El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) La sombra entre las raíces #2
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La sombra entre las raíces #2

—¡Son demasiadas! —rugió Thoren.

—Entonces que vengan todas —escupió Kael, cubierto ya de sudor, barro y escarcha.

Una Xharyn rojiza, con el cuerpo cubierto de placas deformes y las patas traseras más largas que las delanteras, embistió desde un costado y lanzó a dos ocelotes por los aires.

Faehn saltó sobre su lomo y hundió la lanza entre las escamas del cuello, pero otra criatura lo golpeó con la cola y lo lanzó al suelo.

Lira corrió hacia él.

No llegó.

Una garra inmensa le salió al paso. Apenas la rozó, pero el golpe bastó para lanzarla varios metros atrás.

Rodó por la tierra, perdiendo el aire de los pulmones.

Lume corrió hacia ella de inmediato y se interpuso entre la joven y la bestia, emitiendo una ráfaga de luz que quemó la piel corrupta del monstruo.

El bosque entero se convirtió en un infierno de gruñidos, hielo roto, raíces arrancadas y carne abierta.

Kael giró hacia Thoren, sin dejar de pelear.

—¡Esto no aguantará mucho más!

—Lo sé.

—¡Entonces hay que hacer algo!

Thoren alzó la vista para responder, pero una vibración inmensa en el campo de batalla atravesó el campo.

No era una Xharyn.

No era un árbol cayendo.

Era un rugido.

Profundo. Antiguo. Inmenso.

El rugido de un Titán.

El sonido llegó primero como un trueno enterrado. Después hizo vibrar cada hoja, cada piedra, cada costilla. Las Xharyn se detuvieron un segundo. Los ocelotes alzaron la vista. El bosque entero pareció abrirse.

Valgor emergió entre la niebla como una cordillera que hubiera despertado de golpe.

Su masa descomunal avanzó entre los árboles arrancándolos desde la raíz.

Cada pata, ancha como una casa pequeña, aplastaba tierra, troncos y bestias por igual.

Sus placas de roca estaban recorridas por grietas internas donde latía un resplandor oscuro, y sus cuernos, enormes y curvos, destrozaban ramas centenarias con solo rozarlas.

Bufó una vez, y el aire salió de él como una tormenta de polvo y grava.

A su lado, un aullido partió el aire.

Samvarg apareció desde un risco lateral con la velocidad monstruosa de una tormenta hecha carne.

No corría: devoraba distancia. Sus patas golpeaban el suelo y cada impacto dejaba escarcha extendiéndose como venas sobre la tierra.

El pelaje erizado lo convertía en una masa de cuchillas heladas; sus colmillos, largos como lanzas, brillaban con una luz azul pálida.

Cuando abrió las fauces, el frío salió despedido en una ráfaga que congeló hojas, sangre y barro en el mismo instante.

Por primera vez, el miedo apareció en los ojos deformes de las Xharyn.

Valgor fue el primero en golpear. Se alzó sobre sus patas delanteras y descargó todo su peso contra el suelo.

La tierra se abrió en una ola brutal que levantó raíces, piedras y lodo, tragándose a una línea entera de bestias.

Dos quedaron enterradas vivas. Otra fue lanzada por los aires con media columna rota.

Samvarg saltó sobre una de las más grandes.

El lobo cayó sobre su lomo con toda la violencia de un glaciar desmoronándose.

Las garras delanteras le abrieron el costado en cuatro surcos humeantes; después hundió los colmillos en la garganta y arrancó un pedazo entero del cuello.

La lanzó hacia arriba como si no pesara nada.

La criatura cayó al suelo convertida en una masa rota que se fue cubriendo de cristales de hielo.

Los rugidos de ambos Titanes no eran solo sonido. Eran orden. Eran presencia. Eran una voluntad antigua imponiéndose a la corrupción.

Y los portadores lo sintieron.

Kael sintió el hielo despertar dentro de él, recorriéndole las venas como un incendio frío.

«No temas, hijo del norte. Yo lucho contigo.»

Thoren sintió la tierra afirmarse bajo sus pies hasta la médula.

«Levántate, portador. La tierra no se rinde.»

Lira, todavía de rodillas, vio a Lume extender sus astas mientras la luz de su cuerpo se multiplicaba en pulsos verdes y dorados. Durante un instante, la batalla entera pareció quedar suspendida dentro de un mismo latido.

Titanes, humanos y ocelotes lucharon como una sola fuerza.

Pero el equilibrio duró poco.

Desde un costado irrumpió una Xharyn mucho mayor que las demás.

Su cuerpo era una aberración de músculo, placas óseas y espinas de obsidiana.

Tenía cabeza de jaguar alargada por algo reptiliano, mandíbula doble y un fuego azul rezumando entre los dientes.

Corrió directamente hacia Lira, rompiendo raíces, hielo y tierra a cada zancada.

Thoren gritó su nombre, pero estaba demasiado lejos, ocupado con otras dos bestias.

Kael congeló el suelo delante del monstruo. No bastó. La criatura quebró el hielo con cada paso.

Lira levantó un muro de raíces. La bestia lo atravesó de frente.

Y entonces Faehn saltó entre ambos.

Todo ocurrió demasiado rápido.

El joven ocelote cayó frente a la criatura con la lanza baja y el cuerpo completamente inclinado hacia adelante, como un cazador pequeño enfrentando algo que jamás debió existir. Sus ojos dorados se cruzaron un segundo con los de Lira.

—¡No! —gritó ella.

La embestida fue brutal.

Faehn clavó la lanza entre los colmillos de la Xharyn y el impacto los hizo rodar por la hierba en una maraña de garras, sangre y barro. El monstruo rugió. Faehn volvió a hundir el asta una vez, luego otra. La madera se quebró. La bestia abrió las fauces para destrozarlo.

Thoren llegó entonces con un rugido propio, golpeó el suelo y levantó una muralla de piedra que cayó encima del monstruo como un derrumbe. El cuerpo de la Xharyn quedó aplastado bajo toneladas de roca y tierra.

Cuando el polvo se disipó, Faehn yacía sobre la hierba.

La batalla terminó casi al mismo tiempo.

El último rugido de Samvarg recorrió el claro como una orden final. Una ráfaga glacial barrió el campo, apagando incendios, sellando grietas y dejando inmóviles los restos de las Xharyn, congelados o sepultados entre raíces rotas.

Solo el viento volvió a moverse.

Lira corrió hacia Faehn y cayó de rodillas junto a él.

El ocelote aún respiraba, pero cada respiración era más corta que la anterior.

Su pelaje estaba empapado de sangre negra y roja, y el brillo de sus ojos comenzaba a apagarse.

Lira le tomó la mano. Invocó su don. La luz verde brotó entre sus dedos, buscando, cerrando, tratando de contener lo imposible.

No bastó.

Las heridas eran demasiado profundas.

—No hables… por favor —susurró ella, temblando—. No hables.

Faehn la miró con una calma que dolía más que cualquier grito. La sangre le burbujeó en la comisura de los labios cuando habló.

—Así es la vida, hija de la luz… nos llama, luchamos… y luego descansamos.

Sonrió apenas.

—No llores. Volveremos a encontrarnos… cuando el bosque cante otra vez.

El brillo de sus ojos se extinguió lentamente.

Lira no gritó.

Solo bajó la cabeza y apoyó la frente contra la de él.

Lume se acercó detrás y bajó las astas. De su cuerpo brotó una luz suave que envolvió a Faehn y limpió la sangre de su piel. Las hojas del bosque comenzaron a caer una a una.

El viento se llevó su último aliento.

Los Titanes quedaron inmóviles.

Samvarg bajó la cabeza. Su respiración salió lenta y fría, cubriendo el suelo de escarcha. Valgor, de pie entre árboles derrumbados y cuerpos rotos, soltó un bufido tan pesado que hizo vibrar la tierra a su alrededor.

Kael, Thoren y Lira se reunieron en el centro del campo, cubiertos de barro, sangre, savia y ceniza. No había alegría en sus rostros. No había orgullo. Solo agotamiento y esa forma amarga de la victoria que deja un hueco peor que la derrota.

El aire olía a muerte, hielo y metal.

Entonces Valgor habló en sus mentes con una gravedad de montaña herida:

«Ganamos la batalla… pero el bosque sangra.»

Lira no respondió.

Se limitó a mirar el cuerpo de Faehn, ahora envuelto en luz.

La guerra apenas comenzaba, y ya les estaba enseñando el precio de cada paso.

Poco a poco, más ocelotes fueron llegando desde distintos puntos del bosque. Pero para entonces todo había terminado.