El corazón del Beacon (Colección: Corazón y memoria nº 2) Capítulo 36
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Capítulo 36

Donde comienza la vida

Haven Bay — Una noche lluviosa

La noche había terminado, pero ninguno de los dos parecía dispuesto a despedirse.

Morgan acompañó a Audrey de vuelta al bed-and-breakfast. Caminaron despacio, sin sentir la necesidad de llenar el camino con palabras. Después de todo lo que habían dejado sin decir durante esas semanas, el silencio les resultaba extrañamente cómodo.

Cuando llegaron al porche, Audrey se volvió hacia él. La casa estaba a oscuras, y apenas se oía la lluvia que empezaba a caer sobre el jardín.

—Gracias por acompañarme a casa.

Morgan metió las manos en los bolsillos.

—No quería que volvieras sola.

Audrey sonrió.

—¿Y ahora?

Él sostuvo su mirada durante unos segundos.

—Ahora debería irme.

Ella asintió, aunque ninguno de los dos se movió de inmediato.

Habían llegado al punto en el que cualquier despedida parecía decir más de lo que pretendían.

—Buenas noches, Morgan.

—Buenas noches, Audrey.

Él se inclinó y la besó con suavidad. No fue un beso apasionado, sino algo más íntimo: una confirmación de lo que ambos acababan de admitir.

Morgan bajó los escalones.

Audrey permaneció en el porche, observándolo hasta que desapareció al final del camino. Solo entonces entró.

Al darse la vuelta, Morgan se detuvo frente a la puerta.

—¿Quieres que me vaya?

Audrey lo miró.

—No.

La respuesta fue simple. Y precisamente por eso, significaba tanto.

Entraron.

La casa estaba en calma. Audrey dejó el bolso en una silla y se quitó los zapatos. Morgan fue a la cocina y encontró una botella de vino blanco.

—Esto parece una celebración.

—¿De qué?

—De que no te has ido.

Audrey sonrió.

—Todavía no.

Morgan la miró durante unos segundos.

—¿Es una amenaza?

—Una advertencia.

Él se rio.

Sirvieron el vino y se sentaron en el sofá. Fuera, la lluvia empezó a caer. Primero, unas gotas aisladas contra las ventanas; luego un aguacero constante que parecía aislar la casa del resto del mundo.

Hablaron.

No sobre el trabajo. No sobre el periódico. No sobre Dennis.

Hablaron sobre ellos mismos.

Sobre lo mal que se habían juzgado al principio. Sobre las veces que Morgan había confundido su ambición con arrogancia. Sobre las veces que Audrey había confundido su reserva con indiferencia.

—Te juzgué mal —admitió ella.

Morgan inclinó la cabeza.

—Yo también.

—Aunque fuiste bastante desagradable.

—Eso es discutible.

—No lo es.

Él sonrió.

—De acuerdo. Fui bastante desagradable.

Audrey se rio.

La tensión que había acompañado cada encuentro entre ellos durante semanas empezó a desvanecerse. No porque hubiera dejado de existir, sino porque ya no tenían que ocultarla.

Morgan dejó la copa sobre la mesa.

—¿Sabes cuál fue lo peor?

—¿Qué?

—Que me interesabas desde el principio.

Audrey lo observó detenidamente.

—No lo parecía.

—Exacto.

Ella bajó la mirada, sonriendo.

—Yo tampoco tenía muy claro qué hacer contigo.

—¿Y ahora?

Audrey levantó la vista.

—Ahora estoy bastante segura.

Morgan se acercó.

La besó despacio.

Esta vez no hubo sorpresa ni incertidumbre. Solo el reconocimiento de algo que ambos habían estado evitando nombrar.

Audrey apoyó una mano en su nuca y le devolvió el beso.

Cuando se separaron, permanecieron cerca.

—He pensado en este momento tantas veces —confesó Morgan.

—Yo también.

—¿Y fue como lo imaginabas?

Audrey sonrió.

—No.

Morgan levantó una ceja.

—¿Eso es bueno o malo?

—Mejor.

Volvió a besarla.

La noche se desplegó sin prisa. Entre besos, risas y conversaciones interrumpidas, descubrieron una intimidad diferente a todo lo que habían imaginado. No necesitaban demostrarse nada. No necesitaban apresurarse.

Por primera vez, podían estar juntos sin preguntarse qué significaba.

Cuando Audrey apoyó la cabeza contra su pecho, Morgan le acarició el pelo.

—Mañana va a ser complicado.

—Lo sé.

—Habrá trabajo.

—Mucho.

—Y discusiones.

—Probablemente más de las que piensas.

Morgan sonrió.

—Me parece justo.

Audrey levantó la cabeza.

—Y una cosa más.

—¿Qué?

—No voy a dejar que conviertas el periódico en una extensión de tu ego.

Morgan soltó una carcajada.

—¿Ya estás empezando?

—Soy tu futura coeditora. Tengo responsabilidades.

Él la miró con una expresión nueva. Había deseo en sus ojos, pero también algo más profundo: respeto.

—No sé si estoy preparado para trabajar contigo.

—Yo tampoco.

—Eso me hace sentir mejor.

Audrey se acomodó de nuevo contra él.

La lluvia seguía repiqueteando en las ventanas.

Más tarde, cuando la conversación se fue apagando poco a poco y el cansancio empezó a hacer mella, ambos se dieron cuenta de que la noche había llegado a su fin.

Morgan se puso de pie.

—Debería irme.

Audrey asintió, aunque durante unos segundos ninguno de los dos hizo ademán de despedirse.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Sí.

Morgan la observó, como si necesitara asegurarse.

—¿Segura?

Audrey sonrió.

—Morgan, por una vez, deja de pensar tanto.

Él soltó una risa queda.

—Lo intentaré.

Se quedaron de pie, frente a frente, unos segundos más. Entonces Morgan se inclinó y la besó con suavidad.

No hacía falta decir nada.

—Buenas noches, redactor jefe —murmuró Audrey.

—Buenas noches, coeditora.

Morgan salió al porche y empezó a bajar los escalones. Audrey permaneció en el umbral, observándolo desaparecer bajo la lluvia.

Esa noche, ninguno de los dos intentó anticipar lo que sucedería después.

Por primera vez, no lo necesitaban.

A la mañana siguiente, Morgan pasó de nuevo por la casa de huéspedes antes de dirigirse al periódico.

Audrey estaba en el porche con una taza de café cuando lo vio acercarse.

—¿Ya trabajando?

—Mi padre tiene la desafortunada costumbre de hacerlo.

Ella sonrió.

—Entonces será mejor que vayas.

Morgan se detuvo frente a ella.

—Te veo en el periódico.

—Nos vemos.

Él se inclinó y le dio un beso breve.

Luego se marchó.

Audrey lo observó hasta que desapareció por el camino.

Había pasado mucho tiempo intentando decidir qué debía hacer con su vida. Ahora la respuesta no parecía tan complicada.

No sabía exactamente cómo sería el futuro.

Pero sabía dónde quería estar cuando llegara.

En Haven Bay.

Y por primera vez, no sentía que estuviera renunciando a nada.

Sentía que estaba eligiendo.