El corazón del Beacon (Colección: Corazón y memoria nº 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

La historia que nadie firma

Haven Bay — Martes por la mañana

El café de Howie estaba bañado en luz cuando Audrey llegó con Jane.

—Así que este es el famoso café.

—Y este es el famoso Howie.

Howie salió de detrás del mostrador en cuanto reconoció a Jane.

—Audrey. He oído hablar mucho de ti. Ya era hora de ponerle cara al nombre.

—Encantada. ¿Qué me recomiendas?

Howie señaló la vitrina.

—¿Por qué no lo decides tú misma?

Audrey probó un muffin de arándanos.

—Dos docenas de estos. Y un capuchino.

Howie sonrió.

—Enseguida.

Mientras preparaba el café, Jane se acercó al mostrador.

—Esta noche...

—Música en el muelle —dijo Howie al mismo tiempo.

Se miraron.

—Y luego The Crab Shack —añadieron a la vez.

Audrey los observó y se echó a reír.

—¿Siempre os termináis las frases?

—Hemos tenido un año y medio para practicar —dijo Jane.

Howie dejó la bolsa sobre el mostrador.

—Esto es para ti.

Audrey fue a sacar la cartera.

—No.

—Eres prácticamente la hermana de Jane.

—Me llevo el café. Los pasteles son para la redacción.

Howie acabó cediendo.

—La próxima vez.

—Trato hecho.

Fuera, Audrey miró a Jane.

—Estáis muy compenetrados.

—Demasiado.

Había afecto en su voz, pero también algo más.

—Somos como un matrimonio —continuó Jane—. Hacemos las mismas cosas cada semana. Y sé que no puede ser siempre todo de color de rosa, pero... si ya estamos aburridos ahora, ¿cómo estaremos dentro de diez años?

Audrey dejó de sonreír.

—¿Y qué estás haciendo tú para cambiarlo?

Jane bajó la mirada.

Audrey tardó un segundo en entenderlo.

—Espera.

Jane levantó la vista.

—No.

—Tú eres «Atrapada en el medio».

Jane suspiró.

—No digas nada.

Audrey se echó a reír.

—¿Y Tía Hope te dijo que tenías que cuidar las raíces, trabajar la tierra y dejar de poner toda la relación en manos de la otra persona?

Jane asintió.

—Es un buen consejo.

—¿Lo es?

—Sí.

Audrey sonrió.

—Entonces quizá deberías seguirlo.

Siguieron caminando.

Audrey todavía no sabía quién era Tía Hope. Pero empezaba a entender por qué la columna significaba tanto para la gente de Haven Bay.

Llegó a la redacción temprano.

Había algo diferente en aquel lugar. No era solo el tamaño. La gente parecía conocerse de verdad. Se interrumpían, se ayudaban, discutían y, sin embargo, volvían a sus escritorios como si nada hubiera pasado.

—¿Audrey?

Un hombre levantó la mano.

—Greg.

—Me encantan los sobornos con muffins.

Audrey miró la bolsa que llevaba.

—¿Es tan obvio?

—Completamente.

Se rio.

Cuando todos se reunieron alrededor de la mesa, Audrey se sentó junto a Morgan. Clifton ocupó el asiento de enfrente.

Morgan abrió la reunión.

—Vamos a ser breves.

Repasó las historias una por una.

—Josh, la historia es buena. La quiero en la edición del fin de semana. Mary Kate, recorta un poco la cronología. Deena, fantástico. La publicamos el viernes. Greg...

—¿Sí?

—¿Qué tienes?

Greg miró a Audrey.

—La columna de «Pregúntale a Tía Hope». Si quieres encargarte de ella.

A Audrey le picó la curiosidad de inmediato.

—¿Sabes quién la escribe?

Greg negó con la cabeza.

—Nadie.

—¿Nadie?

—Nadie sabe quién es. Aparece cada sábado por la noche antes de que el periódico vaya a imprenta. Lleva así casi quince años.

Audrey miró a Morgan.

Él no parecía sorprendido.

—Eso sí que es una historia —dijo ella.

—A nadie le importa quién la escribe —respondió Greg.

—Quizá no. Pero debería importarnos por qué la gente sigue leyéndola.

Morgan levantó la vista hacia ella.

Audrey continuó.

—Si está tan arraigada en la comunidad y ha ayudado a tanta gente, esa es la historia. No quién se esconde detrás de la firma. Lo que ha logrado.

Morgan no dijo nada.

Pero Audrey tuvo la sensación de que estaba escuchando con más atención de lo que dejaba entrever.

—Me gustaría incluirla en mi artículo sobre el legado del periódico —añadió.

Clifton sonrió.

—Excelente idea. Especialmente si resulta que Morgan es Tía Hope.

Morgan lo miró.

—Papá.

Greg se rio.

—Aquí están mis notas.

Le entregó una carpeta a Audrey.

—Mi mujer acaba de ponerse de parto. Voy a estar fuera unas semanas.

—Enhorabuena —dijo Audrey.

—Gracias.

Greg se levantó.

Audrey lo detuvo.

—Espera. Esta es tu historia.

—También es mi bebé. Si no termino este trabajo, probablemente mi mujer no me deje volver a casa.

—Lo entiendo.

—Entonces, por favor, quédatela.

Audrey sonrió.

—Intentaré no decepcionarte.

Clifton levantó un dedo.

—Y recuerda: duerme cuando el bebé duerma.

Greg lo miró.

—Ya me han dado ese consejo.

—Porque funciona.

Greg desapareció por la puerta.

Audrey volvió a mirar la carpeta.

Pregúntale a Tía Hope.

Quince años.

Una columna sin firma.

Una comunidad que confiaba en ella.

Esto podía ser mucho más interesante que un simple párrafo en su artículo.

Cuando terminó la reunión, Morgan se levantó.

Audrey cerró la carpeta.

—¿Te importa si te acompaño?

Morgan se volvió.

—¿Adónde?

—Adonde vayas. Mi artículo es sobre ti y el legado del periódico. Necesito verte trabajar.

Clifton habló desde el otro lado de la mesa.

—Le encantará.

Morgan lo miró.

—No es necesario.

—Suena a plan.

—Sí. Uno bastante malo.

Audrey sonrió.

Morgan suspiró.

—No me gusta que me sigan.

—Lo entiendo.

Se puso la chaqueta.

—Entonces intenta que no sea demasiado obvio.

Audrey se levantó.

Cuando estaban a punto de salir, vio a una mujer que deslizaba una carta en un viejo buzón junto a la entrada.

—¿Qué es eso?

Morgan siguió su mirada.

—El buzón de Pregúntale a Tía Hope.

Audrey se acercó.

Era de madera, viejo y pintado a mano, decorado con pequeñas flores.

—Es bonito.

Morgan se puso la chaqueta.

—No esperaba que una periodista de la gran ciudad apreciara algo así.

Audrey se volvió.

—¿Quién dice que no lo hago?

—Nadie. Solo una observación.

—¿Y por qué parezco una periodista abrumada?

Morgan esbozó un leve atisbo de sonrisa.

—Porque no eres la única que hizo los deberes.

Audrey le sostuvo la mirada.

—¿Eso significa que me investigaste?

—Significa que sé quién eres.

—Entonces estamos en paz.

Morgan abrió la puerta.

—Por ahora.

Salieron.

El pueblo empezaba a prepararse para el Festival de la Manzana Roja. Había carteles en los escaparates, puestos en las aceras y vecinos que parecían tener asuntos urgentes que discutir, a pesar de ser sábado por la mañana.

Morgan caminaba hacia su próxima entrevista.

Audrey iba a su lado, con la carpeta de Greg bajo el brazo.

Había venido a Haven Bay para escribir sobre un periódico.

Empezaba a sospechar que la verdadera historia estaba en otro lugar.