Taller de ingenio con Lor Vynn
La mañana siguiente amaneció tranquila en el refugio.
Los cazadores regresaban del bosque con presas frescas colgadas de sus lanzas, los niños jugaban cerca de las fogatas apagadas y los sobrevivientes comenzaban a acostumbrarse a una calma que todavía les parecía extraña. Después de tantos días de huida, aquel lugar seguía sintiéndose irreal.
Fue entonces cuando Lor Vynn apareció en medio de la explanada.
El viejo ingeniero caminaba encorvado bajo el peso de una caja repleta de piezas metálicas: tubos doblados, engranajes desgastados, placas de cobre, fragmentos de circuitos y objetos que solo él parecía reconocer.
Su barba gris estaba más desordenada que de costumbre y las túnicas parchadas arrastraban polvo de taller.
Dejó caer la caja con un golpe seco.
—¡Vamos, jóvenes! —exclamó, alzando la voz—. ¿Qué esperan, que Aerothis se derrote ignorándola? ¡Manos y mentes, eso es lo que necesitamos!
El ruido de metal chocando contra metal llamó la atención de varios curiosos. Poco a poco comenzaron a acercarse: soldados, sobrevivientes, algunos ocelotes observando desde la distancia. Entre ellos llegaron también Kael, Thoren y Lira.
Raeghan permanecía a un lado, con los brazos cruzados y una media sonrisa en el rostro.
Lor Vynn volcó la caja sobre el suelo. Las piezas se desparramaron con estrépito: resortes, tuercas, trozos de placas energéticas… incluso lo que parecía ser un hueso reforzado con cobre.
—Aquí no hay nada nuevo —explicó mientras revolvía entre la chatarra—. Todo es reciclado. Rescatado de ruinas, de máquinas rotas, de lugares que ya no existen. Pero con suficiente ingenio, hasta el cobre viejo puede cantar.
Tomó dos tubos, los encajó con brusquedad y añadió una hoja improvisada en la punta. El resultado era una lanza algo torpe que entregó a un joven soldado.
—Ahí tienes tu arma. Puede que no atraviese acero… pero al menos evita que se te caiga la moral.
Las risas estallaron alrededor.
Thoren se inclinó hacia Kael.
—Este viejo haría hablar hasta a las piedras.
Kael observaba las piezas con interés.
—Y las piedras lo escucharían.
El improvisado taller comenzó a tomar vida. Los soldados se arrodillaron alrededor de la montaña de chatarra, probando ideas. Algunos proponían reforzar las patas de los Rex-Sonic con placas de obsidiana; otros hablaban de adaptar lanzas de energía recuperadas para crear torres móviles.
Lor Vynn escuchaba todo al mismo tiempo. A veces asentía, otras veces negaba con energía, gesticulando con las manos cubiertas de grasa.
—Sí, sí… brillante idea —dijo a uno de los jóvenes—. Hasta que explote en tu cara. ¿Quieres quedarte sin cejas?
Las carcajadas hacían más ameno el momento, pero bajo el humor se percibía algo más serio. Todos sabían que las máquinas que poseían apenas podían compararse con la tecnología de Aerothis.
Lira levantó la mano con timidez.
—¿Y si no solo intentamos hacerlas más fuertes?
El anciano alzó la mirada.
—Continúa.
—¿Y si las hacemos más… vivas?
Algunos ocelotes cercanos levantaron la cabeza, intrigados.
Lor Vynn arqueó una ceja detrás de sus lentes.
—¿La pequeña Fayne quiere poner hojas en mis fierros?
Pero después su expresión cambió.
—Aunque… quizá no sea tan absurdo.
Se quedó pensativo un momento.
—Los Titanes viven porque están en equilibrio con el mundo. Tal vez nuestras máquinas también deban aprender a respirar con él.
Mientras hablaban, Kael recogió del suelo un objeto pequeño cubierto de polvo. Lo sostuvo en la palma de la mano.
Era un pájaro mecánico.
Del tamaño de su palma, con alas plegadas de cobre y diminutos engranajes en el pecho.
—¿Qué es esto? —preguntó.
Lor Vynn se giró hacia él. Al verlo, su expresión se suavizó.
—Eso lo hice hace muchos años —dijo con una nostalgia inesperada—. Un juguete. Para los niños de un refugio que ya no existe.
Tomó el pequeño artefacto y presionó un resorte oculto.
Las alas del pájaro se desplegaron con un chasquido y emitió un chillido metálico torpe antes de agitarse en el aire durante unos segundos. Lira rio sorprendida. Thoren se inclinó para observarlo más de cerca.
El pequeño aparato revoloteó con dificultad y terminó cayendo cerca de Raeghan.
El guerrero lo recogió.
—Frágil, como todo lo que construyes —comentó con tono burlón.
Pero al devolvérselo a Kael lo hizo con cuidado.
Lor Vynn lo miró fijamente.
—Frágil, sí. Pero dime, Raeghan… ¿acaso no sobrevivimos todos siendo frágiles en algún momento?
La respuesta quedó suspendida en el aire.
Durante un instante nadie habló.
El taller continuó entre propuestas, pruebas y risas hasta que la tarde comenzó a caer. No habían construido nada definitivo, pero algo importante había ocurrido: habían recordado que la imaginación seguía siendo una herramienta tan poderosa como cualquier arma.
Lor Vynn levantó una pieza brillante entre sus dedos.
—Los Titanes tienen su fuerza —dijo—, pero nosotros tenemos esto.
Se tocó la frente.
Luego el pecho.
—Mientras no se apague la chispa aquí dentro, siempre habrá un contrapeso.
Lira volvió a guardar el pequeño pájaro mecánico en la caja de herramientas, tratándolo como si fuera un tesoro.
Thoren, apoyado contra un tronco, observó el grupo con una media sonrisa.
—Tal vez al final no gana el más fuerte —comentó—. Tal vez gana el más terco en no rendirse.
Raeghan alzó su copa de agua.
—Entonces brindemos por la terquedad.
El fuego chisporroteó en el centro del campamento, y el eco de las risas se mezcló con el sonido del metal, como si incluso las piezas rotas celebraran seguir teniendo un propósito.