El corazón del Beacon (Colección: Corazón y memoria nº 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

El periódico junto al mar

Haven Bay

El ferry entró en la bahía poco después de mediamañana.

Desde la cubierta, Audrey vio primero el faro. Blanco, alto y solitario sobre las rocas, parecía haber vigilado el pueblo mucho antes de que alguien decidiera llamarlo Haven Bay. El mar rompía suavemente contra los acantilados, y el viento traía el olor a sal y a puerto desde el agua.

Audrey había imaginado un pueblo pequeño. Lo que no había imaginado era que fuese tan hermoso.

Tras desembarcar, subió a su coche y recorrió el pueblo. Casas de madera y piedra rodeaban la plaza; más abajo, los barcos se mecían en el puerto mientras los comerciantes montaban sus puestos para el Festival de la Manzana Roja.

Todo parecía moverse a un ritmo diferente al de Harrison.

Audrey no estaba segura de que eso fuera una ventaja.

El edificio del Haven Bay Beacon apareció al final de una calle estrecha. Era más pequeño de lo que había esperado, con un letrero viejo que necesitaba una mano de pintura y los años suficientes a sus espaldas para haber visto pasar a varias generaciones de periodistas.

Entró.

Lo primero que vio fue el Pulitzer.

Estaba en una vitrina de cristal junto a una página ampliada de la edición que había ganado el premio. Audrey se acercó. Había leído aquellos editoriales. Al verlos allí, comprendió algo que no había captado desde lejos.

Aquello no era simplemente un premio.

Para aquella gente, significaba algo.

—Hermoso, ¿verdad?

Audrey se volvió.

Un hombre de unos sesenta años, con expresión amable y aspecto ligeramente desaliñado, se encontraba detrás de ella.

—Supongo que debería decir que sí.

—Así es. Soy Clifton Cooper.

Audrey le tendió la mano.

—Audrey Harper, del Tribune.

—Sé quién es usted.

No parecía particularmente impresionado.

—Eso es tranquilizador.

Clifton sonrió.

—Morgan está dentro.

Como si hubiera pronunciado una contraseña, una voz llegó desde la redacción.

—Josh, elecciones locales. Y no quiero solo los números. Averigua quién está realmente detrás de la propuesta.

Audrey miró hacia la redacción.

Morgan Cooper estaba de pie junto a una mesa cubierta de papeles. No parecía un hombre que acabara de ganar un Pulitzer.

Parecía un hombre con trabajo por delante.

—Mary Kate, la universidad.

—La renovación —respondió ella.

—Exacto. Y Greg, llama otra vez al Consejo Escolar. Dijeron que considerarían recortar el programa de artes. Quiero saber si han cambiado de opinión o simplemente han aprendido a decirlo de otra forma.

Un par de reporteros se rieron.

Morgan cogió una carpeta.

—Y necesitamos la actualización internacional antes de las tres.

Audrey lo observó.

Había algo en él que no encajaba con la imagen que se había formado al leer sus editoriales. No había nada de provinciano en él. Se movía con la seguridad de quien sabe exactamente cómo funciona una gran redacción y cómo mantenerla en marcha.

Morgan levantó la vista.

Sus ojos se encontraron con los de Audrey.

Durante un segundo, ninguno de los dos dijo nada.

Luego él volvió a sus papeles.

—Muy bien. Eso es todo.

Los reporteros comenzaron a dispersarse.

Clifton carraspeó.

—Antes de que os vayáis todos, una cosa.

Morgan cerró los ojos un momento, como si supiera exactamente lo que venía.

—Papá...

—Un minuto.

Clifton caminó hacia el centro de la redacción.

—Esta mañana hemos ganado el Pulitzer. Eso no pasa todos los días. Y aunque Morgan escribió los editoriales que lo consiguieron, este premio es de todos los que trabajan aquí.

Los aplausos comenzaron antes de que terminara.

Morgan parecía resignado.

—Gracias.

Los aplausos arreciaron.

—En serio. Gracias.

Cuando el ruido finalmente se apagó, Morgan miró a su alrededor.

—Este periódico es tan bueno como sus periodistas. Son ellos quienes hacen el trabajo cada día. Yo tuve la suerte de escribir una serie que alguien decidió que merecía un premio.

Clifton lo observó con una sonrisa.

Morgan suspiró.

—Y, por supuesto, parte del mérito es de mi padre. Él me enseñó casi todo lo que sé.

—Casi —repitió Clifton.

—No exageremos.

Alguien se rio.

Morgan señaló a su padre.

—Incluso sobrevivió a mi fase punk.

Clifton negó con la cabeza.

—Eras un joven complicado, hijo.

—Todavía lo soy.

—Eso también.

Las risas disiparon cualquier resto de solemnidad.

Morgan levantó las manos.

—Muy bien. Ya hemos tenido nuestro momento de gloria. A trabajar.

La redacción volvió de inmediato a su ritmo.

Audrey permaneció donde estaba.

Había esperado encontrarse con el editor de un periódico de pueblo. Incluso había anticipado cierta resistencia, quizás algo de orgullo herido tras un Pulitzer que habría convertido a cualquiera en una celebridad.

No había encontrado nada de eso.

A Morgan parecían interesarle mucho más las noticias de mañana que el premio de ayer.

Y eso, pensó Audrey, podría hacer su artículo mucho más interesante.