La prueba de acero #2
Abajo, los robots comenzaron a redistribuirse. Escudos girando. Cálculos ajustándose. Nuevas líneas de tiro formándose.
Raeghan levantó el brazo desde la barricada.
—¡Eso es! —rugió—. ¡Manténganlos ocupados! ¡Nos están dando aire!
Otro disparo.
Otro robot cayó.
Las naves dañadas aprovecharon ese respiro para evacuar a los últimos guerreros, mientras la Alianza se replegaba hacia los edificios cercanos y reconstruía su línea entre columnas fracturadas y muros de cristal roto.
Kael y Thoren siguieron disparando.
Sin prisa.
Sin desperdicio.
Aún no era momento de mostrar del todo quiénes eran.
Pero ya habían alterado el curso del combate.
Los robots recalcularon.
Giraron.
La voz metálica emergió del frente con una nitidez inhumana:
—Objetivos detectados: El Hijo del Invierno. El Guardián del Estruendo.
Thoren apretó los dientes.
—Ya saben quiénes somos…
—Siempre lo supieron —respondió Kael.
El intercambio de disparos no se detuvo.
Desde la azotea, ambos se movían con precisión contenida, usando todavía armas balísticas y munición contada.
Cada detonación iluminaba el borde del edificio en fogonazos cortos; abajo, la Alianza y los ocelotes habían reformado un repliegue compacto entre dos edificios medio colapsados, con escudos portátiles clavados en el suelo y cuerpos cubriendo flancos estrechos.
Las armas tribales de los ocelotes cantaban distinto al disparar: no con el rugido seco de la pólvora, sino con un zumbido profundo, casi vivo, al liberar energía primordial.
—¡Mantengan el corredor! —rugió Raeghan—. ¡No rompan formación!
Un robot cayó desde una cornisa lateral, atravesado por un disparo invisible. Otro ocupó el hueco.
Desde arriba, Thoren maldijo.
—No se están retirando. Están midiendo.
Kael no respondió. Sus ojos seguían patrones que solo él parecía entender.
Y entonces la táctica volvió a cambiar.
Las unidades frontales dejaron de disparar y se dispersaron. Desde los costados surgieron otras más compactas, con extremidades reconfigurándose en garras, anclajes y espinas retráctiles.
—Están escalando —advirtió Kael.
El primer impacto sacudió la estructura del edificio. Un robot se incrustó en el muro, clavando sus miembros metálicos como un insecto de acero. Luego otro. Y otro más.
Abajo, los ocelotes reaccionaron al instante. Lanzas lumínicas volaron hacia arriba, cortando cables, arrancando brazos mecánicos. Varios cayeron. No los suficientes.
—¡Vienen demasiados! —gritó alguien desde la línea.
Kael disparó una última ráfaga. El arma se sobrecalentó con un gemido metálico.
El primer robot alcanzó la azotea.
Kael soltó el rifle.
—Thoren.
No hizo falta decir más.
El aire alrededor de Kael descendió varios grados en un solo latido. Fractura de Escarcha tomó su forma definitiva en su mano, como si no hubiera sido construida sino recordada. La hoja no reflejaba la luz: la absorbía y la convertía en un filo imposible.
Thoren dejó caer el arma balística. El martillo respondió con un pulso sordo. Pesado. Antiguo.
El primer robot atacó.
Kael se movió.
No fue un gesto amplio. No hubo espectáculo. Solo un corte limpio y exacto. El hielo atravesó el torso mecánico y lo selló en el mismo instante. El robot quedó inmóvil, cubierto por una costra de escarcha, antes de romperse en fragmentos.
Thoren giró el martillo una sola vez y golpeó el suelo.
No lo partió.
La onda se expandió por la azotea y desestabilizó a tres robots a la vez. Dos cayeron por el borde. El tercero quedó expuesto y fue atravesado por un disparo desde abajo.
—¡Ahora sí! —rugió Raeghan—. ¡Sigan presionando!
La batalla se volvió cuerpo a cuerpo.
Robots saltando desde los muros.
Acero contra hielo.
Metal contra piedra resonante.
Kael se movía como una ráfaga contenida, cortando con exactitud quirúrgica, cuidando cada apoyo, cada giro.
La escarcha lo seguía en líneas breves que sellaban articulaciones y quebraban núcleos.
Thoren era otra cosa: un muro móvil, una masa de impacto controlado.
Cada golpe del martillo abría espacio, deformaba placas, arrancaba enemigos del suelo y los devolvía convertidos en restos inútiles.
Abajo, la Alianza aprovechó el respiro. Granadas de pulso rodaron por el pavimento blanco y estallaron bajo las piernas de las unidades de apoyo.
Escudos avanzaron. Los ocelotes empujaron con una ferocidad disciplinada, sosteniendo líneas imposibles y cubriendo a los heridos con sus propios cuerpos.
Durante largos segundos —o minutos, nadie lo supo— la balanza pareció equilibrarse.
Entonces los robots se detuvieron.
Todos.
En mitad de un salto, en medio de un disparo, con las armas aún cargadas.
El silencio cayó pesado e insoportable. Nadie habló.
Kael alzó la espada.
Thoren tensó el martillo.
Abajo, Raeghan no dio una sola orden. Ni los ocelotes se movieron. Ni la Alianza disparó.
Solo el viento entre los edificios.
Solo la ciudad perfecta observando.
Y la sensación inequívoca de que aquello nunca había sido una batalla para ganar.
Era una prueba.
Y acababa de terminar.