CAPÍTULO CINCUENTA
Ping estrelló el móvil contra la pared y lo hizo añicos.
—Hijo de puta.
—¿Qué pasa? —preguntó su segundo al mando, entrando a toda prisa en el despacho.
—Nos han despedido.
—¿Despedido? ¿Por lo de la chica? Estamos trabajando en ello. Tienen que darnos tiempo.
—No, no, no. No del todo. Seguimos encargándonos de asegurar y transportar el ADN. Pero en cuanto a encontrar a la chica... tienen otros planes y no quieren que intervengamos.
—Eso es bueno. Podemos centrarnos en lo que mejor sabemos hacer.
—No, no es bueno. ¿No lo ves? Es una señal de fracaso. Nunca hemos fallado en un trabajo. Es una mancha en nuestra reputación que podría afectar a nuestros tratos futuros.
—¿Qué quieres decir?
— Encontraremos a esa chica. Y la entregaremos como prometimos.
Unos golpes urgentes en la puerta captaron su atención. Antes de que Ping pudiera responder, la puerta se abrió y entró uno de sus hombres, ensangrentado y maltrecho.
—Siento irrumpir así, pero tengo algo muy importante que decirte.
Ping le indicó con un gesto que se acercara.
—¿Qué te ha pasado?
—Un hombre. Americano. Hizo preguntas sobre nuestro negocio con el ADN. No le dije nada.
—¿Americano? ¿Qué aspecto tenía?
—Mestizo. Asiático y europeo.
—¿Qué quería saber?
—Quería saber quién paga por el ADN. No le dije nada, pero sabía que éramos cabezas de serpiente. Sabía que traficábamos con ADN. No sé cómo lo sabía. No dije nada. Lo juro.
Ping miró a su segundo.
—Dijiste que solo los agentes Kane y Kang habían venido a Shanghái.
—Así es. Este otro hombre... no tengo ni idea de quién es.
El segundo se volvió hacia el hombre maltrecho.
—¿Cómo te encontró ese americano?
—Iba caminando y de repente sentí un dolor en la nuca. Me desperté en una habitación, esposado.
—Secuestro, interrogatorio, conocimiento de nuestras operaciones... El americano podría ser de la CIA —dijo el segundo.
—¿La CIA? —Ping alzó la voz—. ¿Por qué están metidos en esto?
—Solo hay una razón para que lo estén. Dice la verdad. Probablemente nos tienen vigilados. Esta podría ser su manera de avisarnos de que nos están observando.
Ping miró al hombre maltrecho y torció el gesto al ver su rostro hinchado y enrojecido.
—¿Cómo escapaste?
—Me dejó ir.
—¿Te dejó ir? ¿Así, sin más? Algo le habrás dicho que valiera la pena.
—No le dije nada. Lo juro.
—¿Crees que te dejaría ir después de darte una paliza? —preguntó Ping—. Me cuesta creerlo. Algo habrás dicho.
—Juro que no dije nada porque no sé nada. Solo le dije que tú tienes las respuestas que busca.
—¡Idiota! —Ping descargó un puñetazo sobre el escritorio—. ¿Te das cuenta de que acabas de convertirme en un objetivo?
—Pero... yo, eh...
Ping se levantó de golpe, rodeó el escritorio y alzó la mano para golpear al hombre.
Este chilló.
—¡Espera, tengo más que decir!
—¡Habla!
El hombre se encogió ante Ping como un perro asustado.
—Seguí al americano después de que me soltara. Fue al local de Chu.
—¿Chu?
—El gordo —dijo el segundo—. Dirige una organización pequeña. Nuestros negocios no se cruzan.
—Entonces, ¿por qué está metido en esto? ¿Qué saca él de todo esto?
—No lo sé, pero hay una forma fácil de averiguarlo.