El criadero (Trilogía SG 3) (Thriller del FBI de Abby Kane 9) CAPÍTULO TREINTA Y SEIS
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CAPÍTULO TREINTA Y SEIS

Al apartar la cortina, descubrí un pequeño pasillo con un tejadillo improvisado de madera de desecho, metal y lona. Cada pocos metros colgaba una bombilla. El asfalto estaba mojado y el aire olía agrio, a comida podrida.

Hice caso omiso de la estética y seguí adelante. El corto pasillo terminaba en una puerta de vaivén. Para ser un escondite secreto, no parece muy preocupado por la seguridad. Un anciano en la entrada, sin cerradura en la puerta, sin cámaras, sin matón de guardia. ¿Quién es este tipo?

Detrás de la puerta había cinco escalones que llevaban a otra puerta, esta vez una de verdad. Llamé y esperé. Al cabo de unos segundos, volví a llamar con más fuerza. Nada. Probé el pomo. No estaba cerrada con llave, así que entré.

Al otro lado de la puerta había numerosas mesas cuadradas con clientes que comían, bebían y charlaban animadamente.

¿Esto es un restaurante? Al fijarme mejor, me di cuenta de que solo había hombres sentados a las mesas.

Ni mujeres ni niños. Tampoco había camareros, ni menús, ni fotos de comida en las paredes.

El suelo era de hormigón sin pulir. No vi ninguna puerta que diera a una cocina, ni oí el bullicio típico de una.

No había barra a la vista, pero sí botellas de whisky en las mesas.

Una por una, las cabezas se volvieron hacia mí, la conversación cesó y me convertí en el centro de atención. No sabía qué hacer. Las instrucciones de Leslie terminaban en el pollo rojo. Había dado por hecho que me recibirían unos matones y me llevarían ante el jefe. Suena lógico, ¿no?

Justo cuando el silencio empezaba a resultar incómodo, una voz gritó desde el fondo de la sala en un inglés entrecortado.

—Bienvenida, amiga de amiga.

Recorrí con la mirada el mar de rostros, pero no logré distinguir quién me había hablado.

—Por aquí —volvió a decir la misma voz.

Esta vez localicé a quien hablaba. Estaba sentado en un reservado semicircular en la esquina del fondo. ¿Qué manía tienen estos hombres con sentarse siempre en reservados del fondo? Pasa lo mismo cada vez que me reúno con uno.

Supuse que era mi contacto, aunque no podía distinguirle el rostro. Caminé hacia él, ignorando las miradas que seguían todos mis movimientos.

La misteriosa figura era algo rechoncha y lucía un bigote de línea fina. Era calvo y llevaba tatuajes en los antebrazos; las mangas de su camisa blanca estaban remangadas hasta los codos. El humo del cigarrillo que se consumía en un cenicero cercano le hacía entrecerrar los ojos al mirarme.

—¿Chu, supongo? —había decidido mantener la conversación en inglés.

—Siéntate, siéntate —dijo asintiendo y señalando el lado izquierdo del reservado—. Eres Abby, ¿verdad?

—Así es.

—¿Algo de comer, sí? —no esperó respuesta y empezó a chasquear los dedos. Al momento, uno de sus hombres dejó delante de mí un plato de fideos fritos y una botella de agua.

Señaló con un gesto el Johnnie Walker Red que había en la mesa.

—¿O prefieres esto? —dijo con una sonrisa burlona.

—Con el agua me basta. Ahora que hemos cumplido con las formalidades, ¿podemos ir al grano? Ando escasa de tiempo.

Se recostó en el asiento y su barriga topó con el borde de la mesa.

—Quieres encontrar a una niña pequeña... ¿que se parece a ti?

Leslie me había dicho que ya había puesto a Chu al corriente del aspecto de Xiaolian.

—Exacto.

—Ya he empezado a buscar. Shanghái es una ciudad grande, puede llevar tiempo —volvió a esbozar aquella sonrisa.

—Lo entiendo —di un sorbo al agua.

—¿Qué sabes de los hombres que te atacaron? —preguntó.

—Nada, la verdad —puse a Chu al día lo más rápido que pude—. ¿Tienes idea de quiénes pueden ser?

Asintió.

—Quizá cabezas de serpiente.

Fruncí el ceño.

—Las cabezas de serpiente pasan chinos de contrabando a América y Europa —explicó.

En cuanto Chu mencionó el contrabando, las cosas empezaron a encajar. Quizá esta banda había contratado a la tripulación del Oyster y su contenedor de alta tecnología. Y lo que era más importante: quizá habían pasado de sacar personas de China de contrabando a meterlas... en forma de ADN.

—¿Cómo sabes que esos hombres son cabezas de serpiente?

—El hombre de la coleta es cabeza de serpiente.

—¿Solo se dedican a sacar gente del país? ¿Y a meterla?

Chu soltó una carcajada.

—¿Quién quiere entrar de contrabando en China?

—Quizá no sean personas, sino otra cosa. Si tienen una red montada para sacar gente y llevarla a otros países, podrían usar las mismas rutas y contactos para meter algo.

—Mover personas, mucho dinero. Mover productos falsos a China, poco dinero.

No quería darle más información sobre Xiaolian ni sobre nuestro propósito en Shanghái. Solo necesitaba asegurarme su ayuda y sonsacarle lo que pudiera.

—Entonces, ¿estamos hablando de una banda o de un par de emprendedores?

—Creo que las dos cosas. Mucha gente lo intenta, pero hay una organización con mucho éxito. El hombre de la coleta trabaja para ellos. Muy peligrosos. Tienes suerte de no estar muerta —me guiñó un ojo.

—¿Van a ser un problema?

—Si tienen a la niña, no son problema. Si no tienen a la niña, entonces sí son problema.

—No creo que la tengan.

—¿Cómo lo sabes?

—Es solo un presentimiento.

Chu se sirvió whisky en un vaso y dio un sorbo.

—Si no tienen a la niña, debemos encontrarla antes que ellos. Pero hay que tener cuidado —me apuntó con el dedo—. Quizá te estén buscando, creen que la niña irá a ti.

—Entiendo.

—Yo ayudar. Dar protección.

—Chu, ¿qué esperas exactamente a cambio de tu generosidad?

Sonrió y tomó otro sorbo de su whisky.

—Mis hombres tener problema con inmigración americana. Sacarlos de lista negra.

—¿Qué te hace pensar que puedo hacer eso?

—¿Qué te hacer pensar que yo encontrar niña?