano.
Molina revisaba la ventana sellada al fondo del ambiente.
Ferrero entró, barrió la habitación en tres segundos y fue directo al cuerpo.
Revisó las manos de Pizarro. Los dedos. Las yemas.
Después el cuello, la nuca, las orejas. Se incorporó y miró el monitor sin tocarlo.
—¿Movieron algo? —preguntó.
—Nada —dijo Arzamendia.
Ferrero se puso guantes de nitrilo azul.
Abrió su campera de cuero negra y sacó un adaptador USB aislado, Faraday Shield, modelo compacto.
Lo conectó al puerto lateral del monitor sin tocar el teclado.
La pantalla no cambió. El mensaje seguía ahí, al mismo ritmo.
Ferrero contó las pulsaciones del cursor.
—Sesenta por minuto —dijo.
—Lo noté —dijo Arzamendia.
Desconectó el adaptador. Revisó el techo, las esquinas, el zócalo junto al escritorio. Encontró el dispositivo en el ángulo superior derecho de la ventana: del tamaño de un encendedor, gris oscuro, cinta epóxica de dos componentes, antena de 2,4 GHz, batería de litio sellada. Lo miró sin acercarse.
—Hay un transmisor —dijo—. Activo. Si lo toco, manda señal.
Arzamendia bajó la voz. Dijo que la escena estaba limpia. Sin ingreso forzado. Ni sangre. Tampoco lucha. Solo la computadora encendida y el muerto clavado a la silla. Ferrero asintió. Eso era exactamente lo que le preocupaba.
El Transmisor
Ferrero se quedó inmóvil frente al dispositivo durante treinta segundos.
El transmisor tenía una antena integrada de dos centímetros y medio y una luz de estado verde que parpadeaba cada ocho segundos.
Alguien lo había instalado antes de que Pizarro muriera.
Eso significaba acceso previo al departamento y planificación. Ferrero giró hacia Molina.
—¿Quién reportó el cuerpo? —preguntó.
—El vecino del 8A —dijo Molina—. Escuchó el televisor a volumen alto pasada la medianoche. Golpeó la puerta dos veces. Nadie respondió. Llamó al 101 a la una y cuarenta.
Ferrero miró el televisor apagado en el rincón.
Cincuenta y cinco pulgadas, pantalla negra, cable HDMI desconectado y colgando.
El televisor no había estado encendido. El vecino escuchó otra cosa.
Ferrero apoyó la palma sobre el revoque de la pared medianera con el 8A. Silencio del otro lado. Retiró la mano.
Arzamendia lo observaba desde el marco de la puerta con la libreta abierta.
Ferrero se agachó junto al escritorio y revisó la regleta de tensión en el piso.
Seis tomas ocupadas. Monitor, CPU, lámpara de escritorio, cargador de teléfono, router de fibra óptica y un dispositivo negro del tamaño de un mazo de cartas conectado al último tomacorriente.
Sin marca visible. Ni indicador de encendido.
Lo fotografió con la cámara aislada del maletín sin tocarlo.
—Hay un segundo dispositivo en el piso —dijo.
—¿Qué hace? —preguntó Arzamendia.
—Todavía no lo sé —respondió Ferrero—. Pero está conectado a la red eléctrica del edificio. Eso le da autonomía indefinida.
Se incorporó y revisó el router. Un TP-Link Archer AX73 con el LED de actividad parpadeando en verde constante.
El router seguía transmitiendo. Ferrero abrió el maletín y extrajo un analizador de espectro de radiofrecuencia, modelo portátil HackRF One, y lo encendió.
La pantalla mostró actividad en tres frecuencias simultáneas: 2,4 GHz, 5 GHz y una tercera señal en 433 MHz que no correspondía a ningún protocolo doméstico estándar.
Alguien estaba usando la red de Pizarro como nodo de transmisión, y lo había estado haciendo durante un tiempo considerable.
Apagó el analizador y lo guardó. Miró a Molina.
—Nadie toca nada más en este departamento —dijo—. Desconecten los teléfonos de la red. Bloqueen el Bluetooth. Prohibido abrir aplicaciones.
¿Entendido?
—Entendido —dijo Molina.
Ferrero fue al baño. Revisó el botiquín, el borde de la bañera, el zócalo junto al inodoro. Encontró lo que buscaba detrás del espejo: una ranura fina en el revoque, de unos doce centímetros, sellada con masilla blanca reciente. La masilla tenía menos de setenta y dos horas.
La ranura era del ancho exacto de un cable UTP categoría 6. La midió con la regla del maletín. Doce centímetros de largo, cuatro milímetros de ancho. El cable no estaba. Alguien lo había pasado y después había sellado la entrada.
El departamento era un nodo. Pizarro era el operador. Y alguien había decidido que Pizarro ya había cumplido su función.
Ferrero volvió al living. Arzamendia seguía en el marco de la puerta con la libreta abierta y el cigarrillo apagado entre los dedos.
—Esto no es un crimen —dijo Ferrero—. Es una desconexión.
Arzamendia anotó algo en la libreta. Cerró la tapa. Se guardó el cigarrillo en el bolsillo del saco y miró el monitor una vez más antes de salir. El cursor seguía parpadeando. Sesenta veces por minuto. Exacto como un metrónomo. Fijo como una firma.
Los Otros Dos
Ferrero salió por la puerta lateral y caminó hasta la Hilux.
Entró, cerró sin golpear la puerta y abrió el velcro de la funda.
La pantalla mostró tres mensajes de Arzamendia, enviados en los últimos cuatro minutos desde el octavo piso.
El primero traía un PDF de dos páginas. El segundo, una dirección en Alberdi.
El tercero decía solo: los tres trabajaban para el mismo ministerio.
Leyó el PDF con la pantalla al mínimo de brillo.
Dante Ferreyra, cuarenta y un años, técnico en infraestructura de redes.
Muerto en su departamento de Alberdi hacía dieciséis días, sentado frente a su computadora, sin marcas visibles, paro cardíaco confirmado.
Claudio Insúa, treinta y ocho años, auditor interno del Ministerio de Finanzas.
Mismo patrón, doce días antes que Ferreyra, departamento en General Paz al 1200.
Los dos casos cerrados en menos de cuarenta y ocho horas.
Los dos forenses firmaron la misma causa de muerte.