La prueba de acero
Llevaban ya un largo rato combatiendo cuando la batalla empezó a cambiar de forma. Los robots seguían avanzando, rodeando las posiciones de la Alianza con esa cadencia exacta, insoportable, que no pertenecía a ningún ser vivo. No corrían. No dudaban. No gritaban. Solo cerraban el cerco.
Un disparo pesado estalló contra el costado de la nave tres.
El impacto hizo temblar toda la estructura. La capa de invisibilidad, dañada desde hacía rato, titiló un instante como una piel a punto de desgarrarse, pero resistió.
—¡Sigan con el fuego de contención! —rugió Raeghan desde el suelo.
Las naves respondieron al instante. Ráfagas lumínicas, proyectiles de plasma y descargas concentradas rasgaron la noche artificial de Aerothis, iluminando fachadas blancas y balcones de cristal con fogonazos violentos.
El resplandor azul rebotó sobre las superficies pulidas de la ciudad y volvió el combate aún más irreal, como si la guerra estuviera ocurriendo dentro de un espejo.
Los centinelas recibían los impactos sin detener su avance. Algunos perdían un brazo, una placa del pecho o parte de la mandíbula cerámica; aun así seguían caminando, fríos, sincronizados, reajustando la postura y la puntería con precisión matemática.
La Alianza resistía suspendida entre el miedo y el deber.
—¡Resistan! —bramó Raeghan, interponiendo su escudo energético ante una descarga que habría partido en dos al guerrero detrás de él.
Los robots avanzaban sin prisa, como si el tiempo no significara nada para ellos.
Sus brazos se reconfiguraban con chasquidos secos; el metal se abría, giraba y cerraba para transformarse en cañones, cuchillas o lanzadores compactos según la distancia del objetivo.
No había furia en sus movimientos. Solo función.
Las naves de la Alianza habían dejado de ser invisibles mucho antes.
Ahora formaban una barricada improvisada en mitad de una avenida lateral: cascos ennegrecidos, compuertas abiertas, escudos energéticos superpuestos y fuego cruzado saliendo desde el interior.
Cada impacto arrancaba chispas azules del blindaje y hacía vibrar las estructuras hasta los remaches.
—¡Mantengan el perímetro! —ordenó Raeghan—. ¡Que nadie se quede aislado!
Los ocelotes se movían entre los restos de concreto blanco y acero dorado con su precisión salvaje, cubriendo flancos, arrastrando heridos, lanzando armas tribales reforzadas con energía primordial.
Sus lanzas lumínicas y cuchillas curvas dejaban rastros verdes y ámbar al girar.
Algunos robots caían. Pero no lo suficiente.
Había bajas del lado de la Alianza. Pocas.
Un piloto asomó medio cuerpo desde la nave central, el rostro cubierto de sangre y hollín.
—¡Escudos al treinta por ciento! —gritó—. ¡No aguantamos otro asalto!
—¡Aguanten! —respondió Raeghan sin mirar atrás—. ¡Nos replegamos solo cuando yo lo ordene!
Doce robots al frente.
Cuatro naves heridas.
Veintiún combatientes exhaustos.
La batalla había dejado de ser un intercambio de fuego y se había convertido en una danza de desgaste.
—¡Retrocedan! ¡No bajen de las naves! —volvió a ordenar Raeghan, bloqueando otra descarga.
Un ocelote lanzó una lanza lumínica y atravesó a uno de los robots por el pecho. El impacto hizo estallar el núcleo interno en una lluvia de fragmentos, pero antes de que el cuerpo cayera, otro ya había ocupado su lugar exacto.
Nadie iba a caer sin pelear.
Entonces ocurrió el cambio.
Los robots de la retaguardia se detuvieron al mismo tiempo.
Sus cuerpos se reconfiguraron con un sonido seco, antinatural.
Placas del torso y los hombros se abrieron como costillas mecánicas, revelando cañones pesados en proceso de carga.
La energía comenzó a concentrarse en sus cámaras internas con un zumbido grave, denso, tan intenso que se sentía en los dientes.
Raeghan lo entendió al instante.
—No…
Artillería pesada.
—¡Van a destruir las naves! —gritó alguien desde el flanco izquierdo—. ¡Raeghan, nos van a volar!
La Alianza respondió de inmediato. Desde las compuertas abiertas surgieron ráfagas balísticas y descargas concentradas.
Granadas de pulso volaron en arcos precisos y estallaron contra las primeras líneas enemigas, arrancando piernas y desfigurando torsos.
Dos robots cayeron desmembrados. Otros ocuparon su lugar con la misma obediencia brutal.
Las unidades delanteras se reagruparon y levantaron escudos compactos, superponiéndose unas a otras como un muro vivo de cerámica y acero. Los disparos de la Alianza estallaban contra esa barrera en chispas azules y blancas, sin alcanzar a los artilleros que seguían cargando detrás.
—¡No los atravesamos! —gritó un tirador—. ¡Se están cubriendo!
Las naves intentaron apoyar con el armamento pesado que aún conservaban. Los cañones laterales escupieron descargas que hicieron vibrar la avenida y levantaron columnas de polvo blanco, pero los sistemas estaban dañados, la potencia era irregular y los impactos apenas lograban ralentizar el avance.
Los ocelotes, desplegados entre escombros y pilares derrumbados, trataban de sostener la línea con la ferocidad disciplinada de su gente.
Sus armas no eran simples herramientas de guerra: parecían extensiones de cuerpo y territorio.
Pero aquella artillería no estaba hecha para permitirles acercarse.
—¡No podemos cerrar distancia! —rugió uno de ellos—. ¡Nos barren si damos un paso más!
Uno de los robots artilleros giró entonces el cañón directamente hacia la nave más castigada. La que protegía a la mayor parte de la Alianza.
Raeghan lo vio todo con una claridad cruel: el brillo creciendo en la boca del arma, la nave vibrando sin capacidad de maniobrar, los guerreros aún dentro, el tiempo reduciéndose a nada.
—¡Salgan de las naves! —ordenó—. ¡Ahora! ¡Refúgiense en los edificios!
Los combatientes comenzaron a dispersarse entre fuego y humo.
Un ocelote cayó cuando una descarga le atravesó el costado; otro lo arrastró por las axilas sin detenerse.
Un piloto saltó desde la compuerta, tropezó al tocar el suelo y rodó entre chispas.
La carga del cañón siguió creciendo, cada vez más brillante, cada vez más cerca del punto de no retorno.
—¡Raeghan! —gritó alguien—. ¡No llegaremos!
Raeghan alzó el escudo sabiendo que no bastaría. Apretó los dientes.
Y entonces el cielo respondió.
Un disparo azul descendió desde lo alto.
No fue un rayo.
Fue una descarga de escarcha comprimida tan densa que el aire se partió a su paso.
El robot artillero explotó en una nube de fragmentos congelados que cayeron como vidrio roto sobre la avenida.
Antes de que nadie reaccionara, una segunda sacudida recorrió el campo: una onda de choque de tierra resonante se abrió paso desde arriba, golpeó a otros dos robots y los arrojó contra la fachada de un edificio con la violencia de un derrumbe.
El campo entero quedó suspendido un latido.
Raeghan levantó la vista.
En la azotea de un edificio cercano, una nave invisible se reveló apenas un segundo al disparar, traicionada por el destello de energía que envolvía su casco.
Raeghan sonrió pese al cansancio.
—Sabía que esos idiotas no se quedarían quietos…
Un ocelote a su lado soltó una risa breve, más alivio que humor.
—Los portadores…
Raeghan ajustó el escudo y evaluó en un solo vistazo posiciones, rutas de repliegue, sectores vulnerables.
—Aguantamos bien —dijo—. Cada segundo que resistimos nos compró esto.
Volvió la vista hacia la azotea.
—Ahora podemos avanzar.
La nave descendió apenas unos metros hasta apoyarse sobre el borde superior del edificio, después de despejar suficiente espacio a su alrededor. La compuerta se abrió.
Dos figuras descendieron.
Sus trajes de combate absorbían la luz del entorno. No eran armaduras pesadas, sino segundas pieles reforzadas, compuestas por placas negras y grises que seguían el movimiento del cuerpo sin entorpecerlo. Cada una mostraba marcas de uso, reparaciones, bordes rozados por combate real.
En el traje de Kael, líneas energéticas recorrían el torso y los brazos en pulsos azulados y verdosos, como venas de escarcha contenidas bajo el metal.
Cada destello respondía a su respiración.
El de Thoren, en cambio, mostraba trazos marrones y dorados anclados a las placas de hombros, abdomen y piernas, como si la tierra misma hubiera dejado su firma sobre él.
Ambos llevaban máscaras tácticas lisas, opacas, sin rasgos. No había emoción visible en ellos. Solo intención.
Aterrizaron con firmeza en el borde de la azotea.
Y el campo de batalla pareció contener el aliento.
Kael ya tenía Fractura de Escarcha en la espalda: la hoja luminosa, delgada y translúcida, brillando como una estrella atrapada en hielo. Thoren tenía el prototipo del Martillo Valgor en su cinturón, compacto, pesado, con runas internas palpitando como un corazón enterrado.
Se apostaron en el borde del edificio.
Silenciosos.
Letales.
Kael inhaló. El frío le respondió de inmediato, acumulándose alrededor del arma en una neblina casi invisible. Desde aquella altura, el combate se reducía a trayectorias, ángulos, tiempos.
—Thoren —dijo sin apartar la vista del visor.
—Te escucho.
—Cobertura cruzada. No bajamos aún.
—Como en los entrenamientos —respondió Thoren, ajustando el apoyo del arma—. Tú marcas. Yo cierro.
Kael apoyó un arma tipo francotirador sobre el borde de concreto. El sistema óptico se alineó con un zumbido fino. Esperó apenas un segundo más de lo necesario.
Disparó.
El proyectil atravesó el visor de un robot artillero con precisión quirúrgica. La cabeza estalló en fragmentos de cerámica y chispas blancas.
Antes de que el cuerpo tocara el suelo, Thoren ya había disparado. Su impacto golpeó la articulación de una pierna mecánica y obligó al robot a caer de rodillas. Un segundo disparo, seco y brutal, partió el núcleo del torso.
—Dos menos —murmuró.
Kael volvió a cargar.
—No los estamos cazando. Los estamos obligando a moverse.