El crimen antes del nombre (La materia de las leyes 1) 21. Procedencia
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21. Procedencia

La página que podía destruir Olsa contra Olsa estaba secándose sobre una cuerda de ropa.

Sima había sujetado las esquinas con dos pinzas de madera.

Debajo, la prensa manual conservaba restos de tinta negra en los rodillos y una cubeta recogía el agua del lavado.

La hoja parecía antigua a primera vista: bordes desiguales, pequeñas manchas de hierro y una costura rota en el margen izquierdo.

Mara no la tocó.

—Dijiste que habías conseguido una copia del libro de pagos.

—Eso es.

—Eso está húmedo.

Sima cerró la puerta de la imprenta. Su cabello pasó de rojo a violeta al quedar dentro de la jurisdicción arrendada por el gremio clandestino.

No existía un letrero que reconociera el lugar como imprenta.

Había tipos móviles, papel cortado y seis encargos colgados por fecha. La conducta hacía el resto.

—La copia llegó en una emulsión de mercado —dijo—. Si no la fijaba, esta tarde volvería a ser una lista de fletes.

—¿Quién la fijó?

—Yo.

Mara dejó el estuche de Elia en una mesa limpia. La mano derecha seguía dentro de la banda térmica. Sima había colocado una lupa, dos espátulas y una lámpara lateral junto a la cuerda. No había comida.

—Enséñame el soporte recibido.

Sima señaló una bandeja cubierta. Bajo el cristal descansaban ocho hojas adheridas por una película gris. El encabezado de la primera se leía con dificultad: CUENTA DE COORDINACIÓN — OLSA . Había columnas para honorarios, copias, desplazamiento y aportación de garante.

En la cuarta hoja, dos pagos salían de la misma cuenta y terminaban en los despachos que habían representado a las partes supuestamente enfrentadas.

La cifra coincidía hasta en una comisión de copia.

En el margen figuraban iniciales que Mara había visto en la biografía corregida de un administrador de la Cámara de Garantías.

—¿De dónde procede? —preguntó.

—Un encuadernador del mercado del este la recibió dentro de un lote corregido. El libro actual dice que son cuentas de una fábrica de remaches. Cuando separó la cubierta, aparecieron estas hojas durante nueve minutos.

—Nombre.

—No trabaja con nombres.

—Entonces señal, puesto, testigo, forma de pago.

Sima golpeó el pulgar contra la mesa.

—La mitad de la ciudad compra residuos sin pedir partida de nacimiento al vendedor.

—La mitad de la ciudad no intenta usarlos contra un precedente de grado cinco.

—En la escalinata querías una contradicción que pudieras examinar.

—Por eso pregunto.

Mara acercó la lámpara a la bandeja. Las hojas originales no estaban húmedas. La emulsión gris retenía una versión discordante mientras el vidrio la mantenía aislada del uso corriente. Los trazos aparecían incompletos en los dobleces. Entre la tercera y la quinta hoja faltaba una página.

Sobre la cuerda, la prueba decisiva ocupaba precisamente ese hueco.

Mara pidió una placa de luz fría. Sima la encendió y bajó las persianas para que el calor exterior no alterara la emulsión.

La imprenta quedó iluminada desde abajo.

El papel colgado mostró fibras cortas y regulares.

Las hojas de la bandeja tenían hebras largas, restos de trapo y pequeños nudos que ninguna fábrica moderna dejaba pasar.

—No es la misma pasta —dijo Mara.

—No podía pasar la emulsión por la prensa. Se habría roto.

—No he preguntado por qué usaste otro papel.

Sima retiró la hoja de la cuerda y la dejó sobre una malla de secado. Había copiado el aspecto de los bordes con una cuchilla dentada. La costura rota no atravesaba la fibra: estaba impresa.

Mara leyó el contenido. La página enumeraba seis pagos.

Dos a un despacho Olsa, dos al otro. Uno al administrador común.

El último cubría una comida de preparación celebrada antes de que se presentaran las demandas rivales.

Si era auténtico, no demostraba solo financiación común. Demostraba coordinación previa.

En la esquina superior aparecía el número 48 .

Mara levantó la tercera hoja de la emulsión mediante una espátula. La numeración del libro no contaba páginas. Contaba folios. El recto llevaba 23 ; el reverso, 23v . La quinta hoja empezaba en 25 . La página ausente debía ser 24 y 24v , no 48.

—Esta numeración no existía en el original.

Sima se apoyó contra la prensa.

—El índice posterior convierte folios en páginas. Cuarenta y ocho corresponde al reverso que falta.

—Un índice posterior a la corrección.

—Ayuda a encontrarlo.

—También fecha la copia que has hecho.

Mara orientó la lámpara sobre la tinta. Las cifras de pago tenían distinta densidad. Algunas conservaban bordes granulados, como trazos recuperados de presión indirecta. Otras eran continuas y más oscuras.

—¿Qué parte recibiste?

Sima no contestó.

Mara separó una caja de tipos del banco. Debajo había una tira de prueba con las mismas cifras. Al lado, un papel fino lleno de marcas tomadas por frotado. La página ausente había dejado presión sobre la siguiente hoja; podían reconstruirse fragmentos, no líneas enteras.

—¿Qué parte? —repitió.

—Los destinatarios y cuatro importes estaban en el relieve. El administrador aparecía en el índice. La comida constaba en un recibo del mismo lote.

—¿Y las frases que los unen?

—Las recompuse según las otras páginas.

—¿La fecha?

—El recibo estaba fechado.

—¿La cuenta de origen?

Sima miró la cubeta de lavado.

—Era la única que cuadraba.

Mara sostuvo la espátula con la mano izquierda. La derecha quiso cerrar tarde sobre el mango y lo empujó contra el vidrio. El golpe no lo rompió, pero movió la bandeja un dedo.

Ambas se quedaron quietas.

—No la toques —dijo Sima.

—Acabas de decirme que no toque tu prueba fabricada.

—He dicho la bandeja.

Sima colocó cuñas alrededor del cristal. Mara retiró la mano derecha. El retraso de dos dedos había estado a punto de mezclar el único soporte recibido con restos de una impresión nueva.

—Necesito cuatro láminas limpias, hilo sin usar y sobres —dijo Mara.

—¿Para qué?

—Para aislarlo todo.

—Primero escucha. No pensaba presentar la hoja como original. Es una reconstrucción legible. La emulsión se apaga y nadie puede trabajar con ocho minutos de manchas.

—No has escrito reconstrucción .

—Iba a explicarlo.

—Después de enseñarme una página que parece pertenecer al libro.

—Te la enseñé a ti.

—Soy parte de un proceso. Desde que la recibo, también importa qué hago con ella.

Sima arrancó cuatro láminas de una pila y las dejó con más fuerza de la necesaria.

Mara verificó que no llevaran tinta ni uso anterior.

Colocó la bandeja original entre dos. La página impresa quedó entre las otras.

En un tercer sobre guardaron pruebas de tipos, frotados y recibos.

En un cuarto, las herramientas que habían tocado la emulsión.

—La cuchilla no tocó el original —dijo Sima.

—Escribe eso.

—¿Ahora?

—Con hora.

Sima sacó una hoja corriente.

—No, de ese lote no. Ha estado junto a la prensa.

Eligieron papel aún envuelto. Mara dictó una relación sin calificar intención: material recibido del mercado discordante; falta entre folios veintitrés y veinticinco; página reconstruida por Sima Rul sobre soporte posterior; segmentos inferidos a partir de relieve, índice y recibo; ausencia de señalización externa antes de mostrársela a Mara.

Sima interrumpió:

—Pon que el contenido puede ser correcto.

—Ponemos que cuatro importes y dos destinatarios son legibles en el relieve. Lo demás necesita prueba.

—Sabes que pagó la misma cuenta.

—Sé que parece salir la misma cuenta en una emulsión sin vendedor identificado.

—Eso nunca te bastará.

—Todavía no.

Mara volvió a la quinta hoja a través de la lámina.

En el borde inferior sobrevivía una referencia cruzada: liquidación por Cuenta de Mesa, discrepancia 14 .

El número coincidía con el grabado en la base del carro que Ulan había probado en el antiguo comedor.

Dos líneas más abajo figuraba un pago de traslado, pero el destinatario se había corregido con la realidad vigente y ahora nombraba a la fábrica de remaches.

—Esto sí estaba en el soporte recibido —dijo Mara.

Sima acercó la luz.

—Y conduce al mismo pagador.

—Conduce a una discrepancia de liquidación. Ulan dijo que las liquidaciones impugnadas podían sobrevivir bajo custodia independiente.

—Si pedimos ese expediente, la Cámara sabrá qué buscamos antes de que lo abran.

—Ya sabe que buscamos financiación común.

Mara añadió la referencia a la relación de hallazgo. La página fabricada ofrecía una conclusión inmediata. El renglón auténtico ofrecía una dirección que otra oficina podía negar, preservar o contradecir.

—También hay relieve en el reverso —dijo Sima—. Si nos dejan separar la emulsión, quizá aparezca el código completo.

—Lo decidirá una examinadora con todas las partes notificadas.

Sima golpeó otra vez el pulgar. Le costaba más entregar una pista incompleta que una página terminada.

Mara entendía el impulso. Restaurar consistía muchas veces en devolver legibilidad a un hueco.

La diferencia era que un restaurador marcaba dónde acababa la fibra y empezaba su intervención.

Sima había querido que el lector no viera la unión.

Mara pidió usar el canal de notificación de la imprenta. Sima se colocó delante del cajetín.

—Si informas ahora, la Cámara dirá falsificación antes de que podamos certificar el lote.

—Si informo después, dirá ocultación y tendrá razón.

—Me cerrarán el taller.

—Pueden aislar la prensa hasta examinarla.

—Tengo seis encargos para mañana.

Mara miró las hojas colgadas por fecha. Invitaciones de una cooperativa, etiquetas médicas, un manual de mantenimiento, dos declaraciones privadas y un lote de recibos. La procedencia no era una abstracción para Sima. Si custodios ocupaban la imprenta, otras personas perderían plazos.

—Voy a declarar que moví la bandeja —dijo Mara—. También que la hoja se me presentó sin rótulo de reconstrucción. No voy a decir que quisieras engañar al tribunal. Eso se decidirá con tu explicación y las piezas.

—Qué generoso.

—No es generosidad.