Las sendas del hierro y las raíces dormidas
El sol ya estaba alto cuando los preparativos concluyeron.
La mañana había dejado atrás la humedad gris del amanecer, y ahora el valle respiraba un calor áspero, mezclado con el olor del metal recién forjado, el aceite derramado y el polvo levantado por patas mecánicas.
A lo lejos, las forjas del taller seguían encendidas, respirando como bestias fatigadas; de sus bocas de piedra salían espirales de humo delgado y chispas que el viento arrastraba hacia los árboles.
Pero en la explanada principal toda la atención se concentraba en otra parte: en la columna que estaba a punto de partir.
Había movimiento por todas partes. Guerreros de la alianza ajustaban correas, aseguraban cargamentos, probaban el peso de las lanzas nuevas y revisaban los cierres de sus armaduras.
Los ocelotes, más silenciosos que los humanos, iban y venían entre las monturas de hierro como si recorrieran una manada viva; olían el aire, comprobaban uniones, golpeaban con nudillos o garras los costados metálicos para escuchar cómo respondía cada pieza.
Los motores zumbaban con una vibración baja, insistente, y de vez en cuando una bestia mecánica exhalaba vapor por los conductos laterales, como un animal irritado que se prepara para correr.
Raeghan dirigía todo aquello con la seguridad de quien ha pasado media vida avanzando sobre ruinas.
Repasó por última vez los nombres de quienes irían con él.
Kael y Thoren formarían parte del grupo principal.
Detrás, un destacamento de la alianza marcharía junto a una patrulla ocelote: pocos, pero suficientes para una expedición de recuperación rápida si el terreno no se complicaba.
Las bestias mecánicas aguardaban en formación, grandes y pequeñas, algunas diseñadas para carga, otras para velocidad, todas con esa mezcla inquietante de ferocidad y diseño práctico que había acabado por volverlas familiares.
Las de mayor tamaño llevaban contenedores vacíos sujetos a los flancos con correas reforzadas; las pequeñas naves de recolección, más ligeras y estrechas, permanecían alineadas sobre la planicie, suspendidas apenas a unos palmos del suelo, zumbando con un resplandor azul contenido en el vientre.
Raeghan montó primero.
Su máquina, ágil y ligera, estaba recubierta por placas de cerámica brillante y láminas flexibles que se ajustaban unas sobre otras como escamas endurecidas al fuego.
Los ojos frontales, dos rendijas encendidas en tono rojizo, parecían brasas incrustadas en una calavera de acero.
Cada movimiento suyo producía un gemido hidráulico, áspero pero elegante, y aun detenida tenía algo de depredador en acecho.
Raeghan la llamaba Eidra, y el nombre le encajaba bien: se movía con la nerviosa precisión de una criatura nacida para romper filas enemigas antes de que el resto entendiera qué había pasado.
Kael montó en una bestia mediana, más sobria, con blindaje reforzado en el pecho y las patas traseras.
El arnés se adaptaba a su armadura de escarcha con una serie de anclajes laterales pensados para no entorpecer sus movimientos.
A su lado, Thoren revisaba las correas del equipo con esa atención práctica que siempre parecía esconder otra cosa debajo.
Sus manos grandes, duras, recorrían cada nudo, cada broche, cada unión metálica como si desconfiara del mundo entero y solo aceptara aquello que él mismo hubiera comprobado.
Más allá del campamento, hacia el norte, se extendía la tierra que los esperaba.
No era un camino, sino una herida abierta.
Una inmensidad de escombros, metal dormido y ruinas de Aerothis desperdigadas como restos de una criatura demasiado grande para haber caído del todo.
Incluso desde allí podía verse el resplandor apagado de algunas estructuras hundidas entre la piedra, como si la ciudadela hubiese dejado raíces de acero enterradas en el mundo.
Antes de partir, Thoren buscó a Lira.
La encontró cerca del borde del valle, junto a Lume.
Ella observaba la formación en silencio, con los brazos cruzados sobre el pecho.
No se movió cuando él se acercó, pero sus ojos lo siguieron desde antes de que estuviera lo bastante cerca para tocarla.
Lume, detrás de ella, mantenía la cabeza erguida y la luz del pecho en un pulso tenue, como si también entendiera la gravedad pequeña y privada de esa despedida.
—Volveremos pronto —dijo Thoren en voz baja.
Lira no respondió enseguida. Lo sostuvo con la mirada, y en esa quietud había orgullo, miedo y algo más difícil de nombrar, algo que no necesitaba pronunciarse para existir.
Él dio un paso más y la rodeó con los brazos.
Su abrazo fue firme, amplio, cálido. Olía a tierra seca, cuero, aceite de maquinaria y al sudor limpio de alguien que se ha pasado la mañana cargando hierro y propósito.
Ella apoyó apenas la frente contra su pecho.
—No prometas nada que no puedas cumplir —susurró.
Thoren dejó escapar una media sonrisa, breve, cansada.
—Entonces te prometo que voy a hacer todo lo posible por cumplirlo.
Lira le devolvió el abrazo. Fue más corto, más contenido, casi mecánico en su aparente control, pero no por falta de sentimiento.
Todo lo contrario. A veces la intensidad se protege disfrazándose de medida.
Cuando se separaron, Lume emitió un destello leve, como si ofreciera su propia forma de despedida.
Desde su montura, Kael los observó un instante y asintió en silencio. No dijo nada. No hacía falta.
Raeghan levantó una mano.
—¡Avancen!
El rugido conjunto de las máquinas sacudió la explanada.
Las bestias de hierro arrancaron al mismo tiempo, dejando en la tierra surcos hondos y una vibración que subió por los tobillos de los que se quedaron atrás.
Sus patas metálicas golpeaban con un compás brutal, y el polvo se alzó a su alrededor en una nube viva.
Las pequeñas naves despegaron detrás, zumbando como un enjambre disciplinado.
Durante unos segundos, la columna fue puro estruendo: motores, vapor, metal, correas tensas, órdenes lanzadas al aire.
Luego empezó a alejarse entre el resplandor duro del mediodía, hasta volverse una línea en movimiento entre las montañas.
Cuando el ruido terminó de desvanecerse, el silencio regresó.
No regresó suave. Cayó.
Lira permaneció quieta, observando cómo la nube de polvo se disolvía en la distancia. A su lado llego Maeryn, la contempló con esa serenidad que no nace de la ausencia de dolor, sino de haber aprendido a convivir con él.
—Nunca se vuelve fácil —dijo la mujer, con voz suave—. Cada partida se parece demasiado a una última vez.
Lira tardó un poco en apartar la vista del horizonte.
—No quiero acostumbrarme.
Maeryn no discutió. Asintió apenas, como si comprendiera que ciertas resistencias valen más que cualquier adaptación.
Las dos comenzaron a caminar hacia los límites del valle, donde descansaban los Titanes.
El aire cambió en cuanto se acercaron. Se volvió más denso, más frío en algunas zonas, más cálido en otras, atravesado por una especie de reverencia natural que no pertenecía ni a la tribu ni a la alianza, sino al simple hecho de hallarse cerca de aquellos seres.
Lume avanzó detrás de ellas. Su luz palpitaba con curiosidad y cansancio a la vez.
Samvarg y Valgor seguían inmóviles, enormes, ocupando el espacio no como criaturas acostadas, sino como accidentes geográficos que la vida hubiese convencido de respirar.
Entre los árboles, el viento apenas se atrevía a tocar sus cuerpos.
El crujido distante de la escarcha sobre el lobo del norte, el leve desprendimiento de tierra junto a una pezuña del bisonte colosal, el roce de hojas secas contra el lomo pétreo de Valgor: todo parecía ocurrir dentro de otro ritmo, más lento, más antiguo.
Maeryn se sentó sobre una roca cubierta de musgo. Se quedó mirando a Lume durante unos segundos antes de hablar.
—Hubo un tiempo en que creímos que Thae’Lun era eterna —dijo—. La primera en levantarse cuando el mundo despertaba después del invierno. La última en retirarse cuando el bosque debía dormir.
Lira giró la cabeza hacia ella.
—¿Y ahora?
Maeryn observó el valle, luego las raíces que asomaban entre la hierba.
—Ahora solo nos queda su silencio.
Lume se detuvo. Su luz titiló una vez, como si aquella ausencia lo hubiera rozado desde dentro.
Las dos alzaron la vista hacia el cielo.
Entre las nubes, un rayo de luz se abrió paso y cayó sobre el valle.
Iluminó por un instante el perfil helado de Samvarg y los volúmenes inmensos de Valgor.
El lobo parecía una cordillera de colmillos, hielo y hambre antigua dormida.
El bisonte, una fortaleza de roca viva, con los hombros amplios como una muralla y el cuello enterrado en siglos de resistencia.
—A veces —continuó Maeryn—, cuando el viento sopla desde el norte, los Titanes reaccionan.
Lira frunció el ceño.
—¿La sienten?
—Eso creemos.
—¿Y por qué no responde?
La pregunta salió con más frustración de la que había querido mostrar.
Maeryn volvió la mirada hacia ella. Había tristeza allí, sí, pero también una paciencia amarga, de las que se ganan sobreviviendo.
—Quizá no es que nos haya abandonado. Quizá duerme.
Lira se quedó quieta.
—¿Duerme?
—Las raíces más antiguas no mueren con facilidad —respondió Maeryn—. Cuando el fuego se acerca demasiado, se repliegan. Se hunden. Esperan bajo tierra hasta que el mundo vuelva a parecerles soportable.
Lira volvió la vista hacia los Titanes.
—Entonces… ¿está viva?
Maeryn tardó un momento antes de contestar.
—No lo sé. Pero ellos la recuerdan. Y, a veces, la memoria es lo único que se tiene antes del regreso.
Lira guardó silencio.