21. Procedencia #2
Mara no encontró una palabra que mejorara la escena.
Introdujo su código de parte en el cajetín y redactó un aviso de hallazgo adverso.
Identificó el caso, el local, los cuatro sobres y el riesgo de contaminación.
Solicitó custodia común, examen de fibras y preservación del mercado de origen.
Pidió que se sirviera de forma simultánea a defensa, contradictor, intervención de Noa y representante de la Cámara de Garantías.
Antes de enviar, giró la tablilla hacia Sima.
—Lee.
—No soy tu abogada.
—Eres la persona cuyas acciones describe.
Sima leyó. Corrigió añadió líneas por compuso líneas a partir de fragmentos . Mara aceptó la precisión y añadió que algunas uniones carecían de soporte directo. Sima no quiso firmar el aviso, pero firmó haberlo leído.
Mara pulsó servicio.
El cajetín estampó cuatro horas idénticas.
La primera respuesta llegó de Daro: no mover prensa, cuerdas ni cubeta.
La segunda fue de Nara: Mara debía abstenerse de nueva manipulación y esperar custodia; Sima podía solicitar representación propia.
Noa pidió que cualquier descripción usara sujeto y acción, no la página apareció completada .
La gestora de la Cámara reservó sanciones y reclamó acceso a la identidad del vendedor.
Cel emitió una orden de preservación limitada antes de que transcurrieran veinte minutos.
No cerró la imprenta entera. Aisló la prensa, la cuerda, la mesa y el material relacionado hasta el examen del día siguiente.
Permitió trasladar los otros encargos bajo inventario, siempre que no compartieran papel ni tinta con la reconstrucción.
Sima leyó la orden.
—La prensa es la mitad del taller.
—La otra mitad sigue funcionando.
—Eso lo dice alguien que cobra una beca de un fideicomiso mientras decide qué mitad me dejan.
Mara dobló la copia sin responder. La frase pertenecía a la misma verdad incómoda que Sibila había proyectado: podía impugnar una continuidad y seguir comiendo gracias a ella. No convertía la página falsa en auténtica.
Llegaron dos custodios y una examinadora de fibras.
Mara les hizo repetir el límite antes de abrir.
La examinadora confirmó a simple vista que la página colgada era posterior al libro.
No examinó contenido ni intención. Selló los cuatro sobres, asignó número a cada zona y pidió a Sima que declarara qué tinta había usado.
Sima señaló un frasco.
—Mezcla de hierro envejecido y aglutinante neutro.
—¿Preparada para imitar el original?
—Preparada para que la reconstrucción fuera legible junto a él.
La examinadora escribió ambas formulaciones sin elegir una.
Cuando terminaron, la prensa quedó rodeada por hilo rojo. Los encargos de la cooperativa y el hospital tuvieron que moverse a una mesa pequeña. Sima calculó cuántas horas perdería componiéndolos a mano.
—La página podía abrir el libro de pagos —dijo.
—Podía permitir que cerraran todo lo demás como fraude.
—Los pagos siguen ahí.
—Los fragmentos siguen ahí. Ahora podremos preguntar de dónde salieron sin fingir que tenemos lo que falta.
Sima tomó el recibo de custodia. Había seis casillas: origen, primer receptor, transformaciones, herramientas, testigos y defectos. La cuarta ocupaba demasiado espacio para una imprenta pequeña.
—Esto sirve para una pieza —dijo—. No para miles de hojas.
—Entonces diseña otra cosa.
—¿Para que la Cámara la selle?
—Para que quien reciba una página pueda saber quién la imprimió, qué se cambió y dónde está el original. El sello vendrá después, si una autoridad acepta el procedimiento.
Sima miró el cajetín con las cuatro horas iguales.
Sacó una hoja y empezó a dividirla en franjas desprendibles.
En la primera puso número de matriz. En la segunda, lote de papel y tinta.
En la tercera, impresor y testigo. En la cuarta, destinatario y hora.
Añadió una casilla grande: DEFECTO O REIMPRESIÓN; NO COMPLETAR SIN RASTRO .
—Si cada destinatario devuelve una tira —dijo—, el original conserva cuántas salieron.
—Y las que se estropean.
—Las que se estropean no se cuentan.
Mara señaló la página aislada.
Sima tachó la frase.
—Se cuentan como anuladas —corrigió—. Se conserva el número.
La examinadora de fibras las oyó desde la prensa.
—Eso no les da autoridad para notificar —dijo.
—Ya lo sé —respondió Sima.
No sonó complacida. Sonó precisa.
Mara se sentó junto a la mesa pequeña. La mano izquierda le dolía desde la exposición de contratos.
Con el índice derecho podía sostener una regla; el anular y el meñique aún llegaban tarde.
Sima colocó un tope de madera para que no necesitara cerrar toda la mano.
No pidió permiso, pero dejó la pieza suelta hasta que Mara la acercó por sí misma.
Trabajaron en el formulario mientras los custodios examinaban el taller. No era una prueba ni un canal público. Era una forma de impedir que una futura impresión ocultara el trabajo que la había producido.
Al final de la tarde, la página favorable seguía dentro de un sobre marcado RECONSTRUCCIÓN NO AUTENTICADA .
Los fragmentos genuinos ocupaban otro. La Cámara conocía el hallazgo.
También Daro, Nara y Noa. Sima podía perder dinero y afrontar una sanción.
Mara había entregado a la oposición el mejor motivo para desconfiar de su cadena.
Sima numeró la primera hoja del nuevo sistema y la anuló delante de ella porque una esquina salió torcida. Guardó ambos trozos en un bolsillo separado.
La segunda salió limpia. En la cabecera no imprimió una conclusión. Imprimió seis lugares donde otra persona podría comprobar cómo había llegado hasta allí.