El corazón del Beacon (Colección: Corazón y memoria nº 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

El lugar al que regresas

Haven Bay — Martes por la noche

Morgan estaba sentado en la terraza con el portátil abierto.

Había buscado el nombre de Audrey casi sin pensar.

Audrey Harper, reportera.

Encontró varios artículos. Había pasado cinco años en el Harrison Tribune. Había escrito sobre escuelas, exposiciones, deportes, historia local y actualidad.

Su trabajo no era difícil de encontrar.

Lo que no lograba averiguar era por qué una periodista como ella había aceptado pasar una semana en Haven Bay.

Morgan cerró una de las páginas.

Quizá solo quería el ascenso.

Era una explicación sencilla.

—Prepárate para perder.

Morgan levantó la vista.

Clifton entraba en el jardín con un tablero de damas bajo el brazo.

—¿Otra vez?

—No aprendiste nada la semana pasada.

—Te di una paliza la semana pasada.

—Eso es discutible.

Clifton colocó el tablero sobre la mesa.

—Respeta a tus mayores.

—Respeto a mi padre. No necesariamente a su juego.

—Entonces tendremos que averiguarlo.

Morgan cerró el portátil.

—Adelante.

Empezaron a colocar las fichas.

Durante varios minutos, el único sonido fue el clic de las fichas contra el tablero.

Clifton movió una.

—Si quieres volver a Londres, puedo posponer mi jubilación.

Morgan levantó la vista.

—No.

—Ni siquiera he terminado.

—No hace falta.

Clifton sonrió.

—También tienes una oferta del Washington Post.

—Lo sé.

—Podrías aceptarla. Yo encontraría a alguien para dirigir el periódico.

Morgan negó con la cabeza.

—No quiero volver.

—Podrías cambiar de opinión.

—No lo haré.

Clifton esperó.

Morgan miró el tablero antes de continuar.

—Este lugar es mi hogar. Siempre pensé que algún día volvería y me quedaría aquí.

—¿Y el periódico?

Morgan apoyó los dedos sobre una de las fichas.

—También.

Clifton no dijo nada.

—Sé lo que intentas hacer —continuó Morgan—. El Harrison Group ha hecho una oferta. Ves una salida. Quieres asegurarte de que no me quede aquí por obligación.

—No quiero que confundas el deber con tu vida.

—No lo hago.

Morgan movió una ficha.

—Quiero dirigir el periódico.

Clifton lo observó con atención.

—Y yo no quiero venderlo.

—Me lo imaginaba.

—Entonces estamos de acuerdo.

—En parte.

Morgan levantó la vista.

—¿En qué parte no lo estamos?

—Sigo pensando que deberíamos escuchar la oferta.

Morgan sonrió.

—Eso no significa que vaya a aceptarla.

—Lo sé.

Clifton movió otra ficha.

Morgan se quedó mirando el tablero.

Había vuelto a Haven Bay porque necesitaba averiguar qué quería hacer con su vida una vez que ya no tuviera nada que demostrar a nadie.

En Londres, había tenido éxito.

Había aprendido.

Había ganado dinero.

Y sin embargo, algo en esa vida siempre le había parecido prestado.

Aquí era diferente.

El periódico pertenecía a su familia, sí. Pero él no quería simplemente heredarlo.

Quería hacerlo suyo.

Contar las historias del presente en lugar de vivir de las que sus padres habían contado. Preservar lo que funcionaba y cambiar lo que ya no.

Era una pequeña distinción.

Pero para Morgan, lo significaba todo.

Clifton lo miró.

—Estás pensando demasiado.

—Estoy jugando.

—Con esa cara, estás pensando.

Morgan sonrió.

—Quizá esté pensando en cómo ganarte.

—Eso sería una novedad.

Morgan movió una pieza.

—Por lo visto, he vuelto a casa para perder contra ti.

—Eso es lo que hacen los hijos.

—No todos.

Clifton se rio.

La partida continuó bajo el cielo nocturno despejado.

Morgan sabía que aún tenía mucho que decidir. El futuro del periódico, su relación con su padre, lo que quería construir allí.

Y ahora había aparecido Audrey Harper.

Aún no sabía qué lugar tendría en esa historia.

Pero por alguna razón, ya no le parecía una periodista más enviada por un periódico de la ciudad.

Quizás porque, después de años escribiendo sobre otras personas, empezaba a sospechar que Audrey había llegado a Haven Bay con una historia propia a cuestas.

Y Morgan quería saber cuál era.