El crimen antes del nombre (La materia de las leyes 1) 41. Sin derecho a la necesidad #2
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41. Sin derecho a la necesidad #2

—Puedes pedir comparecer sobre tus accesos, la renovación, la búsqueda de una descendiente y cualquier coordinación que conozcas.

—No basta.

—No tienes derecho a que tu crimen te dé una tribuna más amplia.

—La sala escucha a Sibila porque administra las garantías. Escucha a Daro porque contradice. Escucha a tu nueva defensora porque traduce. Yo preparé la única impugnación que obligó a abrir el expediente.

—Alda preparó otra.

—Que no abrió nada.

Mara puso la palma izquierda sobre la denuncia. El papel estaba frío. No necesitaba subir la voz para notar que el cuerpo quería hacerlo.

—No sabes qué habría abierto porque la mataste. No puedes usar la incertidumbre que creaste como prueba de que solo funcionaba tu plan.

Teren retiró las manos.

—La Cámara la habría detenido.

—Quizá.

—La regla habría seguido.

—Quizá.

—Tú no existirías.

La mesa no cambió de altura. El agente siguió junto a la puerta. Jara no escribió durante un momento.

Mara miró la cuadrícula de la denuncia. Una casilla pedía identificar a las personas y materiales expuestos por el acceso ilícito. Alda había descrito lo que conocía y había dejado al órgano receptor la investigación de los demás. No había ninguna hija en ella.

—Esa posibilidad no te daba derecho a matarla —dijo—. Tampoco te daba derecho a concebir una demandante.

—No puedes negar que eres la controversia que faltaba.

—Soy una persona a la que sometiste a una controversia.

—Y ahora puedes cambiar la regla.

—Eso no vuelve necesaria la forma en que llegué.

Teren miró las ocho carpetas. Por primera vez desde que Mara había entrado, no escogió una para abrirla.

—Si solo me dejan responder a Noa, hablará una hija por una madre y otra por un padre. La sala reducirá el caso a una disputa de duelo.

—Noa no habla por Alda en todo. Es parte remedial por el daño y presenta trabajo cuya procedencia puede acreditar. Tú hablarás por tus actos. Yo por lo que pido y por lo que me ocurre. La sala tendrá que soportar que no formemos una familia útil.

—Noa querrá que me condenen antes de oírme.

—Noa fijó tu autoría cuando aún podía perjudicar la intervención de su madre. Tendrás que responder a sus preguntas.

—¿Y si me niego?

—La negativa también será tuya.

El agente de custodia sacó el formulario destinado a peticiones del ocupante y redactó la solicitud como Teren la había formulado, sin mejorarla: comparecencia para defender abolición total y aportar hechos relativos a los accesos, la renovación y la preparación de una demandante.

Jara exigió que los dos objetos quedaran en líneas separadas para que la pretensión de Teren no se incorporara como instrucción de Mara.

El primero quedaría sujeto a decisión de Cel sobre pertinencia.

El segundo, a contradicción de todas las partes y en especial de Noa respecto del daño a Alda.

—Lea —dijo el agente, girando el papel—. Si refleja su petición, puede confirmarla de viva voz. No se le pide firma ni identidad.

Teren leyó.

—Han puesto la tesis después de los hechos.

—He pedido que consten dos solicitudes —dijo Jara—. No le represento. La sala no tiene por qué admitirlas juntas porque usted quiera que una compre la otra.

Teren confirmó que esas eran sus solicitudes. El agente registró la voz como acto del ocupante presente, sin atribuirle todavía nombre civil. Conservó el original y entregó a Jara una copia como defensora de Mara.

Quedaban diecisiete minutos. Mara recogió las carpetas en orden inverso. Teren puso dos dedos sobre la de Archivo antes de que ella la retirara.

—Alda no podía saber qué cláusulas activarían al perder Olsa —dijo—. Sibila no le habría dado las reservas.

—¿Tú las conocías?

—Conocía su forma.

—Eso es una respuesta para la audiencia.

—Es una advertencia para mañana.

Mara sostuvo la carpeta hasta que él apartó la mano.

—Las advertencias también se contradicen.

El agente elevó la mesa. La cuña salió con un golpe y el vaso se inclinó. Teren lo sujetó antes de que cayera, pero el mecanismo ya lo obligaba a permanecer de pie. Jara contó las ocho carpetas, el índice y la copia de la denuncia. Ningún documento quedó en la celda.

En el corredor, otro agente llevaba una bandeja sin nombre. Tuvo que esperar a que Mara y Jara salieran para abrir. El turno de comida no se había detenido por la ausencia civil de Teren; alguien había tenido que describir por escrito qué cuerpo debía recibirlo y quién respondería si no llegaba.

Jara se detuvo junto al puesto de control y presentó la constancia de visita sin esperar a que Mara recuperara del todo el oído derecho. El funcionario transmitió la petición de Teren y selló por separado la oferta de hechos y la pretensión de alegato.

—Cel puede admitirle más de lo que tú quieres —dijo Jara cuando el sello estuvo seco.

—Lo sé.

—Y Noa puede utilizar la comparecencia para abrir hechos que no están en estas carpetas.

—También lo sé.

Mara no había ido a quitarle voz a Teren. Había ido a impedir que la voz llegara unida al derecho de escoger para qué servían las demás. Si la sala lo escuchaba, tendría que escucharlo bajo preguntas que no controlaba y conservar sus respuestas aunque perjudicaran la petición de Mara.

Mara devolvió la denuncia al estuche de la incorporación. La hoja entró junto al plan de transición, no debajo de la impugnación de Teren.

Detrás de la puerta, él podía seguir creyendo que había creado la única salida. Ya no podía exigir que los hechos se conservaran en ese orden.