El criadero (Trilogía SG 3) (Thriller del FBI de Abby Kane 9) CAPÍTULO CINCUENTA Y TRES
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CAPÍTULO CINCUENTA Y TRES

Chu noqueó a su atacante con una patada inversa al cuello y se interpuso en la entrada para bloquear al hombre que llevaba a Xiaolian. Conectó un jab de izquierda que lo detuvo en seco, y Xiaolian aprovechó para zafarse.

—¡Xiaolian, por aquí! —grité mientras corría hacia ella.

Chu aporreó al tipo hasta que cayó al suelo.

—Síganme —dijo—. Hay salida por atrás.

Agarré la mano de Xiaolian.

—¡Kyle!

Kang neutralizó a su atacante y nos alcanzó. Cruzamos una puerta estrecha y entramos en un corredor oscuro de techo bajo.

—¡Cuidado con la cabeza, Kyle!

Chu nos guio por una puerta destartalada y luego por otra, hasta un callejón detrás del edificio. Solté un suspiro de alivio en la oscuridad, pero entonces apareció un grupo de figuras sombrías.

—Cabezas de serpiente —dijo Chu.

—¿Qué, han enviado a toda la organización?

Chu sacó unos nunchakus del cinturón. Dos giros rápidos y le abrió la frente al primer hombre que nos alcanzó. Ejecutó unos cuantos movimientos más y se detuvo con uno de los palos bajo la axila. Guiñó un ojo.

—Vayan —dijo—. Yo me encargo de ellos.

No hizo falta que me lo dijeran dos veces. Mientras Chu se enfrentaba a los demás, Kang, Xiaolian y yo echamos a correr. Casi esperaba que aparecieran más de esos tipos, pero no fue así.

—¡Allí! —Kang señaló un taxi.

El conductor, un hombre bajo y delgado, devoraba un cuenco de comida apoyado contra su vehículo. Levantó la vista hacia nosotros. El cuenco se le cayó de las manos. Se le abrieron los ojos como platos. Supongo que tres personas corriendo directamente hacia él podían resultar intimidantes.

Cruzamos la calle esquivando el tráfico. El taxista agitó las manos cuando llegamos hasta él.

—No, no —dijo en chino.

—Sí, sí —respondí en el mismo idioma.

Abrí la puerta trasera y metí a Xiaolian dentro. Kang ya había rodeado el coche hasta la puerta del copiloto. El conductor no había hecho ademán de subirse. Miraba fijamente algo detrás de mí. Me di la vuelta. Dos cabezas de serpiente venían corriendo hacia nosotros.

—Pagaremos el doble. Tú conduce.

El conductor abrió la puerta, pero vaciló. Lo ayudé a entrar de un empujón. Luego me metí en el asiento trasero con Xiaolian y grité adónde íbamos.

El conductor giró la llave, metió la marcha y pisó el acelerador. Las ruedas traseras chirriaron y el coche compacto salió disparado.

—¡Las luces! ¡Las luces! —grité.

Encendió los faros. Miré hacia atrás: los dos hombres que nos perseguían habían aflojado el paso y desistido. Chúpate esa.

Le dije a Xiaolian que se abrochara el cinturón mientras me acomodaba en el asiento.

—Como una plaga de langostas, esos tipos —dijo Kang, secándose la frente con las manos.

—Bueno, parece que estamos a salvo.

Apenas lo había dicho cuando un fuerte golpe nos lanzó hacia delante.

El cinturón se me clavó en el pecho. ¿Qué demonios?

Miré por la ventanilla trasera y vi un todoterreno detrás de nosotros.

Aceleró y volvió a embestirnos. Nuestro coche coletó mientras el conductor luchaba por mantener el control.

—¡No pares! —grité.

El todoterreno se puso a nuestra altura. Una ventanilla bajó. Ya sabía lo que venía.

—¡Kang!

—Ya voy.

Agarró el volante, pasó la pierna izquierda al lado del conductor y pisó el freno justo cuando empezaron a disparar desde el todoterreno.

Kang pisó el acelerador y lanzó nuestro coche contra el todoterreno, embistiéndolo en la esquina trasera.

El todoterreno se desvió a la izquierda, luego a la derecha y otra vez a la izquierda: el conductor corrigió de más y fue directo hacia un camión que venía de frente.

Los escombros volaron por los aires cuando el enorme camión destrozó el todoterreno y a los cabezas de serpiente que iban dentro.

Nuestro conductor gritaba sin aliento.

—¡Están locos!

Forcejeó con Kang por el volante mientras pisaba el freno. El coche derrapó de lado hasta detenerse, y el conductor saltó del coche y desapareció.

Kang se desabrochó el cinturón e intentó deslizarse al asiento del conductor, pero tuvo problemas para pasar aquellas piernas de cigüeña al otro lado.

—Quédate ahí.

Salí, me metí en el asiento del conductor y pisé el acelerador.

Kang se giró para mirar por la ventanilla trasera.

—Eso va a llamar la atención.

Eché un vistazo a Xiaolian.

—¿Estás bien ahí atrás?

—Sí, estoy bien.

Se aferraba con fuerza al apoyabrazos de la puerta.

Kang sacó el móvil y abrió una aplicación de mapas.

—La autopista Luchaogang no queda lejos de aquí. Nos llevará directo a la bahía de Hangzhou.

—Creo que estaremos bien en cuanto salgamos de esta zona. Este taxi pasará desapercibido entre los demás.

—Eso espero.