La cacería
La tarde se derramaba sobre el bosque como un río dorado. El sol descendía lentamente entre las copas de los árboles, pintándolas de cobre mientras la hierba húmeda se cubría de sombras alargadas. El aire olía a tierra viva y savia recién rota.
Kael, Thoren y Lira avanzaban junto a los ocelotes, acompañando la partida de caza.
Sus escoltas felinos se movían con una gracia silenciosa que parecía pertenecer al propio bosque.
Entre ellos caminaba Lume, el ciervo protector, cuya imponente figura de cuatro metros destacaba entre los troncos.
Sus astas irradiaban una luz suave, tenue, como un latido constante de vida.
Los ocelotes lo observaban con respeto. No lo trataban como una criatura ajena, sino como a un guardián que compartía el mismo territorio.
El líder de la partida habló mientras avanzaban, su voz grave mezclándose con el susurro de las hojas.
—No cazamos por hambre sin sentido. Cazamos para recordar el equilibrio. Lo que tomamos de la tierra, lo devolvemos en respeto.
Los jóvenes asintieron sin responder. El bosque los recibió con su silencio profundo.
Los ocelotes se movían como sombras entre la vegetación. Kael intentó imitar sus pasos, pero una rama seca crujió bajo su bota. Se tensó de inmediato. Uno de los guerreros lo miró, aunque no había reproche en su gesto, solo paciencia.
—No temas al ruido —le dijo con calma—. El bosque escucha. Aprende a escuchar con él.
Kael respiró hondo y trató de ajustar su paso al ritmo del lugar.
Thoren tampoco parecía hecho para aquel entorno. Sus pasos pesados alteraban el ritmo natural del grupo. Uno de los ocelotes lo observó de reojo y murmuró a sus compañeros:
—Ese hombre lleva la montaña en los pies.
Lira caminaba de otra forma. Sus dedos rozaban las cortezas, sintiendo el pulso oculto de los árboles, el lento fluir de la savia bajo la piel de los troncos.
Su don le susurraba dónde se movían las criaturas cercanas.
Lume se acercaba a ella cada tanto, y su luz verde la envolvía suavemente, como un recordatorio silencioso de su vínculo.
Tras un largo tramo llegaron a un claro.
Allí, un alce cristalino bebía en un pequeño charco. Su piel era traslúcida y las astas se abrían como ramas de cuarzo bajo la luz del sol. A su alrededor el aire parecía vibrar, como si la criatura arrastrara consigo una energía propia del bosque.
El líder ocelote levantó la mano.
Nadie habló.
Algunos arcos se tensaron, pero ninguna flecha fue disparada.
Lira miró al animal con inquietud.
—¿Lo van a matar?
El líder negó con la cabeza.
—No hoy. Es joven. El bosque aún lo necesita.
Como si hubiera comprendido el juicio, el alce levantó la cabeza, sacudió sus astas luminosas y se internó entre los árboles.
La cacería continuó.
Horas después encontraron una manada de uroks: bestias cuadrúpedas del tamaño de caballos, de piel negra y cuernos en espiral que brillaban con un tono gris metálico. Los ocelotes observaron en silencio, estudiando los movimientos del grupo.
Eligieron al más viejo.
El animal cojeaba ligeramente, rezagado de los demás.
Las flechas volaron casi al mismo tiempo. El urok cayó con un bramido grave que retumbó entre los troncos. Cuando se acercaron, los cazadores se arrodillaron alrededor de la bestia y apoyaron las manos sobre su cuerpo.
Uno de ellos murmuró con voz baja:
—Tus pasos regresan a la tierra. Tus huesos sostendrán la vida que viene.
Lira sintió cómo el último pulso vital se extinguía bajo sus dedos. La sensación era dolorosa, pero también clara. Comprendía la justicia de aquel acto.
Kael observaba en silencio. Thoren inclinó la cabeza, recordando sus propios agradecimientos.
—No hay muerte en vano —dijo.
El sol comenzaba a caer cuando se toparon con otra criatura.
Era una bestia-pluma: un ave reptiliana enorme, con escamas oscuras en el pecho y un lomo cubierto de plumas verdes iridiscentes. Caminaba despacio entre los árboles, vieja, pero aún majestuosa.
Los ocelotes decidieron que aquella sería la última caza del día.
Una lanza voló con precisión y atravesó su cuello. El animal cayó con un graznido ronco que se perdió entre los árboles. Antes de levantar el cuerpo, el líder inclinó la cabeza.
—No es la carne lo que tomamos. Es la lección de su fuerza.
El regreso fue más silencioso.
Los ocelotes cargaban las presas con naturalidad. Lume caminaba entre ellos, su luz envolviendo a los jóvenes portadores como un recordatorio constante de la vida incluso en medio de la muerte.
En el camino de vuelta Kael tropezó con una raíz y cayó de rodillas. Se levantó rápido, sacudiéndose las manos.
Thoren lo miró y soltó una carcajada.
—¿Ves? No eres tan torpe.
Kael gruñó.
—Díselo a la raíz.
La risa breve de ambos rompió la solemnidad del camino. Los ocelotes los miraron con curiosidad, pero no con desagrado. Aquella risa humana no perturbaba el equilibrio.
Cuando regresaron al refugio, la noche ya había cubierto el bosque.
Una fogata ardía en el claro. Las presas se cocinaban lentamente, desprendiendo un aroma espeso de humo, especias y savia que se mezclaba con el aire nocturno.
Los ocelotes comenzaron a contar historias con voces graves y pausadas.
Sus relatos fluían con el ritmo de antiguos tambores invisibles.
Hablaron de cazadores que habían seguido las estrellas durante semanas, de bestias desaparecidas hacía generaciones, de tiempos en los que cada tribu caminaba sola bajo la luna.
Kael respondió con una historia de su infancia en las montañas de hielo: la vez que intentó cazar un zorro y terminó perseguido por toda una manada.
Thoren rio tan fuerte que casi volcó su cuenco de carne.
Lira, cuando llegó su turno, habló de recuerdos con sus padres. De juegos entre los árboles. De sueños que creyó haber perdido.
Los ocelotes escucharon en silencio y luego uno de los ancianos asintió.
—Los humanos cargan sus heridas con palabras. Nosotros con cicatrices. Pero ambas cuentan la misma historia.
Las chispas de la fogata se elevaron hacia la oscuridad.
Por un instante, el bosque entero pareció respirar en calma.