25. Fuera del nombre
Ivo clavó el primer anclaje donde la calle dejó de devolver el sonido de sus pasos.
No había muralla. El adoquín municipal terminaba junto a una franja de tierra apisonada, y después continuaba el mismo adoquín durante otros veinte metros.
Sin embargo, cuando Mara golpeó una piedra con el tacón, el eco regresó desde las fachadas de Vigilia y no desde las casas del otro lado.
Ivo repitió la prueba con una varilla de madera.
—Linde exterior —dijo—. La materia sigue. La competencia territorial no.
Sacó del chaleco una estaca de cobre, la apoyó en la junta y esperó. El metal perdió dos grados. Solo entonces la fijó con un golpe corto.
Los otros tres mantenedores trabajaban desde el lado del Cuarto. Mara los distinguía por las cuerdas que llevaban atadas a la cintura, cargadas de llaves, cuencos, herramientas y rollos de tela. Ningún objeto descansaba en un bolsillo. Cada uno estaba unido al cuerpo por un nudo distinto.
La mujer que ocupaba el anclaje opuesto levantó una tablilla sin nombre.
—Sostenemos hasta la sexta comida —dijo—. Renovación cada hora exterior. Si un anclaje gana peso, retiramos primero a quien pueda cruzar por sí mismo.
Ivo consultó su reloj.
—Treinta y seis horas como máximo. Podré cerrarlo antes.
—Podrás retirar tu extremo —corrigió ella—. Aquí no cierras nada.
Ivo inclinó la cabeza y tachó una palabra de su registro.
Mara comprobó el camino. Cinco placas de latón formaban una línea quebrada entre ambos lados. Cuatro pertenecían a los mantenedores; la quinta colgaba de una correa que Ivo le entregó.
—Tu autorización personal sostiene esta —dijo—. Mientras la lleves y las otras cuatro acepten la carga, podremos medir una ruta de vuelta. No obliga al Cuarto a conservarla.
—¿Qué ocurre si se desprende?
—Seguiremos viéndote. Dejaremos de poder decir que el trayecto entre nosotros está bajo la medición aceptada.
Mara se ajustó la correa por encima de la ropa. La placa pesaba más cerca del linde.
Enna había marcado en la muñeca de Mara la última lectura fisiológica y le había colocado una banda de emergencia con dos ciclos de apoyo consentido. Antes de salir del hospital, la banda respondía al pulso con una presión leve. Allí permanecía rígida.
—Prueba cobertura —pidió Ivo.
Mara tocó el sello clínico. Las letras Hospital del Umbral perdieron relieve a partir de la última palabra. El consentimiento seguía escrito. La institución que debía ejecutarlo no encontraba competencia al otro lado.
—No habrá suspensión clínica dentro —dijo Ivo—. La banda conserva material y registro. No puede obligar a un hospital ausente a coordinar tu cuerpo.
—Mi cuerpo tampoco pertenece al hospital.
—No. Por eso te pido que distingas atención de propiedad antes de perder la primera.
La mujer del otro anclaje oyó el intercambio.
—Aquí podremos detener una hemorragia —dijo—. No podremos pedirle a tu diafragma que obedezca durante un ciclo porque una sala lo autorizó fuera.
Mara miró hacia atrás. Brena esperaba a una distancia que no comprometiera el corredor.
Llevaba el delantal de trabajo y una bolsa de comida en la mano.
Noa no estaba; su solicitud separada seguía pendiente.
Nara tampoco. Cel había negado que una defensora pudiera convertir una autorización personal en séquito.
Brena levantó la bolsa.
—Come antes de que Alimento deje de reconocer el destino.
Mara tomó pan, queso y una fruta. Brena no le pidió que volviera. Le hizo repetir cómo liberar la banda médica, cómo cortar la correa si la placa empezaba a arrastrarla y qué extremo del estuche de Elia no debía golpear el suelo.
—Las pinzas pequeñas están afiladas —terminó.
—Lo comprobaste esta mañana.
—El Cuarto no vuelve romas las herramientas. Tú sí puedes olvidarlo.
Mara guardó la comida y se volvió hacia el linde.
Ivo tensó el primer hilo. Los mantenedores respondieron desde sus placas. Una vibración atravesó el corredor, no como una apertura, sino como cinco personas aceptando medir durante el mismo intervalo.
—Primera hora —dijo Ivo.
Mara cruzó.
El pie derecho llegó entero al otro lado.
En el izquierdo, la suela se desplazó medio dedo respecto de la parte superior del zapato.
No se desprendió. La costura seguía allí, pero había dejado de mantener una relación que el Registro trataba como propiedad de Mara Ilyen.
Dio otro paso y el talón giró bajo su peso.
Se agachó antes de caer. La hebilla del estuche resistió su mano con el mismo retraso del día anterior. Las pinzas salieron, reconocieron el uso presente y cortaron dos tiras de la correa de repuesto. Mara ató la suela al empeine.
La mujer de los anclajes observó los nudos.
—Durarán hasta que se mojen.
—Necesito llegar antes.
—Eso también dura hasta que cambie algo.
No había burla en su voz. Le ofreció una cuerda embreada, y Mara dejó a cambio una de las piezas de jabón de la bolsa. La mujer hizo comparecer a otro mantenedor.
—Yo entrego cuerda. Ella entrega jabón. Tú lo has visto.
—Lo he visto —dijo el hombre.
El intercambio no dejó sello. La cuerda mantuvo la suela porque Mara, la mujer y el testigo conservaban la relación actual. Cuando Mara terminó el nudo, el hombre preguntó:
—¿Sigue aceptado?
—Sí —respondieron ambas.
Solo entonces él se apartó.
Mara enderezó el cuerpo. La sombra de la Orden se había aclarado sobre la tierra. Seguía unida a sus zapatos, pero el borde ya no sabía dónde terminaban las suelas. Inspiró. El aire entró con una facilidad que no recordaba desde el día de su cumpleaños.
Esperó la alegría y comprobó primero la placa.
Había ganado temperatura.
—La Orden se amortigua —dijo Ivo detrás de ella—. No se ha desadherido. Mira los anclajes.
En la placa de Mara apareció una película gris. Las cuatro exteriores mostraron la misma mancha, repartida en proporciones distintas. La mayor estaba bajo la mano de la mujer que le había dado la cuerda.
—La carga busca relaciones presentes —explicó Ivo—. Entrada, ayuda, testimonio, mantenimiento. Cuanto más tiempo permanezcas, más personas sostendrán algo que te permite estar aquí.
—Si no aceptan ayudarme, la deuda no llega a ellas.
—Si nadie acepta, no tendrás agua, techo, medicina ni camino de vuelta. Eso no es ausencia de coste.
La mujer limpió la placa con un paño. La película regresó desde el borde.
—A la sexta comida —recordó.
Mara siguió.
Las primeras casas no tenían números. Una conservaba un siete de metal sobre la puerta, pero estaba colocado al revés y servía para colgar una jarra.
En otra, las bisagras no pertenecían a la hoja ni al marco: cada mañana, según explicó un residente, dos personas renovaban el acuerdo de sostener la puerta y elegían en qué lado quedaban los goznes.
Cuando una se marchaba, desmontaban la hoja antes de que el peso decidiera por ellas.
Mara tocó una jamba. No había sello municipal, título de propiedad ni autorización de obra. La madera estaba seca y bien reparada. Una tira de tela unía el dintel a la muñeca de la mujer que barría el interior.
—¿La casa es suya? —preguntó Mara.
La mujer dejó la escoba.
—Esta noche mantengo el techo con otras cuatro personas.
—He preguntado por propiedad.
—Aquí la palabra no conserva nada. Si quieres saber quién puede echarme, pregunta a quienes duermen dentro y a quienes traen barro para las grietas.
Un niño salió con un cubo. La mujer renovó con él el uso del pozo hasta la comida. El niño repitió la cantidad permitida y ató el asa a su cinturón. No llevaba placa de nombre.
Ivo cruzó el linde detrás de Mara cuando los mantenedores aceptaron su paso.
Su chaleco cambió primero. Los bolsillos, regulados por el gremio para guardar instrumentos distintos bajo una distribución común, perdieron la forma idéntica.
Uno descendió, otro se cerró y un tercero dejó caer un peso.
Ivo lo atrapó antes de que tocara tierra.
—El gremio no llega —dijo Mara.
—Los bolsillos sí. Tendré que recordar qué puse en cada uno.
Sacó un cordel y los ató por parejas. Después marcó con carbón la herramienta que cada nudo sostenía.
Caminaron por una calle que cambiaba de anchura según el uso.
Los puestos de comida acercaban sus bancos al centro durante una comida y los retiraban cuando terminaba el acuerdo.
Nadie podía reservar el espacio para el día siguiente.
Una persona anunciaba: “mantengo fuego para once cuencos”; otra respondía: “aportamos agua para seis”; una tercera daba testimonio.
Las piedras del hogar se calentaban solo después de que cada mano aceptara su tarea.
Mara compró un cuenco con la mitad del queso de Brena. El vendedor ató una cuchara a la mesa y el otro extremo a la muñeca de Mara.
—Mientras comes, la usas tú —dijo.
—¿Y si me marcho con ella?
—El cordón llega hasta ahí.
Señaló dos metros.
No había amenaza judicial detrás del límite. Había una cuerda corta y cuatro personas que veían quién había aceptado qué. Mara comió de pie. Al terminar, devolvió la cuchara. El vendedor pidió al testigo que confirmara el cierre y soltó el nudo.
La fruta de Brena había perdido la etiqueta de destino dentro de la bolsa.
Seguía madura y podía alimentarla; solo había dejado de ser una provisión del Archivo para Mara.
Ella declaró que la consumiría en el trayecto y la ató a su cinturón.
Nadie necesitó reconocer propiedad para que conservara peso.
—¿Nunca acordáis algo para mañana? —preguntó Ivo.
—A veces —dijo el vendedor—. Entonces elegimos quién cargará el objeto que lo recuerde y qué puede hacer el otro si no aparecemos.
Le mostró una vara con seis muescas, ligada a dos cinturones. Duraría hasta la siguiente entrega de harina. Si una de las personas abandonaba el Cuarto, la vara seguiría existiendo, pero ninguna institución obligaría a reconocerla.
—Libertad muy ligera —dijo Ivo.
—Prueba a sostenerla con un saco al hombro.