CAPÍTULO SEIS
Una explosión sacudió los conductos de aire acondicionado a mi alrededor y produjo un estruendo similar al de un tambor wadaiko japonés.
El tono ondulante se prolongó unos segundos antes de extinguirse.
El inquietante silencio que siguió me erizó la piel.
Me agaché y aferré mejor el arma. Venid a por mí.
Un instante después, la puerta se abrió y salió un hombre trajeado. Apreté el gatillo y le metí una bala en el pecho y otra en la frente. El otro atacante que lo seguía disparó contra mi posición, pero no antes de que yo lo hiriera. Retrocedió para cubrirse en el vestíbulo.
—Póngaselo fácil, agente Kane —exclamó una voz masculina.
¿Me conocen?
—Entréguenos a la chica y la dejaremos vivir.
Ni hablar. Me mataréis de todos modos.
La escalera estaba a oscuras y no tenía ni idea de cuántos de ellos aguardaban en los peldaños. Abrieron fuego de supresión y me inmovilizaron detrás de la gran unidad de aire acondicionado, que no ofrecía mucha protección. Algunas balas la atravesaban. No podía arriesgarme a quedarme quieta.
Devolví una breve ráfaga antes de rodar hacia un lado y refugiarme tras una parte del parapeto que sobresalía.
—Agente Kane, ha agotado mi paciencia —volvió a gritar la voz.
Un fuerte golpe resonó en la unidad de aire acondicionado.
Un segundo después, hubo una explosión y la unidad tras la que me había refugiado se convirtió en metal retorcido y humeante.
Me asomé por el parapeto y vi a cuatro hombres salir del vestíbulo y ponerse a cubierto.
Si disparo, sabrán que sobreviví a la granada.
Si no disparo, tarde o temprano se acercarán a rematarme. Al diablo.
Descargué contra el hombre más cercano y lo alcancé varias veces.
Se arrastró alejándose de los conductos hasta otra unidad de aire acondicionado: herido, pero no muerto.
Necesitaba disparos mortales si quería sobrevivir.
Las balas llovían sobre mi posición y astillaban el hormigón.
Esperaré a que recarguen, haré fuego de supresión y luego me moveré.
Ese era el plan, solo que no se desarrolló como pensé.
No hubo pausa en los disparos.
Por las balas que impactaban en los conductos y alrededor, calculé que estaban avanzando. Levanté el rifle y solté unos cuantos disparos a ciegas hacia donde pensé que podría estar uno de los hombres. Sin efecto. ¡Piensa, Abby!
Mis opciones limitadas se agotaban rápidamente. Disparé más ráfagas, solo que esta vez asomé la cabeza y apunté. Localicé dónde se había movido uno de los atacantes y seguí disparándole. Inserté el segundo cargador y disparé hasta vaciarlo, luego recurrí a la pistola.
De repente, las balas dejaron de impactar cerca de mí. Seguía habiendo disparos, pero no iban dirigidos a mí. ¡Xiaolian!
Me asomé por encima del parapeto y vi a los hombres armados que disparaban contra la entrada de las escaleras. Solo podía suponer que había llegado ayuda, y justo a tiempo. Me alejé rápidamente de mi posición y flanqueé al atacante más cercano. Un disparo en la nuca lo silenció.
El fuego desde la entrada eliminó a otro atacante.
Eso dejaba uno en pie y otro al que había herido antes.
Disparé contra su posición y vacié el cargador en el proceso.
Fue suficiente para hacerlo salir al descubierto.
Una lluvia de balas acribillÓ su torso y lo sacudió como un muñeco de trapo antes de que se desplomara.
Había visto a cuatro atacantes salir del vestíbulo antes, pero no podía estar segura de si había más.
Me había quedado sin munición y no estaba segura de mi situación.
Y entonces oí una voz familiar.
—¡Abby!
Me asomé desde mi cobertura y vi al SWAT de la policía de San Francisco cerca de la entrada de las escaleras. Kang estaba en medio del grupo.
—¡Estoy aquí! —grité.
Corrió hacia mí.
—¿Estás bien? —Me palpó buscando heridas.
—Estoy bien, pero desde luego te has tomado tu tiempo en subir.
Sonrió.
—El ascensor no funcionaba y paré a por un café.
Nos apresuramos hacia donde había dejado a Xiaolian. Era una pequeña bola temblorosa. Pero estaba viva.