La sombra entre las raíces
El amanecer llegó cubierto por una neblina pálida. El valle despertaba despacio, entre el rumor del agua, el susurro de las hojas y el golpeteo de herramientas alrededor de la gran máquina. Desde la explanada llegaban voces cortas, órdenes cansadas y el estrépito de pernos ajustados a la fuerza.
Lor Vynn, encorvado sobre una mesa improvisada, golpeaba una pieza de metal con un martillo que parecía demasiado grande para su brazo.
—¡No toquen nada! —gruñía—. Si me desajustan otra vez la válvula, juro que los desarmo a ustedes y los convierto en repuestos. Esta pieza tiene el temperamento de un tigre enfermo.
Kael, de pie a cierta distancia, observó la escena con los brazos cruzados y soltó un suspiro largo.
—Lleva tres horas diciendo lo mismo.
Thoren mascó un trozo de pan seco y se encogió de hombros.
—Y tú llevas tres horas viéndolo.
Lira, que por fin se había acercado a la explanada después de días evitando Aurora, miró el conjunto apenas un momento antes de volver la vista al horizonte.
La máquina seguía pareciéndole demasiado cercana a todo lo que odiaba.
A su lado, Lume se movía despacio, dejando entre los troncos un resplandor verde y tenue.
—Podríamos salir a ayudar a los ocelotes —propuso ella al fin—. Patrullan o cazan todos los días. Será mejor que quedarnos aquí mirando cómo el viejo discute con los tornillos.
Thoren sonrió apenas.
—Eso me gusta más.
Kael asintió.
—Vamos. Si seguimos sin hacer nada, acabaremos oxidados igual que esa máquina.
No tardaron en encontrar al joven ocelote de noches anteriores. Estaba cerca de la entrada del valle, revisando una lanza corta cuya cuerda de fibra trenzada tensaba con los colmillos y las manos. Al verlos, levantó la cabeza con sorpresa.
—¿Podemos acompañarlos hoy? —preguntó Kael.
Él los observó unos segundos. Después miró a los demás ocelotes de la patrulla, que respondieron con gestos breves de curiosidad.
—¿Cazar con nosotros? —preguntó, divertido—. Es un honor… pero si vienen, siguen nuestras señales. Sin preguntas en mitad del acecho y sin pasos torpes.
—Gracias. Por cierto —dijo Lira—, nunca nos dijiste tu nombre.
El ocelote inclinó la cabeza.
—Me llaman Faehn. Significa “el que camina entre raíces”.
—Kael Vorias.
—Thoren Tavros.
—Lira Fayne.
Faehn olfateó el aire, chasqueó los colmillos en un gesto amistoso y sonrió.
—Entonces, portadores del pacto… bienvenidos a nuestra caza.
Caminaron durante horas.
El bosque cambiaba con cada tramo. Las raíces parecían respirar bajo la tierra húmeda; los troncos se alzaban torcidos en ángulos imposibles, como si hubieran crecido huyendo de algo antiguo; los líquenes adheridos a las piedras emitían un resplandor verdoso, suave, casi maternal.
Pequeños insectos translúcidos cruzaban el aire como brasas frías.
Los ocelotes se movían entre aquel laberinto con una gracia que rozaba lo invisible. No apartaban ramas: las rozaban. No buscaban el suelo: parecían saber de memoria dónde iba a estar antes de pisarlo.
Los humanos, en cambio, luchaban contra cada paso.
Kael tropezó dos veces con raíces medio enterradas. Thoren se hundió hasta los tobillos en un charco oscuro y soltó un gruñido.
—¿Así cazan ustedes? —murmuró con tono seco—. Porque yo me siento más como la presa.
Faehn, que avanzaba unos pasos adelante, soltó una risa baja y grave.
—Así aprendemos a no ser devorados. La selva escucha todo: tus pasos, tu respiración… hasta tu miedo.
—Entonces debe odiarme —bufó Thoren.
—Solo si sigues pisando los nidos de insectos —replicó Faehn, señalando sus botas embarradas, cubiertas de pequeños caparazones rotos.
Thoren bajó la mirada, soltó una maldición, y Kael dejó escapar una carcajada breve.
Lira era la única que no parecía pelear con el entorno. Sus pasos eran ligeros. Las ramas rozaban su ropa sin engancharse. El bosque no se apartaba de ella, pero tampoco la rechazaba; simplemente la dejaba pasar. Lume avanzaba detrás, bañándola de vez en cuando con un resplandor tranquilo.
Uno de los ocelotes mayores la observó de reojo.
—Tu espíritu está en calma —dijo—. Es raro en los humanos.
Lira sonrió apenas.
—Aquí me siento parte de algo. Tal vez por eso.
Faehn giró un poco la cabeza hacia ella.
—Entonces entiendes por qué defendemos esta selva. No porque nos pertenezca, sino porque nos soporta.
—¿Nos soporta? —preguntó Kael, divertido.
—Sí —respondió el joven ocelote, mostrando los colmillos con humor—. Nos da caminos, cobijo y alimento. También nos castiga cuando olvidamos escuchar.
—Eso explica por qué no hay pájaros cerca —dijo Thoren—. Deben estar cansados de tus sermones.
Faehn fingió una ofensa solemne.
—Soy un orador de talento.
—Eso no es precisamente una habilidad útil si intentas no ser encontrado —replicó Kael.
—Si el enemigo se duerme escuchándome, yo gano —respondió Faehn.
Las bromas aligeraron el paso durante un rato.
Lira, sin embargo, acabó observándolo más de cerca.
Faehn no debía tener más de diecisiete o dieciocho ciclos.
Su pelaje dorado moteado se confundía con la luz filtrada entre las hojas, y en sus movimientos había esa mezcla de orgullo y nervio que tienen quienes todavía creen que el mundo puede salvarse a tiempo.
—¿Por qué te uniste a la patrulla? —preguntó ella.
Faehn tardó un poco en responder.
—Porque un día quiero ser el mejor guerrero de mi tribu. No por fama. Ni por gloria. —Se encogió apenas de hombros—. Mi madre dice que un buen guerrero es el que vuelve con todos los que salieron con él.
Lira lo miró en silencio.
—Es una forma hermosa de decirlo.
—También es una forma difícil —admitió Faehn—. Siempre hay alguien que no vuelve. Pero si yo consigo que al menos uno más regrese… habrá valido la pena.
Thoren lo observó con atención.
—Hablas como alguien que ya ha visto la guerra.
Faehn bajó la mirada un instante.
—La vi pasar por mi aldea. No quiero verla volver.
Durante unos segundos solo se escuchó el crujido de las ramas bajo sus pies y el murmullo lejano del agua.
Luego Faehn se recompuso con una media sonrisa.
—Además, no pienso morir antes de convertirme en jefe de caza. Mi madre me arrancaría las orejas.
Kael rio.
—Eso sí es un motivo digno para sobrevivir.
El sendero se estrechó después.
Los árboles empezaron a crecer demasiado cerca unos de otros. La luz descendió a tonos verdosos y apagados. El aire olía a humedad, hojas podridas y savia vieja.
Thoren fue el primero en notar que el viento había desaparecido.
Lume también lo sintió. Su luz titiló con inquietud.
Lira alzó la vista.
Todo estaba en calma.
Demasiado en calma.
Los insectos ya no zumbaban. Los pájaros no se oían. El bosque entero contenía la respiración.
Faehn se detuvo de golpe. Sus orejas giraron, alertas. Olfateó el aire una sola vez, y su expresión cambió.
El pelaje de sus hombros se erizó.
—Nos rodean —murmuró—. Y no son de los nuestros.
Los demás ocelotes desenvainaron lanzas y cuchillos curvos. Kael y Thoren se colocaron espalda con espalda, protegiendo a Lira. Ella dejó que las raíces bajo sus pies despertaran.
El aire se volvió pesado. El silencio, eléctrico.
Y entonces el bosque rugió.
No fue un solo sonido, sino muchos a la vez: gruñidos cavernosos, graznidos que parecían metal rasgando piedra, bufidos húmedos y siseos con olor a sangre vieja. Las criaturas surgieron entre los árboles como pedazos de pesadilla cosidos con carne, sombra y piedra.
La primera salió arrastrándose entre raíces rotas: un cuerpo de reptil cubierto de costras minerales, con patas delanteras de jaguar y una cabeza alargada de serpiente cuya mandíbula abría demasiado.
Detrás de ella irrumpió otra, más alta que un toro, con un torso leonino cubierto por placas óseas y dos alas carcomidas pegadas a la espalda como restos inútiles.
Una tercera avanzó levantándose sobre sus cuatro miembros: ocho metros de músculo torcido, garras negras, columna llena de espinas de obsidiana y un fuego azul enfermo derramándosele entre los colmillos.
Había más. Muchas más.
Una docena, quizá más de quince, cerrándoles el paso entre los troncos, saliendo de la maleza, dejándose ver por destellos de ojos febriles.
—Xharyn —dijo Faehn sin apartar la mirada del frente—. Hijas del bosque corrompido. Bestias antiguas que olvidaron cómo morir.
Una de las criaturas dio un paso al frente. Sus patas, demasiado largas para su cuerpo, se doblaban con una elasticidad repugnante. Otra arrastró la cola, arrancando corteza del suelo. Todas respiraban como si tuvieran brasas dentro del pecho.
—Manténganse firmes —ordenó Kael.
—Eso intento —gruñó Thoren, endureciendo el terreno bajo sus pies hasta levantar una media muralla de piedra.
Las Xharyn cargaron al unísono.
El impacto fue inmediato.
Los ocelotes se movieron primero, lanzándose entre los troncos con una velocidad feroz.
Eran jóvenes, viejos, machos y hembras; todos luchaban con la misma precisión brutal.
Trepaban a los costados de las bestias, cortaban tendones, clavaban lanzas entre placas, rodaban fuera del alcance de las fauces.
Uno de ellos cayó de un zarpazo y fue arrojado contra un árbol con un crujido seco.
Kael alzó ambas manos y lanzó una ráfaga de hielo. La escarcha cruzó el aire como una cuchilla azul y atravesó el pecho de una Xharyn, congelándole la sangre negra y quebrándole medio costado. La criatura cayó todavía retorciéndose.
Otra le saltó encima, pero Thoren golpeó el suelo. La tierra se alzó en una ola de piedra y barro que la tomó de lleno, la estrelló contra un tronco y le hundió la columna.
Lira extendió los brazos. Las raíces brotaron de la tierra como serpientes vivas, gruesas y violentas, enroscándose alrededor de dos bestias hasta hacer crujir sus cuerpos por dentro. Las criaturas chillaron con voces que parecían venir de gargantas humanas mal hechas.
Lume soltó una llamarada de luz verde, cegando a varias a la vez y marcando sus siluetas con resplandores que facilitaron el ataque de los ocelotes.